Me entero de la noticia por Paraná hacia el mundo: murió, a los 96 años, Juan Zacarías, el dueño de la tienda histórica de calle Carbó y Palma. En PHM, gentilmente, citan una nota que realicé con Zacarías para El Diario junto a Julio Blanco. Hubo otra nota, al poco tiempo, que hicimos con Griselda de Paoli a propósito de un trabajo para el Centro Comercial de Paraná en el bicentenario de la ciudad. Esa es el texto que sigue, con la foto de Blanco. Adentro del local, Zacarías tenía encuadrada una entrevista anterior, de la colega Aixa Boykens, contando a su estilo esto que vinimos a narra nosotros después. En homenaje a uno de los comerciantes históricos de la ciudad, aquí va el recuerdo interior de tienda Zacarías y su último dueño.

 

El negocio ya no levanta sus persianas, pero los clientes todavía no se acostumbran y pasan por allí con la esperanza de encontrarse una de estas mañanas, por qué no, una escena similar a la de tantos años, con don Zacarías firme detrás del viejo mostrador de madera.

Hasta hace muy poco, todos los días, ya con 93 años don Juan llevaba adelante la tienda que alguna vez fue boliche y sobre todo sostén de un inmigrante Sirio que llegó hasta este rincón del mapa tanteando un futuro de promesas.

Para hablar de la historia de la Tienda Zacarías habría que remontarse más de un siglo atrás, cuando el padre de don Juan logró instalarse en la ciudad luego de un viaje eterno en barco desde Siria.

A muy pocas cuadras donde está el negocio familiar, nació Juan y sus siete hermanos, cuando la zona era algo así como el fondo de la ciudad, el sur lejano, humilde y polvoriento.

El último estertor de una urbanidad discontinua.

Zacarías, todavía detrás del mostrador cuando se realizó está entrevista, reveló que su padres se hizo casi de la nada, hasta que abrió el negocio, que primero fue un “bolichito” con tienda y almacén, hasta que lo compró su hermano y luego, en la década del 40 se sumó él. “Y ya no salí más”, dijo entonces, con algo de orgullo y un cansancio añejo.

“Eran marchantes muy pobres los que venían, que no tenían nada más que sus telas, como le pasó a mi padre, y acá tampoco había demasiadas oportunidades, se hicieron con lo que pudieron”, comentó don Juan.

Hasta hace muy poco –y aún hoy por impacto de su fachada- la tienda llamaba la atención por el cartel gigante al que se le notaban los años y por las paredes envejecidas, las persianas de hierro que no terminaban de subir y la disposición de las vidrieras en la esquina.

La tienda llamaba la atención porque era única en su tipo y no hay comparación posible con otra esquina de la ciudad.

 

Juan Zacarías, su propietario, ha perdido algo de vista y movilidad, pero nada de sentido comercial: en las vidrieras de la ochava ofrecía manteles, repasadores y sábanas con motivos navideños a pocos días de las fiestas. En otra de las vidrieras se veían camperas de hilo y madejas para tejer; en otra, ropa para hombres, pijamas y slips y en la otra ropa íntima de dama.

Al interior, el negocio exhibía una iluminación suave, mucha madera y mercadería que ocultaba casi por completo las paredes. Lo único desprovisto de productos era el techo, de antiguas vigas de hierro y ladrillos. Don Juan Zacarías conservaba una tijera que se usó desde los inicios del negocio en 1900, el resto de los materiales y los muebles tenían un poco menos de antigüedad, pero no tanto menos, como el teléfono gris a disco sentado sobre un estante y la vieja radio que ya casi ni se oía.

 

Muchos ferroviarios visitaban la tienda de don Zacarías cuando de este lado de la ciudad no había casi nada. El negocio fue progresando lentamente, hasta que un hermano de don Juan se lo compró a su padre y después se sumó él también a la firma, en la década del 40.

“Yo trabajé desde los 14 años, después dejé e hice la escuela industrial, me recibí y me fui a trabajar al sur a YPF, pero no pagaban nada, me acuerdo que eran 40 centavos la hora, unos chupasangre, al año me volví”.

Entonces don Juan se hizo cargo del negocio hasta hace muy poco tiempo.

“Todo esta hecho con esto”, decía entonces y se daba golpecitos en la espalda. Con el lomo.

”Acá no hubo jamás un préstamo, ni nada, acá no hay Bariloche, no hay Islas Canarias, no hay nada, no hay auto cero kilómetro”.

La rutina por mucho tiempo fue así: don Juan se levantaba a las 7, tomaba unos mates y abría el negocio 8 u 8,15. Lo acompañaba su esposa, siempre. A eso de las 12 o 12,30  bajaba las persianas para descansar y volvía apenas pasadas las 15. El día se terminaba después de las 20. Pero ya entonces le costaba, le costa mucho esfuerzo.

“Me duelen las piernas y ya a tres metros no veo nada. No me dan las fuerzas, me canso”. Don Juan tiene dos hijas, cinco nietos y un bisnieto, pero no hay continuadores del negocio a mano.

“Si yo tuviera comprador, lo vendo porque esto da, da para vivir, no para hacer plata, pero para vivir da”, sostuvo entonces don Juan y adelantó la decisión que le fue arrancando el tiempo: “Yo ya no puedo seguir”, dijo.

 

Julián Stoppello