Santiago Moreyra, donde nacen los mundos inquietantes

 

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El estudio de Santiago Moreyra está casi sobre la esquina de Patagonia y 25 de  Junio, justo frente a un grafiti que celebra la nocturnidad con una frase del Indio Solari. Seguro lo han visto. La ventana, que generalmente permanece de persianas bajas, da sobre la calle que terminará a pocos más de 200 metros, en un tramo final de pésima fama. Alguna vez ese, va a decir algún paranaense muy paranaense, fue el barrio La Bolsa.

Moreyra trabaja ahí la mayor parte del día, casi a oscuras, salvo por una luz cálida que focaliza sobre el tablero apurado contra la pared oeste de la habitación. Hay, a los lados de la ventana, por donde se filtra el traqueteo de los colectivos, dos pares de parlantes heredados por un abuelo músico que vive en Santa Anita. Ese, justamente, es una de las relaciones familiares, más cercanas, con el arte: el abuelo que vive en Santa Anita.

Moreyra, sin embargo, no hace música, más allá de una guitarra enfundada, visible y distinguida por su ubicación, que en realidad el artista toca muy de vez en cuando. Moreyra dibuja, dibuja con una birome negra cualunque en formatos pequeños y también en dimensiones impactantes, donde sus personajes se amontonan sobre un universo lúgubre y confuso, de radiaciones espectrales. Algunos de sus cuadros visten las paredes del cuarto, también una menuda biblioteca y una computadora, en este momento, encendida y con un word abierto y escrito a mitad de camino.

Santiago Moreyra tiene 27 años, viste del mismo color que sus cuadros y en contraste tiene un rostro lívido y los ojos entrecerrados, como molestos por la luz que en rigor prácticamente no ingresa en la habitación. Dice, ahora que hablamos, aquello de que el dibujo comenzó,  como en todos los niños, junto con el habla y el caminar, pero que a diferencia de muchos otros, el no interrumpió nunca, en ningún momento, el eterno ejercicio de representar figuras, espacios, ideas, cosas, en los papeles a mano. De chico también modelaba y en el taller del abuelo armaba objetos con partes de esto y de aquello.

Hay un modo poético en su forma de decir y probablemente proviene de un potente universo interior que plasmado en sus papeles resulta tumultuoso, a veces violento, a veces amenazante, sin por eso asociarse, de modo inmediato, con la belleza. El concepto de la belleza del que no vamos a decir una palabra.

En el secundario, Moreyra usaba el reverso de las fotocopias para dibujar. Algunos de los que fueron su docentes y seguramente renegaron del pibe silencioso que se a pasaba dibujando en vez de seguir, al menos en parte, lo que mandaba la clase, ahora le compran sus dibujos.

Debajo de la computadora tiene una serie de trabajos en hojas sencillas y sobre el tablero está el proyecto en ejecución. Uno mire el trabajo, observa la birome que utiliza Moreyra y piensa de qué modo puede nacer una comparsa, sus lateralidades y sus muertes, con una herramienta tan sencilla, en las manos de un pibe que dice haber encontrado su camino estético, entre el rock, la literatura y la experiencia sensible ¿no?

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Estudió en la Escuela de Arte, pero se aburrió y siguió por cuenta propia. Recién este año, luego de algunos trabajos incómodos y mal pagos –mozo, carpintero, dibujante de carteles- resolvió dedicarse, enteramente, a lo suyo. Dicta un taller en Carpediem, vende su obra y participa de concursos en los que no le va nada mal: obtuvo premios en Santa Fe, Laguna Paiva, Azul, entre otros. También pinta murales y se asocia con músicos y poetas para organizar proyectos concretos.

Ahora Moreyra mira lo que hay de su obra colgada en la pared y dice que “cuando uno comprende, más o menos, el lenguaje que le interesa interpretar, puede elegir los elementos estéticos, pero a la vez puede hacer otras cosas”.

Sale poco, una provista en la librería alcanza para estar la mayor parte del tiempo sobre el tablero, con la música que suena de fondo, como puede oírse el programa Filosofía aquí y ahora de José Palo Feiman o alguna entrevista a determinados escritores, un documental, algo de lo que quedará poco más que una brizna en el recuerdo, pero de suficiente espesor como para disparar algo más, como una idea.

“Estoy todo el día en esto, salvo cuando estoy redactando un proyecto, el resto es dibujar. La mayor parte de tiempo es placentero, es el lugar donde mejor me encuentro, aunque a veces el tiempo es mucho y el avance es poco, pero por lo general la paso bien”, confiesa.

Una vez más, exigido por la pregunta, Moreyra mira su obra en la pared. Habla sobre lo que expresa: “Una vez Silvina Fontelles me dijo que tenía que darle un universo a los personajes y eso me generó la inquietud sobre qué atmosfera, á donde iban a estar, me dio la idea de la distorsión, de lugares algo lúgubres, el amontonamiento, la presión de la vida cotidiana, también con un poco de violencia y cinismo”, completa, con puntos suspensivos.

Hay, también y de modo reiterado, una representación de la muerte, “una forma visual”, dirá Moreyra y hablará también del desencanto, de la vida, en su obra, encantada sin embargo, por un genuino talento para dibujar los mundos de oscuras formas y fuertes contrastes, entre personajes que se distorsionan en la felicidad y en el horror, sin percibirlo, también, en lo cotidiano. Como a veces pasa, en los sueños, en las pesadillas, en la realidad.

 

Julián Stoppello de la Redaccion de Entre Ríos Ahora

 
 
 

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