El que escribe asume, entre las razones, los deseos y objetos de la tarea, una suerte de condena originaria. Mientras vive la experiencia, si esa experiencia resulta profunda, perturbadora, especialmente bella o dolorosa, por reflejo, o defecto profesional, ya piensa en qué modo podría ser escrita la escena y acto seguido se debate entre si realmente lo sucedido es o no materia de literatura. Si funcionaría o no. En ese instante, claro, se despega de lo que transcurre y lo que hace es observar. La emoción pasa de largo y en todo caso el que escribe intentará replantearla en el texto futuro, pero de otro modo, porque ya resultará inasible en su totalidad. O será, directamente, otra. En todo caso, si aparece y si llega, el lector podrá acceder a una nueva versión de esa emoción y recomenzar el circuito, como un retorno a esa primera experiencia que ya es otra y de la que el que escribe se alejó para –justamente- escribir.

Carlos Aguirre habla a pocas horas de su concierto en el CCK para presentar con su trío el disco Calma. Es una entrevista por la radio de la UNER. El Negro Aguirre dice que el disco que presenta a la noche es una foto. La foto de un proceso. Un proceso -este de Calma- que viene a transformar su relación con el modo de tocar y de definirse en tanto canal de una música que fluye. Que fluye en él. “Hay que hacer menos atletismo”, dice el Negro. Se trata de bajar el nivel de ego para entrar en contacto con la experiencia y todo lo que atraviesa el acto artístico en su contacto más profundo con el sentir. El toque es más sencillo y despojado, explica, sin rebusques ni demostraciones  de destreza. En la sencillez, según el Negro, habita la Calma.

“Cuando el ego sube –analiza- el artista está delante de la música y lo que realmente importa es la música, soy un canal”, define. Lo hace un poco mejor y en ese tono tan propio, desalojado de solemnidad o bajada de línea. Escucharlo, incluso ahora y por radio, produce un magnetismo módico, suave, cristalino.

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Veo muchas cosas que no me gustan.

Una maestra de jardín me informó una mañana que mi hijo se había partido dos dientes. Yo le pregunté si había llorado mucho y cómo lo había podido contener.

“Yo no lo puedo tocar –me contestó- así que le dije que se lavara así con la manito”. Me imaginé a mi hijo llorando, con sangre en la boca y a la maestra explicándole en el aire una teoría sobre como limpiarse la boca. Sentí que la escuela se caía a pedazos, que se había caído y yo andaba de la mano con Vicente entre las ruinas.

El recuerdo más fuerte que tengo de la escuela primaria es físico: es un abrazo de Elena, mi maestra de cuarto grado una mañana en que yo estaba triste no me acuerdo por qué y ella me abrazó, fuerte. Me acuerdo la textura de su guardapolvo, su pelo gris y ondulado, las gafas, el olor de su perfume y sus brazos alrededor mío, juntándome la angustia.

Hoy en la Escuela de Música lo veo a José Bulos enseñando piano a un grupo de niños y niñas. Es una clase final, una audición abierta para compartir con la familia. La escena es tan sencilla, tan clara. José alienta el proceso de los pibes. Esa foto del proceso. Y sonríe con ellos y los abraza para celebrar que lo hicieron.

La educación es necesariamente un acto de amor o no es nada. El arte es un acto de amor, un viaje profundo o no es nada. La experiencia de escribir es la búsqueda de contarse uno mismo las cosas que quiere comprender para entrar, a su vez, en relación con el mundo. El mundo a veces hostil, a veces imposible y a veces así, tan sencillo y hermoso.

Es importante agradecer el acontecimiento, la tarea del amor, del arte y la belleza. Vivir profundamente la experiencia y, bueno, llegado el caso -o al menos mí caso- escribir sobre eso, captar aunque sea una foto, una imagen, una porción de esa maravilla que nos alienta.

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora

Ilustración: Lorena Cabello. Instagram: @loredibuja