Las nubes estaban dispuestas como almohadones sobre una alfombra turquesa. Parecía, el cielo, la pieza de un niño, luminosa y desordenada. Y nosotros, debajo, volvíamos en auto atravesando una ruta rodeada de pinos y árboles gigantes que serán, de un momento a otro, un montón de trozos de madera, aunque ahora se ven así, tan necesarios en el paisaje abierto de la ruta.

Volver a las cosas de antes con ideas de cambiar y hacerlo mejor, aunque sabiendo ya por la experiencia de otros reinicios que vamos a tener en esta instancia fallos y aciertos, abre de todos modos ese pozo de aire, parecido al que se incrusta en la panza cuando te parás, por caso, arriba del trampolín y tanteas el aire con el pie hábil. Pero abajo hay agua.

Hacerlo mejor ¿no? De eso se trata. Hacer todo, más o menos, un poco mejor. Hay más listas mentales y una obligación, con el tiempo, cada vez más perentoria, que se trata de bajar el nivel de presión o ansiedad y subir el bienestar como si fueran perillas de una mezcladora de sonidos.

En vacaciones uno piensa las cosas de modo muy práctico: esto lo pongo aquí, esto allá y ok. Respiro. Uno, dos, tres. Vamos.

Guardás en una carpeta las fotos que vas a mirar en un par de meses, contás las historias del viaje, los contratiempos sobre todo y te quedás con las mejores sensaciones, esas que son intransferibles con palabras, que probás poner de todos modos como maderitas apiladas que no organizan nada concreto. Formas raras. Eso, seguro, es lo mejor. Y de eso no digo nada, me lo guardo.

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En los viajes exagero, siempre llevo más libros de los que voy a leer. Lorena hace lo mismo y se lo trasladamos, como buenos padres, a Malena. Ella, también, lleva libros que no va a leer y entre todos organizamos unos seis kilos de papeles. Pero el caso es que me gusta poner los libros en la mesa de luz a donde llego, marcar el territorio: el lugar es mío. Ahí, en este viaje, se instaló esa foto de Limónov que lleva en tapa el libro de Emmanuel Carrère. Una novela, una biografía, una crónica, un ensayo. Todo eso junto, más Carrère, lo que él piensa y sobre todo lo que investiga hacia afuera, en el mundo y su repercusión hacia adentro, en él.

Carrère es uno de los escritores más honestos que he leído. No sé cómo lo leen otros que lo leen, otros miles, pero yo no veo una sola pose, creo que escribe para preguntar, que lo mueve la curiosidad y que así va logrando descubrimientos, hallazgos, sobre todo, de paisajes humanos que te hacen pensar en infinidad de cosas, hacia afuera y, especialmente, hacia adentro. Quiero decir: Carrère escribe y conversa con el lector, hasta escucha sus afirmaciones silenciosas. Se ríe, se compadece, se perdona, habla con su experiencia, habla consigo mismo y ahí estamos, también, todos los que accedemos a él.

Con Limónov el lector conoce un personaje tremendo, ambiguo, genial, temerario. Y conoce un hombre que sufre. Se apiada, lo detesta, lo absuelve. Carrère ya ha hecho cosas así, lo ha llevado al extremo contando la historia real de un hombre que mató a toda su familia en El adversario.

Uno cree que no va pasar diez páginas, pero lo lees completo y ves el mounstruo, claro que sí, pero humano, criado en los mismos caldos que se cuecen todos los humanos de este tiempo.
Carrère medita y hace yoga. No abre juicios. Limónov es la historia de un escritor ruso desmesurado, heroico y canalla que se transforma, tanto, que uno ve la foto en la portada y la foto va cambiando, te va diciendo, cada vez, un dato distinto, algo nuevo en la mirada.

Pero Limónov es, también, una observación sobre los procesos políticos de Rusia y de Europa del Este. Su trabajo requiere de mucho tiempo, es minucioso, es periodístico, pero se vuelca al ensayo y vuelve a los recursos literarios y habla de lo que le pasa y va de nuevo. Uno no tiene más que seguirlo y asentir o discutir llegado el caso.

En El Reino, esta vez siguiendo la historia de San Pablo y San Lucas, sobre todo Lucas como su colega novelista pero dedicado al evangelio, Carrère ya te invita a buscar más, a leer otras cosas, a investigar con él y a dejar de lado la ironía que guarda parentesco con la soberbia y confronta con una de las obsesiones del autor. Algo que se revela en su obra de modo insistente y se instala en esta frase, también, de modo muy claro:

“…aunque a semejanza de Limónov no pueda conocer a un ser humano sin preguntarme más o menos conscientemente si estoy por encima o por debajo de él, y sin extraer de esa confrontación un alivio o una mortificación, pienso que esta idea –repito: “el hombre que se considera superior, inferior o incluso igual que otro hombre no comprende la realidad”- es la cumbre de la sabiduría, y que una vida no basta para impregnarse de ella, para digerirla, asimilarla, de tal forma que deje de ser una idea para informar la mirada y la acción de todas las circunstancias. Redactar este libro es para mí una manera peculiar de trabajar en ese sentido”.

Carrère puede escribir la historia de un hombre con el que no concuerda en casi nada, durante más de 400 páginas, sin que se filtren juicios negativos en su texto. Hay emociones, enfoques desde distintos rincones. El escritor busca comprender, se sacude el desdén y las opiniones rápidas, aunque sin exagerar, nada.

Uno no pasa por un libro de Carrère así como así. Te quedan demasiadas cosas dando vueltas y un deseo, también, de hacerlo mejor a los oficios que se asocian. Sin ironía, con ecuanimidad y un cuidado especial en la elección de las palabras. Hacerlo mejor, de eso se trata, como cuando volvés de viajar en vacaciones y empezás de nuevo.

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora