Uno se asoma a un libro que acompaña el estreno de un film y tiene relación con la experiencia de esa producción. Se asoma para ver. Para ver, en principio, cuál es la idea: ¿anticipar algo?, ¿generar expectativa?, ¿ensanchar el camino de la propuesta?

El estreno de un nuevo film de Lucrecia Martel, Zama -inspirada en la obra del escritor Antonio Di Benedetto- se observa, es una suerte de acontecimiento, incluso independiente de miradas disímiles respecto a lo que haya realizado ella y la repercusión que genere en el público.

Que le hayan propuesto a la escritora Selva Almada realizar un libro sobre el rodaje de Martel habla de eso: un modo de hacer o mirar que es un acontecimiento en sí mismo y que merece ser narrado.

Lo extraordinario del caso, en esta lectura que se presenta aquí, tiene dos puntas: una, la elección de Almada para encomendarle la tarea y dos, el enfoque de la autora para escribir su libro y no un accesorio del film.

Con el consejo de Martel, la escritora convocada fue Selva Almada. Ya por una razón de estilo y mirada, Selva no iba a materializar un libro que buscara, de frente, vender la película, su directora o una escenificación mítica sobre historias del set. Es decir, el libro no iba a hacer un anticipo brilloso de la película de Martel, ni un anabólico para alimentar la figura de la directora, que por otra parte no lo necesita.

Ahora bien, la otra punta es el enfoque que resolvió Selva, lo que de alguna manera inaugura un modo de escribir en asociación con el cine o, en realidad, con un acontecimiento artístico que en su accionar deja descubierto una serie de historias, de imágenes, de sensaciones.

Almada se configura como la voz de un set que pudiera narrar, pero no con ánimo de saber secretos de la gente que se acerca, sino con ganas de entender algo. Algo sobre ellos, sobre los diferentes paisajes, sobre las historias que van a contar cuando hablan en voz baja o cuando callan.

Es como un cine que refleja la película que va detrás de la pantalla.

El efecto es asombroso. Y Selva Almada lo hace muy a su modo, en ese cruce tan delicado y hondo, donde una misma oración puede conjugar palabras que parecían irreconciliables entre sí, para encontrar en lo más simple la potencia que toma al lector del cuello. Y no lo suelta.

“El mono en el remolino” va desde Formosa a Derqui y Empedrado, en Corrientes, y sigue para Tapiales, en la provincia de Buenos Aires.

Mira desde adentro del set, la autora. Mira cómo llegan, qué hacen, qué dicen, quiénes son, todos ellos que participan, espían, pasan, atestiguan o solamente observan lo que sucede allí. Como un acontecimiento o como nada más que un movimiento que no les dice nada. Ella observa desde adentro y encuentra en los detalles, como pequeñas obras de arte en el barro chirle, imágenes que se pintan como cuadros o historias que no tienen el brillo de la pantalla, sino el color de la piel y los huesos.

Muchos quom y también pilagá participan de la película. Almada mira como sucede el encuentro, de distintas formas. En una de ellas cuenta de una anciana que, al llegar al comedor, rodeada de blancos y extraños, se aterra. “Tuvo miedo de que la raptaran. Un miedo que se remonta a la época en que los suyos eran cazados para exhibirlos, estudiarlos o simplemente exterminarlos”, escribe.

No es condescendiente con el lugar, ni con las personas o las situaciones. Mira, se diría que sin juzgar y encuentra, en el barro, cosas como el maestro nacido en Nam Quom que organizó los primeros equipos de rugby quom; la historia fugaz y heroica de Kerosen o ese poblado donde se ven las lápidas en el patio de las casas.

Hay historias y hay muchas imágenes, que no son las imágenes de Martel. Son las de Selva Almada que, en la vibración de un hecho artísticos en su desarrollo, construye lo suyo propio y hace, entonces sí, que un acontecimiento se encuentre o se cruce con otro: Zama de Martel y El mono en el remolino, de Almada, en celebración del hecho anterior producido por Antonio Di Benedetto hace muchos años.

A las víctimas de la espera, está dedicada ZamaEl mono en el remolino, los personajes que la habitan, también podrían ser destinatarios de aquel homenaje: a las víctimas de la espera, aunque de otro modo y nuevamente.

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora