Manu Ginóbili tiene 40 años. Manu deslumbra porque a su edad puede leer lo que pasa en la cancha como pocos y dosificar el esfuerzo físico para invertir su energía con precisión y sabiduría. Sabe lo que su equipo necesita y sabe que el reloj le juega en contra.

Hace pocos días, con la misma sensatez con  la que mueve los pies en la pintura, Luis Scola dijo que a partir de cierta edad a un deportista no le queda otra opción que rendir menos. Puede aportar cosas, muchas como Manu, pero ya no va a tener para dar lo que tuvo a los veintipico de años.

El deporte profesional es una carrera insana contra el tiempo.  Se pierde de antemano. Aún millonarios, exitosos, campeones, los jugadores saben que la derrota está ahí, detrás de la próxima esquina. Respiran aliviados si pueden ir un poco más allá, si pueden estirar sus plazos, pero interiormente conocen el desenlace. Hay una vasta filmografía, de ficción y documental, con el caso de boxeadores, donde esa realidad es más cruda y violenta, porque el final se paga con la lona y sin metáfora.

Una vez, un amigo que logró llegar al más alto nivel del rugby nacional me dijo algo que me quedó grabado: “El que quiere hacer deporte de alto nivel tiene que saber dos cosas: una, que el cuerpo, tarde o temprano, duele y que la alta competencia no es sana. Dos, que es cruel darte cuenta que, hagas lo que hagas, una vez que terminaste tu carrera, nunca vas a sentir eso que sentiste en la cancha”.

Hoy fui al negocio de Mario Cipriani. Queda a menos de una cuadra del club Echagüe, donde realizó algunas de sus proezas más importantes como deportista. Mario fue el abanderado de un equipo arrollador y el motor indestructible de la selección entrerriana que en 1967 convocó multitudes en Recreativo y se alzó con el primer vice campeonato argentino para la provincia. Una verdadera hazaña que se replicó en medios porteños, la mayoría de las veces, con una imagen suya, en acción, que desbordaba energía. En el club, por lo menos algunos, le decían el Chusco, porque hablaba poco, casi nada, para él todo se definía en la acción, en la entrega, en ir al frente en cada jugada aunque a veces el rival se asemejara a una pared infranqueable.

Pero Cipriani sabía saltar paredes y con su ayuda Entre Ríos le ganó nada menos que a Macabi Tel Aviv y a Capital Federal –algo que nadie hubiese creído antes- en un cuadrangular histórico que se jugó en el Luna Park, en 1968.

Esa historia de Mario, igual, es conocida, por lo menos para la gente del básquet. Se conoce menos, tal vez, lo que siguió y viene al caso, aún para quien no lo vio nunca sobre el parqué.

Yo no lo vi jugar a Mario Cipriani. No lo vi con la camiseta de Echagüe en primera división y recuerdo perfecto el lugar donde estaba sentado en el estadio Luis Butta, cuando mi viejo me llevó a un partido de veteranos donde jugaba el diez.

“Mirá –me señaló papá- mirá como tira los libres”. Era una imagen legendaria: Cipriani tomaba la pelota con dos manos, la ponía entre las piernas y la arrojaba como si fuera una bocha, pero con parábola y destino de red. Entraba. Yo lo vi tirar así aquella vez y pude interpretar en parte  todas las historias de él que había escuchado hasta esa noche. Era como una foto que cobraba vida, un relámpago del tiempo.

Pero después fue aún mucho más sorprendente.

En Echagüe hay un ritual que se repite todos los martes y los jueves desde hace muchos años. Entre las 2 de la tarde y un poco antes de las cuatro, se juntan a jugar picados algunos veteranos, con tipos que en algún momento probaron el básquet y quieren volver por un rato, más gurises que andan suelto y aburridos a la siesta y también algunos perros sin equipo ni historia. Ahí son todos iguales y cualquiera te puede cascar sin querer queriendo. Los más chicos tienen puras obligaciones y ningún derecho. Cuando sobra alguien, alguna autoridad pega el grito: “los pendejos afuera”. Y ya.

En esos picados jugué con Mario Cipriani muchos martes y jueves de mi adolescencia. Con el tiempo, cayeron otros ídolos locales a esa cancha -Charles Parker, Chuzo González, Horacio Pacheco-, pero lo de Mario era increíble por lo que decía en el principio. Los que tienen talento e historia van y juegan, pero tiene plena conciencia de que ya pasó. Se recrean, agitan un poco el recuerdo entre algunos movimientos, ya más lentos, ya más toscos.

Mario no. Mario jugaba con la misma intención de saltar paredes. Claro que sabía todo lo que ya no podía hacer, como lo sabe Manu hoy en los Spurs, pero mientras duraban los dos partidos que él jugaba, todo lo que sucedía en la cancha era en serio, era de verdad, porque nadie podía joder con Cipriani en la cancha.

Hace algunos años, cuando cumplió 70, ya no fue más a jugar.

Hoy fui a su negocio y me dijo que “me daba vergüenza ir con 70 años”. Hablamos un rato, yo quiero entender por qué vergüenza, si está impecable, si seguro puede seguir corriendo y ordenando y tirando los libres desde abajo con esa parábola eterna.

“Me lo puse yo solo, hasta los 70 está bien, después me arrepentí, pero ya está”, me dice detrás del mostrador, mientras mete los bifes en una bolsa de nylon. Se queda pensando igual, para mí que le dan ganas. Hoy es martes. Son las 13.15. En un rato podría estar en la cancha.

“¿Sabes qué? -me dice el maestro- yo siempre jugué de igual a igual con cualquiera, sea chico o grande, de igual a igual y no quisiera que un pibe sintiera lástima por el viejo de 70 años que viene a jugar”. Se sonríe Mario.  “Son cosas de este mozo”, dice, con la punta del índice apuntando a su cabeza.

Los jugadores saben que el final está en alguna esquina cercana, Mario recién lo encontró a los 70 años. Hasta entonces vivió la experiencia de jugar con la misma energía que lo hizo siempre, desmintiendo cualquier norma acerca de la finitud del deportista.

Porque quizás es cierto que para un tipo que vivió el deporte como una causa, la vida no tenga en adelante una emoción semejante para obsequiarle, a no ser que seas Mario Cipriani y vayas a jugar un picado a los 70 años y en tu cuerpo se reanime el deseo como una fuerza inextinguible. Y te lo tomes en serio, pero no en serio con ánimo de recuperar lo perdido, sino dejando nomás que fluya la vibración interna que le da sentido a la pasión mientras sucede el acontecimiento que te alumbró la vida.

Yo le diría a cualquiera ex deportista desanimado que vaya hablar con él, no creo que Mario les pueda explicar nada de esto. Habla poco, casi nada de si mismo. Pero a lo mejor lo pueden invitar a jugar un rato, lo pueden convencer y entonces ven esto que digo, pero en acción. Hasta quedarse sin palabras y decirle gracias.

 

 

 

 

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora