Un 1 de marzo, como hoy, pero de 2014, los medios nacionales comenzaban a darle espacio y algún crédito a una intención inesperada: la de un gobernador de provincia, ultrakirchnerista, que se proponía como la continuidad positiva del proyecto nacional. Sergio Urribarri iniciaba así un periplo de gastos extraordinarios reñidos con la legalidad, que derivaría, primero, en un baño de humildad con aspecto a fracaso rotundo y, posteriormente, en una de las cuatro causas judiciales que lo apuntan.

“Afiches por todo el Congreso, bailarinas de carnaval en Avenida de Mayo y 9 de Julio y una serie de declaraciones con vistas a las presidenciales de 2015, el gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, salió a posicionarse como candidato. Criticó a Sergio Massa y adelantó: Lo que haya que corregir lo vamos a hacer”, publicó Clarín el 1 de marzo de 2014 bajo el título: Urribarri se lanza como candidato a Presidente.

El mandatario entrerriano ya había hecho declaraciones en las que coqueteaba, sin que nadie lo tomase demasiado en serio, con la idea de ser presidente. Pero el 1 de marzo era un día especial. Es que en el Congreso Nacional, ante la Asamblea Legislativa, Cristina Krichner abriría la 32º período de sesiones ordinarias y ahí estaba la columna entrerriana, con Urribarri a la cabeza, para decir presente y autopostularse, con su tono campechano y de modulación progresista, subiéndose a una escalera invisible para competir con rivales que le quedaban alto y lejos.

Massa “no es justicialista, es un dirigente de la centroderecha, que podrá competir (en 2015) como cualquier candidato”. En este sentido dijo Urribarri que “abundan quienes hacen las críticas” mientras desde el poder “la autocrítica se lleva adelante con decisiones y lo que haya que corregir, lo vamos a hacer”.

Lo que hizo Urribarri fue gastar muchísimo dinero. Dinero que no era suyo, para instalar, por ejemplo, un parador en una playa de Mar del Plata con finalidad de promotora o unidad básica fashion. Lo que hizo Urribarri fue gastar casi 30 millones de pesos del Estado entrerriano en spots televisivos, con la excusa de la Cumbre de Presidentes del Mercosur, pero dedicados por completo a resaltar su figura y estampar su nombre en los millones de argentinos que no tenían idea de quien era.

Hizo otras cosas, también, Urribarri, como empapelar las rutas de la costa atlántica con su foto y también buena parte de las provincias argentinas. Eso, además de organizar un acto en Ferro, mano a mano con Julio de Vido y sindicatos que le dijeron que sí y le palmearon la espalda, pero nunca le dieron apoyo alguno.

En resumen, lo que hizo fue inventar eso que tuvo por nombre El sueño entrerriano y que en rigor fue el sueño de Urribarri y sus amigos.

Lo que pasó, en realidad, fue una farsa que terminó como había empezado: en la nada. Pero, esta vez, con algunas consecuencias serias: su legado fue una provincia con una crisis económica profunda y deudas sociales sumamente difíciles de resolver. También dejó huellas en los otros poderes del Estado, luego de cuatro años de manejar la provincia como patrón de un feudo, donde lo que más prosperó fueron las riquezas de sus campos que ni siquiera sabíamos que tenía. Porque todos supimos que Urribarri era, a la vez de gobernador un empresario próspero, una vez que dejó la gestión.

“ER agradece 11 años del mayor progreso en la historia de la provincia y lo hacemos con alegría y fe en el futuro. Vamos todos con Cristina!”, tuiteó aquel 1 de marzo el entonces mandatario y se agrandó “Nuestra columna es impresionante porque queremos defender los logros de este proyecto nacional y popular”.

Tres años después de aquel 1 de marzo, Urribarri afronta cuatro causas judiciales, ya no ex kirchnerista, pero trabaja desde la Cámara de Diputados de la provincia para demorar un proceso irreversible que le resta poder de modo cada vez más acelerado. Sin embargo nada de eso quita que en ese 1 de marzo de 2014, Urribarri decía, al parecer en serio, que quería ser presidente y ofrecía dos cualidades: el respaldo de su gestión y una adhesión sin reservas al proyecto nacional. Lo primero, lo supo antes que nadie la gestión actual, era en realidad un cartel caro, brillante y sin respaldo alguno. Lo segundo, lo reveló Urribarri nomás, se desinfló al mes de la salida del kirchnerismo.

“El sueño entrerriano” tituló Urribarri aquella campaña sin vergüenza. Palmeras, arena, spots con plata de todos, pasistas, mates carísimos con Fantino a la medianoche, abrazos con De Vido en actos onerosos. Y si, eso fue, justamente eso: una campaña desvergonzada que llevaba desde el título la identificación de esta tierra.

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora