El Volcadero municipal es parte de Paraná, de su historia. Es el costado no deseado, oculto por su ubicación, pero con una fuerte impronta en la ciudad a través del humo de las recurrentes quemas, de las imágenes de cientos de personas que viven de los residuos, de los vecindarios pobres que han crecido a su ritmo, y de la decena de anuncios que se han escuchado a lo largo de los años de boca de cada candidato. Es que no se concibe discurso de campaña sin mencionar una solución al Volcadero, a su gente; en definitiva, a la deuda social y ambiental que el gran basural significa. Y sigue pendiente.

Por Marta Marozzini

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Hace 92 años, según los registros municipales, que los residuos que producen los paranaenses van a parar a un predio amplio del suroeste de la ciudad, sobre un paisaje inmejorable, con el río Paraná de fondo. Belleza natural, basura al por mayor y pobreza extrema con gente arqueada sobre los desechos, casitas inestables y decenas perros y caballos flacos se conjugan en la imagen de ese borde de la ciudad, situado a pocas cuadras del centro y sobre los anegadizos.

Desde el corazón de Paraná, llegar al Volcadero lleva poco tiempo: entre 10 y 15 minutos. Se trata del recorrido de unas 15 cuadras, hasta Ameghino al final, en un tramo en el que la calle se pierde en un bajo del terreno rodeado de viviendas humildes. El camino, asfaltado hace un par de años, permite adentrarse en el barrio San Martín, vecindario que flanquea el lugar donde durante décadas han ido a parar montañas de basura, han surgido columnas interminables de humo, proliferado moscas y alimañas y un olor insoportable.

Se estima que son unas 300 toneladas de basura, las que llegan por día al lugar quedando una parte en una planta de tratamiento que empezó a funcionar de a poco a partir del año pasado en el marco de una cooperativa de trabajadores de la zona.

Además del barrio San Martín, bordean el gran predio los vecindarios de Mosconi Viejo y Antártida Argentina; aunque el olor y el humo han acosado a sectores de Bajada Grande, Balbi, La Floresta, San Agustín, el Parque Urquiza y el centro.

Los barrios más cercanos se han formado en torno del vertedero y de la actividad del cirujeo. Unas 700 familias “trabajan” la basura y viven de eso. La cifra fue el primer dato concreto sobre la envergadura del costado social de la basura y el Volcadero y surgió en 2009 de una investigación en terreno realizada por la Facultad de Trabajo Social (UNER), a cargo de la profesora Griselda Anzola. La docente explicó por entonces, en la publicación de la facultad A lo hecho, dicho,  que hay tres  generaciones que se dedican al cirujeo y muchos son analfabetos. “El cirujeo es una actividad familiar, es decir que hasta los más chiquitos tienen un rol en esa unidad productiva”, dijo.

En la publicación se plantea que la pobreza y la contaminación son una realidad cercana a los habitantes de la zona del Volcadero y se trata de “un sector muy olvidado y a la vez muy utilizado en las campañas políticas. Todos prometieron cosas con respecto al Volcadero y (eso) provoca un gran descreimiento”.

Un anuncio que todavía resuena en el recuerdo de  vecinos fue el realizado por el gobernador Sergio Urribarri a principios de 2013.  Dijo, entusiasmado y sin fisura,  que en 20 días se terminó con el humo del Volcadero y consideró el logro como un “hecho histórico”.

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Al poco tiempo, volvió el humo.

En la Justicia y con fallo inédito

El tema del Volcadero, y del humo, terminó en la justicia y dio lugar a una sentencia inédita. Fue a fines de 2014, cuando el Superior Tribunal de Justicia (STJ) dejó firme un fallo que ordenaba a la Municipalidad de Paraná indemnizar una familia por las quemas de basura en el vertedero y minibasurales que han proliferado en la ciudad. Según publicó Página Judicial en marzo de 2015, el planteo de una pareja de habitantes de Bajada Grande consiguió adhesión en la justicia en lo referido al daño físico y psíquico provocado por los incendios habituales en el basural a cielo abierto.

“Las contrariedades o trastornos ocasionados han traspasado el estándar de tolerancia razonable”, consignaba la sentencia que sentó un precedente novedoso en lo relacionado a los derechos ambientales.

Los demandantes relataban en la demanda que llegaron a Bajada Grande en los años 80, atraídos por “la preponderancia paisajística, su gran cantidad de verdes, sus barrancas, el sonido de las aves y la extraordinaria vegetación”, consigna un resumen de la presentación judicial. Afirmaban que pasaron en ese lugar, junto a sus hijos, los mejores años de su vida. Cuando adquirieron el terreno, desconocían la existencia de un basural a cielo abierto, hoy denominado Volcadero. De  todos modos, “el basural era de menor extensión de la que reviste en la actualidad (la demanda se presentó en 2007) y la producción de quemas se realizaba concordantemente con  menor intensidad, pero, con el trascurso del tiempo, todo se volvió basura a su alrededor. Lo más insoportable fue cuando empezaron a surgir incendios de manera continua, brotando un humo negro y tóxico, el que todos los días ahogaba el barrio”. Fue entonces que un grupo de vecinos comenzó a hacer reclamos a la Municipalidad, los que en 2007 se transformaron en una acción de amparo colectiva –con el patrocinio del Foro Ecologista Paraná–, que tuvo resultado favorable, “aunque incumplido”, según han denunciado desde la entidad ecologista, publicó Página Judicial. Así las cosas, la familia presentó una demanda por daños y perjuicios contra la Comuna por el impacto físico, psíquico, moral y por la pérdida del valor del inmueble por el hecho de vivir en ese contexto.

En cuanto a la marcha de la acción de amparo presentada por el Foro Ecologista de Paraná tuvo sentencia y reafirmación de sentencia y el incumplimiento del Municipio provocó sanciones también inéditas, como el cobro de multas diarias y la exigencia de la instrumentación de la separación domiciliaria de la basura, medida que empezó a regir en abril pasado. La aplicación, a dos meses de vigencia, aparece enclenque. También ese fallo fijaba plazos para el traslado y saneamiento del actual basural. Daba cuenta de la necesidad de reubicar el lugar de disposición final de la fracción de rechazo de la Residuos Sólidos Urbanos (RSU) a un predio fuera del ejido urbano de la ciudad cuyas características permitan un tratamiento mediante relleno sanitario.

El qué hacer con el Volcadero viene siendo un blanco de anuncios y promesas. Las últimas, las más frescas, son las de la intendente Blanca Osuna, quien apenas asumió el gobierno afirmó que se iba a sanear el basural y que iba a ser ubicado en otra lado. Tanto parecía el avance que hubo reuniones con funcionarios nacionales de Medio Ambiente en 2012 y por entonces, el gobierno municipal aseveró que estaba adelantado “en un 80% el desarrollo del plan integral para el Tratamiento de Residuos Sólidos Urbanos para Paraná”. Además, “en el caso puntual de la mudanza del Volcadero municipal”, “los funcionarios continúan, durante esta semana, con el análisis de los terrenos que pueden ser factibles para la radicación”, se publicaba por entonces. En ese marco, se dictó un decreto (851), por el que se declaró la emergencia ambiental y la necesidad de traslado del basural. Los anuncios generaron inquietud en distintos sectores de la población y, luego, el avance fue escaso. Ahora, el nuevo gobierno municipal también dijo lo suyo respecto al vertedero histórico: “el Volcadero se saneará”, y en los últimos días se informó sobre la gestión de 10 millones de dólares ante el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) por parte del intendente Sergio Varisco.