La humedad chupa el aire, lo demora y los que vienen por la calle buscan una sombra que se extingue. Se encuentran los músicos para hacer una foto en La Vieja Usina. Adentro de la sala dos se puede respirar otra vez. Afuera, el sol aplasta.

Alfonso Bekes toca este fin de semana con una de las tres formaciones estables que integra, pero las fotos son para otra cosa: un concierto compartido, con Laura Balzer, Yamil Isaac y Silvia Salomone. Ahora van a la sala uno y hacen las fotos.

La amplitud de géneros y enfoques que puede alcanzar Bekes se observa, de modo ligero, en los anuncios de conciertos que casi se superponen por redes sociales:  dúo de folk y pop con Electra Barbagelata; otro con La guitarra de la Luna, volcado a un cancionero folclórico, pero también propio, junto a Salomone, Javier Rivero y Cristian Avalos; y el más antiguo de los tres, La rifa del viento, con Lucas Solari, Juanjo Cáceres y Damián González Petrich; en este caso más pegado al rock y a la inspiración de Spinetta que sella la banda desde su nombre.

Además de todo eso, Bekes está hoy acá para hacer fotos que anuncian otro recital. Otra propuesta. También es docente y da clases particulares. Y, sobre todo, compone sus canciones y sus melodías. Calcula que grabadas, firmadas e inscriptas, son más de 20.

Hace un poco más de cinco años vive de la música, sin ningún otro apoyo. Eso quería hacer desde el principio, cuando empezó a tocar algunas canciones y escribir las propias. Entonces Alfonso Bekes -que ahora tiene 32 años y un recorrido tan intenso como la agenda que cuenta sus días- cursaba los primeros años de una secundaria con afán innovador: la Escuela Nº 71 Jorge Luis Borges de la ciudad de Concordia. Padre y madre eran docentes de la escuela. Más que eso, padre y madre eran personas de la ciudad con activa participación en un circuito artístico y, también, de militancia social.

Alejandro Bekes, el papá de Alfonso, es un escritor reconocido, nacido en Santa Fe pero radicado en Concordia, que ha publicado –sobre todo poesía y ensayo- en editoriales del país y también en España. Lucrecia Lessa, la mamá de Alfonso, es docente y ha tenido una fuerte participación en militancia social. Hay, en la rama familiar, más señales y anclajes con el arte y la música, como por ejemplo un tío artista plástico que sostenía un taller en los 90´, en pleno centro de Concordia, donde Alfonso pasó buena parte de su infancia. También hay amigos, de esos que hacían de la ciudad y la adultez, también, un lugar más interesante, al menos para Alfonso.

“En mi casa se escuchaba clásica, rock, The Beatles, Spinetta y Charly y cuando empecé a estudiar con Carlos Rossi, otro amigo de la familia, estaba buenísimo porque veíamos algo de Soda (Stereo) y después una danza del renacimiento, jazz, blus. Siempre agradezco la heterogeneidad estilística, porque eso me marcó para bien creo, porque un maestro te puede encasillar y por ahí te quedas en eso”.

En la Borges se armaban bandas, dúos, tríos. Y Bekes estaba en todas las que podía estar y escribía, además, sus primeras composiciones. “Yo siento que lo primero que querés hacer es eso, meterte ahí”, dice y habla de la canción como si fuera un lugar. Pero también sucedió otra cosa. Una noche supo que la guitarrista Silvina López daba un concierto en la ciudad. La vio, la escuchó, pero los sentidos de lo que sucedía se le escapaban, como pájaros de la cabeza.

“Fue un quiebre importante. Ya sabía que quería estudiar música y que tenía que irme de Concordia. Tocaba eléctrica y criolla, pero en ese momento fue un quiebre porque nunca había escuchado algo así en vivo y Silvina estaba en una etapa increíble, por irse a un concurso en Portugal, estaba on fire. Ahí mismo ella toca, entre otras cosas, un tema del Negro Aguirre, que fue lo que más me flasheó”, recuerda ahora.

Además de esa experiencia, Silvina le dejó un cassete de Quique Sinesi. “Eran tipos que estaban parados entre lo clásico y lo popular. Del palo de la música que yo escuchaba. Me metí de lleno con la guitarra clásica, junto con la composición”.

Algún tiempo después, en Concordia, Alfonso lo conoció al Negro Aguirre, le mostró sus composiciones y le hizo todas las preguntas posibles que se podían resumir en ¿y ahora por dónde sigo? En realidad, el plan era estudiar música en Montevideo con el maestro Osvaldo Budón, también amigo de la familia. Pero el 2001 ya había suprimido buena parte de los planes posibles y la ocasión, al final, fue estudiar música pero en Santa Fe.

Estaba en eso, ya con tres años de cursado en una carrera que según Alfonso iba justo a contramano del entusiasmo por crear, cuando supo que el maestro Eduardo Isaac daba clases en la Escuela de Música de Paraná. Empezó a estudiar en los dos lugares en simultáneo. Isaac, más allá de todos los pergaminos posibles, había sido el maestro de Silvina López ¿no? Y la noche que Alfonso la vio tocar a Silvina López había cambiado todo. Ahora, otra vez, estaba por cambiar.

“En 2004 llega la propuesta de sumarme al grupo del Negro (Aguirre) y me tiro de cabeza a la vida musical permanente y me vengo a vivir a Paraná. Arranca la etapa más linda con el grupo del Negro, donde estuve cinco años y medio. Esos dos primeros años fue lo más intenso, tocamos el disco Rojo en todo el país y  en el 2006 se graba el disco Violeta. Fue glorioso, no solo que ensayábamos mucho y había un nivel de comunión muy importante, sino que tocábamos mucho”.

Las composiciones propias, junto a un año de poca o casi nula actividad del grupo empujan la pelota hacia otra parte. Sin poder resolver el modo de pasar una hoja tan entrañable y bonita, Bekes hace un plan que al final no le sale o no está seguro de hacer: irse a Europa a estudiar. Durante un encuentro en homenaje a Luis Alberto Spinetta en Paraná, se da justo de disparador para volver a la eléctrica, al rock y con nuevo grupo: La Rifa del Viento.

“Ahí empieza La Rifa y con esa primera formación grabamos un disco. Eso motiva un cambio en el sentido de volver a integrar propuestas que siempre me gustaron. Ahora hago rock con la Rifa, pop y folc en el dúo con Electra y folclore en La Guitarra de la Luna”, dice Alfonso. También da clases, compone, pasa horas en eso.

Volvemos, de alguna manera, al principio de la conversación. Pero ya se hace tarde. Queda lo último o casi lo último que dice Alfonso Bekes, antes de que demos por finalizada esta charla: “En este lugar musical me siento integrado y coherente conmigo mismo, siempre rechacé los dogmas estéticos, la música es una sola y creo que los músicos de mi generación tenemos más clara esa impronta”.

Afuera, el sol cruel del mediodía va a borrar el recuerdo fresco de este aire de la sala dos, pero a lo mejor no del todo.

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora