Sergio Sánchez fue un percusionista de talento, docente de la especialidad. Un músico y un maestro generoso. Vivía por calle Victoria, daba clases en su casa y era fanático del básquetbol. Un fanático que hubiera pasado casi inadvertido, si no fuera por una de las características que le complicaron algunos accesos en su vida: Sergio era albino.

No se perdía un partido de Echagüe y tenía, se ve, ciertos rituales.O se trataba de un espacio elegido: nada más. Uno llegaba a la cancha, aun en el momento de mayor calamidad en la historia de Echagüe, y Sergio estaba ahí, en la parte superior de la popular que da a calle 25 de Mayo, casi en el rincón, casi contra la pared, mirando el partido.

Sergio rara vez faltaba al estadio Luis Butta, es cierto, pero era del otro club del barrio. Del otro bando: era de Olimpia, profundamente de Olimpia. Se había criado con la leyenda del “Muñeco” Mencía y del “Palo” Lui, había sido público, hincha silencioso y defensor del más humilde cuando Echagüe se hacía grande. Para Sergio, ser de Echagüe era más fácil y a él le gustaba, se ve, eso que se consigue mano a mano ante una gran dificultad. Un músico sabe de eso, ¿no? Una persona atenta y consciente, también.

Si iba a Echagüe sin ser de Echagüe no hace falta decir que era devoto de la cancha de Olimpia y tenía allí, también, su ritual. Sergio entraba por donde todo el mundo, pero en vez de subir las escalinatas hacia la tribuna, daba toda la vuelta por atrás de los bancos, saludaba a los que conocía y entraba por la escalera del otro lado, hasta que se ubicaba arriba en la zona del medio. Había dos equipos, dos árbitros y estaba Sergio. Entonces, había partido.

La gente de Olimpia tiene una calidez poco frecuente, una suerte de manual no escrito donde se demanda abrir los brazos: ya que no hay mucho espacio, hay que abrazar al que viene y que la pase bien mientras se quede. Sumarlo a la casa y, especialmente, a la mesa. Algo así pasó con Sergio ni bien se dieron cuenta de que “el Blanquito” de allá arriba no faltaba nunca.

“Un día viene el Guasón Itrurria y me dice: `Che, ese flaco viene siempre, vamos a regalarle algo, una camiseta´”, cuenta el presidente de Olimpia, Walter Rolandelli.

Rolandelli ya lo conocía a Sergio Sánchez. No sólo  eso: eran vecinos y se habían cruzado decenas de veces en los picados que se armaban los sábados a la tarde en la cancha del Parque Berduc. “Se jugaba más o menos desde as 2 de la tarde hasta que nos quedábamos sin luz natural. Sergio caía a eso de las 6, por el tema de su vista, y jugaba un par de partidos, pero se quedaba a charlar, era fanático del básquet y en especial de Olimpia”, dice Rolandelli.

Resolvieron que sí. Que había que reconocer la persistencia, el acompañamiento del hincha.

“Ey, Sergio, vení por favor, vení que te queremos hacer un regalo”.

Sergio bajó de la tribuna, sorprendido claro, porque un hincha en serio no espera nada a cambio, y recibió su camiseta de Olimpia. La que se ve en muchas fotos de “el Blanquito”, esa que usaba encima de la camisa de vestir, para ir a cualquier parte y en especial a la cancha.

Desde ese día, desde aquella vez, Sergio Sánchez, además de músico y maestro, de  percusionista reconocido, de hijo de Pocha, del albino que va a la cancha, fue, más que cualquier otra etiqueta posible, hincha de Olimpia. El número uno.

No sólo empezó a seguir las inferiores del club, además de la primera, sino que comenzó a presenciar los entrenamientos y a sumarse a todos los viajes posibles. Se hizo amigo de dirigentes, entrenadores y jugadores. En un club de básquet es muy fácil distinguir a un tipo que sabe de básquet, y Sergio sabía.

Una noche se quedaron charlando con Héctor “Chueco” Haile de equipos juveniles de otros tiempos. Podía nombrar quintetos completos y recordaba valores que el propio “Chueco”, en la marea de tantas historias, había olvidado. Le decían “Blanquito” y la voz de “el Blanquito” era una voz autorizada en esas charlas donde hablan solo entrenadores y dirigentes. Ahí, además, podía hablar “Blanquito”. Y se lo oía. Fue tan así, incluso, que una vez logró desactivar un conflicto en un equipo de pibes que parecía insalvable. “Blanquito” les habló, casi que lloró con ellos y los sacó del pozo, les mostró otra cosa: algo del amor posiblemente.

Al principio viajaba solo, por timidez, para no pedir nada. Eso hasta que una noche se lo encontraron en Concordia antes del partido, con el mismo bolsito azul que llevaba a todas partes. “Pero, Sergio, qué haces acá, ¿en qué te viniste?”. Solo, por su cuenta, así viajaba el hincha.

Lo sumaron al colectivo, generalmente en compañía de “Quique” Agasse. Se hicieron amigos. “Blanquito” ayudaba en las comidas que hacía “Quique” y viajaban juntos en el coche. A la vuelta, después de un viaje, cerca de las 5 de la mañana, lo dejaban en la casa de calle Victoria y esperaban un poco: “Blanquito” golpeaba la persiana para avisarle a la Pocha. La vieja le preguntaba desde la pieza: “¿Y, Sergio, cómo salieron? Ganamos mamá, ganamos. ¡Qué alegría m´hijo!” Dicen que después que le abría la puerta y se sentaban en la cocina con unos mates, Sergio le contaba el partido entero. Conversaban hasta que amanecía. La Pocha, Pochita, tiene ya 92 años. Y lo extraña, claro, más que nadie en el mundo.

“Pasó a ser un pilar fundamental”, dice Rolandelli.

Pero el tema es que “Blanquito” andaba ahí con un cáncer que le mordía los intestinos. En el bolsito azul, entre otras cosas, llevaba remedios.

Arrancó la temporada 16/17 de Liga Provincial, como toda la gente del club, lleno de sueños y de ganas de dar la vuelta. Pero no le dio el tiempo.

El 14 de enero, “Blanquito” viajó por última vez con el equipo a Gualeguaychú. Justamente, para enfrentar a Neptunia, el que sería el adversario de la final, algunos meses después. Se asustaron en el camino, porque no lo veían nada bien. Durante el partido, Walter lo sintió temblar, pero Olimpia sacó el juego, se llevó el triunfo y en un abrazo largo con el “Flaco” Agasse se le pasó todo. A la vuelta, tuvo que ser internado y ya no pudo ver el partido siguiente con Sportivo San Salvador, que fue derrota aunque el “Polaco” Almeida, cuando fue a visitarlo al hospital, le contó otra cosa. No lo quería amargar.

El 25 de enero de 2017, falleció en Paraná Sergio “Blanquito” Sánchez. Ese día, para el Club Atlético Olimpia, es el día del hincha en homenaje a él. La hinchada tiene una canción para “Blanquito” que cantaron todo el año en cada partido, como una ofrenda, pero también como un amuleto. La gente de Olimpia está convencida de que “Blanquito” dio una mano grande desde la tribuna celeste para que el equipo lograra, por primera vez, el título de la Liga Provincial.

Es más, el “Polaco” Almeida cree que fue él, quién si no, el que le dio el toque final al doble agónico que les dio la victoria frente a Talleres en el torneo local. Está seguro de eso: lo ayudó “Blanquito”.

Si uno va a la cancha de Olimpia, seguro, en algún pasaje va a escuchar que la hinchada canta esto que sigue. Es para él: Sergio Sánchez, músico, percusionista de gran talento, amante del básquet, pero sobre todo, hincha de Olimpia.

 “Al azulgrana una ilusión solo le pido/

para blanquito que desde el cielo alienta conmigo/

vos no lo ves, no lo tocas, pero está presente/

gratos momentos, inolvidables quedaron en mi mente…”

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora