Hace ya algunos meses que ese paraíso de series y películas al que supuestamente se accedía, de modo inmediato y por un pago nada oneroso a través la tarjeta, no se ve tan fantástico y definitivo. Se leen críticas a Netflix en los medios tradicionales y más aún en redes sociales. “Buscar algo para ver en Netflix es el nuevo abrir la heladera”, twitteó la guionista Carolina Aguirre hace algunos días, entre otros comentarios por el estilo.

La sensación es que hay decenas de cosas para ver, pero la calidad es cuestionada y la mayoría de las veces el espectador se abruma en la búsqueda. Se cansa, se fastidia, se va. O, en todo caso, ve un poco de esto y un poco de aquello. Es como el que entra a la heladería decidido por el dulce de leche y el granizado, aunque también le gustaría algo de contrastes más fuertes, como limón y chocolate con almendras. Ni bien elige por la opción amarga, se lamenta profundamente por el dulce perdido.

Netflix puede ser una metáfora de la insatisfacción, pero existe la posibilidad de que la selección de oferta no logre desplegarse como esa tierra prometida donde el consumidor encontraría, todo junto, las mejores películas y series de su vida. De todos modos ahí está -aún con el envión que le da su carácter innovador- y en estos días ofreció dos estrenos que cuentan historias de personas vivas. Más que personas, personajes. Una serie y un film.

Página 12 publica una nota de Horacio Verbitsky que lleva por título “La Mala conciencia del Pontífice”. Habla de la serie “Llámenme Francisco”. El periodista cuestiona la tragiversación de hechos históricos en función de barrer sospechas sobre la actuación de Jorge Bergoglio durante la última dictadura militar. Qué hizo el Papa cuando Argentina era aplastada por la maquinaria del terrorismo de estado. La serie de cuatro capítulos, parece, apunta a responder esa pregunta. Verbitsky dice, entonces, que esa preocupación obedece a la mala conciencia del Papa.

Rodrigo de la Serna hace que un personaje al que no le sobran las palabras sabias, ni actitudes heroicas, resulte en principio un protagonista interesante, medido, inteligente y a la vez sencillo. De la Serna, solo, consigue que cada silencio o cada mirada de Bergoglio resulte una pausa de respiración. Si el espectador recuerda la película Las Manos, sobre el cura sanador Mario Pantaleo -interpretado por Jorge Marrale-, bueno, reconocerá que allí hay un héroe luminoso, un elegido, un personaje entrañable. Aquí no, no por lo menos en esos términos. Mario Pantaleo muere en las Las Manos, es decir ya estaba muerto cuando se filmó. Bergoglio está vivo y no puede habilitar que su historia tome rasgos de ficción más definitivos, como para dibujar una silueta extraordinaria. Es el Papa ahora.

Si, en cambio, según explica Verbitsky, se habilitan cambios a la verdad histórica en beneficio de quitarle de encima la responsabilidad sobre dos jesuitas abandonados a manos del ejército torturador. La sospecha, en los bordes de la trama, también ha sido una especialidad en este país, con una superconciencia manejada por algunos jueces que, nos vinimos a enterar después, no eran la encarnación de la verdad. Pero ese es otro tema. Aquí vemos a Bergoglio en los años de plomo y lo vemos después, durante el menemismo negociando con Quarracino y los funcionarios del gobierno para defender de las topadoras a los habitantes de la Villa 31.
Ahí gana y crece.
Después aparece demasiado viejo, como pasado en años, hablando comprensivo con un cura villero que se puso de novio y con otro colega que lucha contra los narcos en el territorio donde se da la batalla.

Antes de ser Papa, Bergoglio dice que está para jubilarse y no tiene pensamientos esclarecedores. Mira el horizonte y observa en aparente calma.

La otra oferta de Netflix es, también, una historia biográfica de un personaje vivo, pero de otro tipo: Roberto “Manos de Piedra” Durán. Es difícil equivocarse con una historia de boxeo, ahí está todo: esfuerzo, riesgo, sueños, pasión, acción, violencia y una historia de sacrificio. La síntesis de la emoción está en un cuadrilátero y dos hombres que se pegan y que cada vez se pegan mejor gracias a las nuevas tecnologías.
Las piñas se escuchan, se ven.

El paranaese Rodrigo Tomasso hace, tal vez, la mejor parte de Manos de Piedra o Hands Of Stone: la reconstrucción de las pelas de Durán, el Madison Squar Graden repleto, la visión de una historia que vimos y se reconstruye magistralmente. La otra fuerza del film, tanto como las piñas entre Duran y Ray “Sugar” Leonard, es Robert de Niro encarnando al mítico entrenador Ray Arcel. La película es entretenida e incluye en la trama, muy a su modo, una relación entre el drama político de Panamá y la historia del protagonista: en ambos casos hay un tema pendiente con Estados Unidos.

El problema, en algún punto, es que Duran sigue vivo y la película da nombres propios de cada uno de los que ingresaron en su historia. Es, en esos términos, lo que pasó. Si el espectador se emocionó con algunas de las siete películas que integran la saga Rocky o con El Luchador, por caso, de Russell Crowe, coincidirá que a este Durán le falta una vuelta de rosca para algún costado. Las personas reales, a veces, muchas, no tienen todo el atractivo que el cine necesita. Es pintoresco, respeta la máxima de don Amilcar Brusa acerca del origen de hambre que comparten los mejores boxeadores y tiene una esposa más atractiva que la original: Ana de Armas. Pero no más que eso. Escribir de los vivos, filmar sobre personajes que todavía cuentan y hacen su historia, en clave de ficción, no es fácil, pero ahí están las ofertas de esa galería de indecisiones que representa Netflix para sus usuarios. Es cuestión de entrar a espiar las vidas de Bergoglio y Durán.

Julián Stoppello
De la Redacción de Entre Ríos Ahora