La Escuela N° 3 Bernardino Rivadavia cumplió el centenario.
Y el centenario ocurrió en medio de la más triste realidad: la escuela cayéndose a pedazos.
Once años llevan batallando contra la burocracia para que les arreglen el edificio. Los docentes, los directivos, los papás, la cooperadora han hecho marchas, volanteadas, protestas en la calle, se han movilizado a Casa de Gobierno, han colgado pasacalles, se han peleado con funcionarios de tercera línea, han ido hasta las oficinas de Arquitectura, han seguido el expediente.
Todo eso no ha sido suficiente.
Hace once años en la Escuela Rivadavia esperan por la refacción.
Ahora les dicen que la licitación está lista, que la empresa Cemyc SRL se hará cargo de los trabajos, pero la buena nueva ocurre en medio de la más absoluta desazón: este viernes, a la siesta, un incendio destruyó por completo el salón de música y dejó la estructura de las aulas de la planta baja en situación precaria.
El viernes se suspendieron las clases. El lunes no habrá clases, y es una incógnita a qué lugar irán a ir a parar alumnos y docentes.
Maximiliano Vitale, presidente de la Cooperadora de la Escuela Bernardino Rivadavia, lo resumió de modo lacerante: “Esta es la herencia Urribarri”.
Se refirió así, claro, al exgobernador Sergio Urribarri, un dirigente anunciador serial que cortaba cintas todos los días, que montaba carteles en todas partes, que ponía en titulares lo que nunca haría.
En Educación, ocurrió eso: hubo más cartelería que mejoramiento de la infraestructura escolar.
En la Escuela Rivadavia contestaron siempre a todo eso –a todo el discurso de anuncios—con carteles. Como ese que colgaron hace más de un año, anunciando lo que no había: un disyuntor.
La Escuela Rivadavia, a decir verdad, nunca fue alcanzada por las mieles de los anuncios. No plantaron un cartel con la leyenda “Todos los días una obra más”, ni fue ningún funcionario a cortar cintas.
Nunca hubo cintas para cortar. Hubo alambres que atar. Sólo eso. Como el alambre con el que habían atado la puerta del salón de música: se quedaron sin cerradura y sin candado, y entonces echaron mano a la inventiva: lo ataron con alambre.
Pero ni el alambre quedó ahora: el salón de música fue devorado por el fuego.
Y ahora hay que empezar a contar de cero.
“Quién nos ayuda ahora”, se preguntaba Alicia Caviglia, docente de la Escuela Rivadavia.
El jueves 6 de octubre de 2011 el exgobernador Urribarri inauguró la Escuela del Sindicato de Comercio, en Paraná, y dijo una frase por lo menos mentirosa: “Inauguramos dos o tres escuelas por semana”.
El jueves 23 de abril de 2015 repitió una frase parecida, cuando inauguró el edificio de la Escuela Olegario Víctor Andrade, también en Paraná. “Superamos ampliamente lo que prometimos al inicio de nuestra gestión de hacer aulas para 40.000 chicos. Construimos 134 nuevas escuelas y cientos de ampliaciones y refacciones”.
Las frases de Urribarri no se pueden contrastar con la estadística educativa, porque pierden todo valor.
En el edificio de la Escuela Rivadavia conviven tres escuelas, una diurna, dos nocturnas.
El déficit de infraestructura educativa es evidente, y durante su gobierno la calidad educativa se desplomó: las escuelas se convirtieron en contenedoras de una realidad social dura.
Las Escuelas Nina se ampliaron –son más de 100—sobre la base de la precarización laboral docente, y no está claro que hayan aportado a mejorar los índices de rendimiento.
Y el nivel secundario sigue con números críticos. En octubre último, el diario “Uno”, publicó estadísticas alarmantes: en Entre Ríos, el índice de repitencia en 1º y 2º año de la secundaria ronda el 15% y 17%; la sobreedad, un fenómeno relativamente nuevo –son los cursantes con dos o más años por encima de la edad teórica para un determinado nivel– va desde un 38% hasta un 45%, según los departamentos; y la tasa de graduación, coincidente a nivel nacional, es del 50% de los que ingresaron en 1º año.
Pero el exgobernador, montado a su sueño eterno de estadística en ciernes, seguirá repitiendo el mismo discurso que le redactan sus escribas: que durante sus dos gestiones de gobierno Entre Ríos rozó el primer mundo.
Lástima: hoy se sabe que muchas escuelas que no sintieron el efecto derrame de “Todos los días una obra más” zozobran en medio de la precariedad absoluta.
Muchas, como la Escuela Bernardino Rivadavia, están atadas con alambre.
Hasta que sucede lo peor.

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.