Por Julián Maradeo (*)

 

 

Hace algunos meses, cuando estábamos presentando el documental “No abusarás” en una sala de la Ciudad de Buenos Aires, algo ensimismado por lo que había visto en la pantalla, un espectador (se) preguntó: “¿Por qué no hay movilizaciones multitudinarias por esto? ¿Por qué no hay grandes manifestaciones que presionen a la Iglesia para que entregue a los sacerdotes denunciados a la justicia civil?”. ¿Por qué?

Finalmente ocurrió: la causa por las denuncias de abusos del cura sanador Diego Escobar Gaviria llegó a juicio oral. Hay que dejar en claro algo: éstas se sostienen gracias a la conmovedora voluntad de los sobrevivientes y sus familias, que dan una pelea desigual y con enormes posibilidades de perder. Los ejemplos sobran.

Se enfrentan a una institución que se encuentra en el corazón de la sociedad argentina desde el momento cero de su constitución como tal. Una estructura que, en buena medida, es financiada directa e indirectamente por los impuestos de todos los argentinos. Pero, por sobre todas las cosas, se rebelan ante una mecánica en extremo aceitada para procurar reducir al mínimo las consecuencias que podrían suceder ante cada caso.

A modo de repaso sobre cómo actúa la Iglesia, bajo orden vaticana, cuando se conoce extramuros. Primero, alejan mínimamente al cura; segundo, callan y amenazan a la víctima, que suele ser menor de edad; tercero, presionan a quienes pueden romper con esa línea y emitir alguna queja, como, por caso, otro sacerdote; cuarto, si el victimario se les tornó incontrolable, lo trasladan; quinto, si se hace público, emiten un comunicado simulando “dolor” y enunciando su deseo de acompañar al agredido y a su familia a la par que le cierran por completo las puertas a los mismos que dicen apoyar, y, sexto, inician un ineficaz e interminable proceso interno que terminará en algún cajón de la Santa Sede. Por supuesto, se le pueden añadir variantes.

Pero la pregunta inicial sigue sin ser contestada. El proceso judicial contra Escobar Gaviria lo demuestra otra vez. Una madre en soledad pidiendo a los cuatro vientos que quiere justicia, apenas acompañada por un puñado de personas.

Más allá del grito en el desierto que representa cada denuncia, hay algo que la mayoría no ve venir. En el mientras tanto se encuentra el proceso que experimentan muchos de los afectados.  Aunque lo cierto es que se trata de una institución medieval que logra imponer su voluntad en la mayoría de las ocasiones, lo que no se percibe, y menos aún  lo hace la jerarquía católica, es la organización de quienes padecieron los abusos. En un claro salto cualitativo, las víctimas ya no se reconocen como tales. No. Son sobrevivientes. Su nueva identidad no sólo refleja el calvario que debieron atravesar, sin olvidarse de aquellos que prefirieron terminar con su vida antes de continuar con el tormento, sino también el momento en que decidieron unirse para luchar en reclamo de justicia.

Es una lucha que los sobrevivientes están dando en soledad. Sin embargo, cual faro, cada uno de ellos manifiesta un deseo muy íntimo: cuidar a los chicos que corren, hoy, el mismo peligro.

 

 

(*) Periodista. Autor del documental “No abusarás”, que muestra las más emblemáticas causas de corrupción de menores en la Iglesia Católica.