Es horrible.  Es horrible que una chica de 21 años desaparezca por una semana y la encuentren  muerta en un pastizal de Gualeguay. Que la haya estrangulado un tipo que había violado a dos mujeres antes y que posiblemente hubiese violado y matado a otra llegado a término su condena.

Pero Sebastián Wagner salió antes por decisión del juez Carlos Rossi y asesinó a una chica de 21 años de la que hoy sabemos casi todo. Como si conocer la historia de Micaela, sus opiniones, sus posiciones, sus miradas, sus notas en el profesorado, su afición por los Redondos, pudieron colaborar en dimensionar el sentido del horror. Pero no es así. No es cierto.

El horror está dado por su desaparición, primero, y su muerte, después. Es esa la tragedia. Aún sin saber si era o no una estudiante estupenda, su filiación política, su gen solidario, su talento deportivo.  El espanto precede el perfil de una chica de 21 años que está naciendo a un universo de equivocaciones y lista para cambiar de certezas, de amor, de pueblo, de fe, de sexo.

¿Es importante qué pensaba ella? ¿Es importante lo que pienso yo?

Es importante lo que siento, porque es ahí donde configuro mi relación con los demás. Y lo que sentía esa gurisa fue arrasado por el sufrimiento, infringido por un tipo que debía estar preso y en caso de cumplir su condena completa, en año y medio, hubiese tenido otra víctima, con otro nombre, otro perfil y otro modo de sentir y actuar.

Desde el sábado esta porción del mundo es más cruel y espantosa.  Tenemos el horrible privilegio de ser una provincia que genera las noticias más macabras en cuanto a asesinato de mujeres. Somos, de vez en vez, noticia nacional, y más allá también, a través del nombre de una chica que no aparece y si aparece, aparece muerta.

No hay consuelo. Hay acción o no hay nada.

La concentración del sábado, espontánea, dolorosa, de profunda consternación, entre la lluvia fría y el cielo rojo, es el único modo, por ahora, de oponer humanidad a la barbarie. Y es, por suerte, un modo femenino, en crecimiento, persistente y amoroso. Solo se puede creer en eso, porque son ellas las que saben la dimensión de la tragedia más que nadie y a ellas hay que seguir para encontrar el camino de un lugar un poco menos tenebroso.

Entre Ríos es hoy esa oscuridad llena de sombras acechantes que te encierran y te tapan la boca cuando querés gritar, como en las pesadillas. Pero también son ellas diciendo basta, denunciando a los tres poderes del Estado y reclamando un cambio profundo, como las palabras desgarradas del sábado, como cada uno de esos abrazos que se oponen al terror.

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.