Diario de viaje a Bolivia

Por Fernando Belottini
Ilustración :Gabriel Terenzio. INSTAGRAN

Entre el 14 y el 30 de diciembre de 2013, hicimos un viaje de Concordia a Bolivia en auto. Éramos dos, habíamos pensado en escribir este diario a cuatro manos, pero solo uno de nosotros, durante el viaje, se animó.

Sábado 14: La noche anterior pactamos salir temprano, entonces, a las once de la mañana de ese sábado nos pusimos en marcha. Contrariando a Google, que indicaba que el mejor camino era por la ruta 18 para luego tomar la 34 por Santa Fe e ir hacia el norte, decidimos ir por Corrientes y Chaco. Google ignora que ese camino es más corto. Solo le podemos dar la derecha si cuando habla de mejor camino, se refiere a su estado. Entre la Autovía 14 y Mercedes, la ruta deja mucho que desear. Lo mismo sucede después, en algunos tramos de la 16. Por las dudas, en Mercedes, hicimos una pasada por el santuario del gauchito Gil y Fernando recordó una anécdota que supo oírle a Orlando Van Bredam.

Ya en Chaco, paramos a almorzar en una estación de servicio sobre la 16. Se trataba de un amplio comedor que vendía comida por kilo, el calor era insoportable.

Después de ocho horas de viaje, cuando llegamos a Presidencia Roque Sáenz Peña, creímos que era mejor descansar: buscamos un hotel en el GPS y fuimos al que nos mostraba cuatro estrellas. Nunca hubiéramos pensado que el edificio enorme al que nos llevó el aparatito era nuestro hotel. Entonces hicimos un mini citi tour hasta que descubrimos que sí, ese edificio fantástico era nuestro hotel, el Atrium Gualok, que pertenece a una cadena internacional y detrás tiene un Casino.

Nos duchamos y salimos a cenar. La ciudad era una especie de Concordia, se notaba su aire mercantil, a tal punto que en pleno centro vimos una casa que vendía y exponía maquinaria agrícola. Hicimos unas compras menores en una Farmacia y buscamos una pizzería, donde una moza nos sorprendió tomando el pedido con una tablet. Las pizzas estaban buenas y mucho mejor la cerveza negra helada. El saber que había un Casino comunicado con el hotel nos tentó a probar suerte. Jugadores empedernidos no arriesgábamos más que diez pesos por jugada. Mientras Laura invirtió veinte y ganó veinte, Fernando perdió sin atenuantes. La gente que jugaba a nuestro lado tenía un humor de perros, salvo un chico al que en la pantalla se veía que había ganado unos tres mil cuatrocientos pesos, pero nunca sabremos cuánto había invertido. El resto de las caras, es decir aquellas que estaban más allá, tampoco tenían expresiones felices. Concluimos que un Casino, más aún cuando uno pierde, es un lugar deprimente.

Domingo 15: Retomamos la ruta 16, nos quedaban unos cuatrocientos kilómetros para empalmar con la 9 y subir hasta la frontera. Lo mejor de ese tramo fueron las nubes de mariposas –la belleza en exceso puede ser insoportable-, los cuatro jóvenes mormones que, vestidos con mameluco de jean como cerditos de cuento, miraban el cartel que marcaba la distancia a Salta. Lo peor, el estado de la ruta. Esa ruta, tan recta y cansadora, fue las que nos mostró las primeras montañas. Empezamos a subir y al atardecer llegamos a Tilcara y, después de dos días, decidimos no escuchar más jazz en todo el viaje. Como no había comenzado la temporada, la ciudad estaba desierta, se oía cumbia adolescente y vimos varios borrachos vagando. Buscamos hotel, vimos solo dos y nos alojamos en una cabaña (Alas del Alma). Enfrente teníamos un restaurante que, curiosamente, como una Droopy norteña, atendía la misma chica (Mónica) que nos había alojado y fue quien dijo que una porción de locro alcanzaría para dos.

Lunes 16: Antes de seguir viaje fuimos a conocer el cementerio de Tilcara. Laura recordó que León Gieco lo menciona en “Somos los Salieris de Charly”, aún hoy nos preguntamos qué tendría de particular para que León lo mencionara (salvo el sol), porque más allá de algunos detalles como las coronas de flores sobre las cruces o alguna tumba original como esa con forma de barquito de papel, donde seguramente yace un “angelito”, no vimos diferencias esenciales con nuestros cementerios, es decir, un ritual caduco que muestra las mismas diferencias sociales entre los vivos. Quizás lo llamativo sea que está en medio del poblado, como si la muerte fuera otro vecino.

Nuestro próximo destino era La Quiaca, donde se cruza a Bolivia por Villazón. El viaje en sí es precioso por el colorido, las formaciones de cerros y valles, los cactus, las llamas y las vicuñas. A una hora de llegar a la frontera nos detuvo un corte de ruta. Como dijo la elegante señora de pelo blanco y tono norteño:

-Por una cosa u otra, estos siempre cortan.

Tratamos de sortear la larga fila de camiones y nos estacionamos cerca del corte, en realidad dos: uno que impedía el paso por un camino lateral y otro en la ruta. Los que cortaban pedían por dos comisionados más para su población, sin saber de qué se trataba nos parecía justo porque los cortadores eran muy amables y nos regalaron hojas de coca además de dejarnos pasar a la media hora de estar ahí.

Llegamos a La Quiaca en medio de una lluvia torrencial, buscábamos cambiar pesos argentinos al tipo de cambio oficial, así que nos dirigimos al Banco Nación, pero en Argentina no tienen pesos bolivianos, hay que cruzar, dicen, para que te peguen en la nuca con el cambio.

Así que cargamos combustible, mejor que llenes el tanque, en Bolivia la nafta es muy cara, dijo el de la estación de servicios. Hicimos unas cuadras y llegamos a la frontera. Por suerte eran más los que venían que los que partíamos, en general mujeres cargadas con productos para vender en Argentina, así que pensamos que el trámite, de solo cuatro ventanillas, sería muy sencillo. Pasamos la primera, nos dijeron que cruzáramos enfrente pero no, era al lado. En la ventanilla 2 vieron nuestro vehículo y notaron que faltaba grabar en los cristales de la patente. ¿Y ahora? Vayan a la Policía. Después de varias inexactitudes de nuestro GPS y la misma cantidad de preguntas y respuestas, llegamos a la Jefatura. Un oficial hizo un llamado telefónico y nos mandó a una dirección. Esta vez nuestro GPS no falló y fuimos a la casa de un señor Tolbar, a las afueras de La Quiaca. El trámite de grabado no duró demasiado. Tolbar hizo unos moldes con los datos de nuestra patente y luego con el dedo le pasó un ácido que en cinco minutos y por ochenta pesos los grabó cada uno de los cristales.

Pasamos la ventanilla 3 y la 4 (esta con alguna dificultad, por el seguro) e ingresamos a tierra boliviana. Como pensamos, todo está programado para que en la calle principal hubiera casas de cambio y te roben con el “paralelo”.

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A poco de andar, de tener que hacer algunos desvíos, tomamos la ruta hacia Potosí y enseguida nos detuvo un peaje (o una tranca, como dijo el policía que también recomendó que alquiláramos hoteles con garaje y que no nos detuviéramos porque hasta Potosí no había ningún otro control policial).

El paisaje boliviano de esas montañas se diferencia del argentino por su falta de colores. Padece, hasta cerca de Tupiza, de una monocromía que si bien no disgusta, aburre un poco. Cerca de Tupiza hay una formación de dos peñascos colorados que se destacan y se los atraviesa por un túnel. En esa ciudad, a las cuatro de la tarde, almorzamos en un bodegón el único plato que quedaba: bife con arroz, ensalada y huevo frito. El bodegón tuvo dos notas de color, un afiche de Boca Juniors y el rico jugo que nos sirvieron de vaya a saber qué fruta.

Quisimos encontrar después agua caliente para tomar mates en lo que nos quedaba del camino hacia Potosí, pero nos fue imposible. En todos los negocios había alguna dificultad. Recién a la salida vimos una señora en la puerta de un Hostal, nos detuvimos y ella, que había vivido en Argentina, tuvo la deferencia de calentarnos agua gratis. A ella le preguntamos si llegaríamos con luz del día a Potosí y con toda seguridad nos confirmó que sí, que nuestro viaje no tardaría más de dos horas. Sin embargo, lluvia mediante, el trayecto nos llevó cuatro horas y llegamos a Potosí de noche, con el GPS apunado, desconociendo la ciudad y tratando de dirigirnos al centro.

El centro de Potosí era un verdadero caos, a la lluvia se le sumaban calles extremadamente angostas, de un solo carril, con veredas de unos treinta centímetros, abarrotadas de vehículos, no se podía estacionar en ninguna parte. En un gesto heroico, Laura, sin paraguas ni piloto, se bajó del auto y fue preguntando en algunos hospedajes. La temperatura era de unos 7° C. Después de meternos contramano, de estar a veces unos veinte minutos esperando que se moviera el tráfico, de tener que retroceder una cuadra en una pendiente, con lo cual nuestro auto sufrió algún desperfecto (algo -no sabíamos qué- se había recalentado), lo dejamos en un estacionamiento callejero y nos alojamos en una hostería llamada La Casona.

La primera habitación que nos dieron mostraba una pequeña laguna producto de una gotera, por lo que nos condujeron a otra también con baño privado, pero que tenía cinco camas individuales.

Salimos a cenar, comimos pizza a la leña, estaban buenas, pero lo gracioso fue ver el programa de tv que también miraba una niña en el canal Infinito: “Las mil formas de morir”, no se lo pierdan si les gusta lo bizarro. Como ejemplo: un flaco muere luego de ingerir unos hongos alucinógenos y meterse en una orgía de peludos fornicadores. Los peludos fornicadores eran personas disfrazados de animales que hacían el amor entre dos o tres. El flaco supone que un oso verdadero participa de la fiesta y el oso termina comiéndoselo. Traten de no hacer esto en sus casas, ni dejen que sus hijos miren esos programas.

14691115_10210797733558067_6487169190062540046_nFernando Belottini (1962) vive en Concordia, Entre Ríos, editó: “Astucias que por sutiles se aniquilan a sí mismas” (Relatos), “Textos sin destino” (Cuentos), “El trigal maduro” (Cuentos) y “Una imaginación que no alcanza y otros textos teatrales” (Dramaturgia). Co-administra el sitio literario “Autores de Concordia” (www.autoresdeconcordia.com.ar). Su página: www.fernandobelottini.com.ar