Una noche, dos mujeres caminan cerca de Casa de Gobierno, y se encuentran a otra mujer. Esa mujer pide ayuda, un lugar al cual ir: no tiene nada, a nadie. Lo primero que hacen esas dos mujeres es acudir a dos policías, y lo que sigue es una odisea por dos organismos que se encargan de dar refugios a las mujeres, pero que a veces no. Así lo cuentan la periodista Majo Viglione y la dirigente de la Asamblea de Mujeres Jorgelina Londero.

 

 

Uno


El Estado está todo roto. Una mujer, paciente psiquiátrica, deambula a una cuadra de la Casa de Gobierno. Nos pide ayuda a las 2 AM. La desesperación nos lleva a parar a dos yutas motorizados. Frenan. Buena onda. Conocen a la mujer, le preguntan por su hijo, por su pie. Nos sugieren ir a un “refugio de mujeres”, pegado a la Federal (es municipal). Vamos con ella, la cana nos espera ahí. Nos atiende una empleada que dice que si no hay denuncia por violencia de género y bla bla la tipa no se puede quedar. El yuta me dice despacito, “qué burocracia”! Nos subimos a un patrullero (danger) y nos vamos al Londra, otro refugio (de la Provincia). Las empleadas abrazan a Luz, la mujer en cuestión. La conocían, sabían de su historia y de sus heridas, pero el protocolo estatal levantaba el dedito y decía que ahí tampoco se podía quedar a dormir, ni a apagar sus dolores. El celular de mi amiga Jorgelina Londero ardía. Habló varios minutos con la responsable del lugar y la logró convencer. Luz podía pasar la noche ahí. En un rato, a primera hora, la van a ir a buscar otras mujeres. Unas de esas que hacen lo que el Estado no. Las que contienen y abrazan. Y resuelven lo que el Estado no puede/quiere resolver porque es un monstruo grande y torpe que no articula ni se mueve. Ni salva. Ni nada.

PD: reconocimiento a los 4 yutas que nos llevaron, nos trajeron. Hicieron lo que tenían que hacer, pero a veces suena tan raro que da para meterlo de posdata.

 

Majo Viglione

 

 

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Dos


La noche que me subí sin coacción y por convicción feminista a un patrullero de la policía

Majo Viglione y yo volvíamos caminando por calle Laprida cerca de las 2 am y una mujer nos pregunta por un hotel. Bastaron pocos minutos para saber que ella estaba en la calle, sola, echada por su madre de la casa familiar, con poca plata, con padecimiento de salud mental, con un hijo de un año en el Copnaf y sin posibilidad de poder explicar mucho más.
Entre comunicarme con las compañeras en el wasap y googlear las posibilidades de asistir a la mujer, pagarle el alojamiento o lo que fuera, veo venir por Córdoba dos canas motorizados, les hago señas y paran. Resultó que conocían a la mujer por episodios anteriores y ofrecieron comunicarse con el oficial sumariante para llevarla a un hogar.
Nosotras tres fuimos caminando al refugio en Alameda pasando Santa Fe y la yuta nos esperó. Las empleadas se negaron a darle asilo, argumentando que la conocían y que no podían hacer nada sin la denuncia o la aprobación de la dirección.
La cana se ofreció a llevarnos al “Inés Londra”, y si, las tres subimos al patrullero.
Largo rato conversé telefónicamente con la responsable del hogar para que la acepte y palabras más palabras menos me dijo lo que decimos todas: no vamos a dejar a ninguna mujer desprotegida, pero el Estado nos condiciona y no favorece la articulación y el ejercicio de derechos. Los refugios sólo aceptan a mujeres que hayan hecho la denuncia o estén en peligro inmediato.
Tendríamos que discutir que significa peligro para una mujer en situación de calle. Entre las muchas cosas que tenemos que discutirle al Estado.
Por esta noche Luz estará bien, estará acompañada en el refugio. Y la abrazamos al despedirnos. También abrazamos a las compañeras que la recibieron en medio de la noche.

 

 

Jorgelina Londero