En algún momento lo pensé: cuando viva en mi casa, no quiero tener unos cajones donde se puede encontrar un montón de cosas que no sirven para nada, cosas que sobran pero no se tiran, mezcladas con cosas que se necesitan pero están rotas, vencidas o incompletas. En realidad no sé si lo pensé o lo pienso ahora cuando abro, en mi casa, dos cajones con cosas que no sirven para nada o se necesitan pero están rotas, vencidas o incompletas.

Ya había una tendencia entre mis juguetes al desguace, como si tuviera alma de desarmadero. Guardaba demasiados objetos que ya no servían para lo que habían nacido sino para otra cosa, como montañas, toscazo o sombrero romano. La pelota de básquet pinchada pasaba a ser de fútbol de inmediato y la pelota de tenis carcomida se podía hacer de manito si uno se afanaba en arrancarle la piel verde de peluche.

Mi casa era un polideportivo: podía jugar básquet en unas escaleras de hierro o contra las persianas plegadas de madera; paddle con un hilo grueso de lana atravesando el patio a media altura y vóley con el mismo hilo un poco más alto, atado a la tortuga de la pared y un palo de escoba. Fútbol un poco más al fondo, también algo de arquería y, en algún momento, mucho boxeo: culpa de Rocky III y Rocky IV.

No sé si hay modo de recuperar el regocijo del cuerpo cansado o en proceso de cansancio: por qué resultaba tan placentero, por qué podías seguir sin parar, por qué todo te parecía poco.

El asunto de los cajones es otro tema.

Hay en el relato de la vida propia un montón de sensaciones que no se pueden describir. Pasan por el cuerpo. Para hacerla más fácil uno refiere a olores y sabores porque son parte de los sentidos que usamos menos en la evocación de la memoria próxima y entonces resulta más sencillo desplazarlos a la función de pesquisa del pasado. A veces entro en una casa de fotografías –una nomás, no cualquiera- y siento el olor del verano. Hace rato que no voy igual.

Pero es más hondo y también más difuso. El relato de la infancia, el que me cuento, tiene como mucho de mis padres, sus definiciones, sus modos, su colonia grandal, su humo de Lemans, sus cremas, sus distracciones, sus libros, sus revistas, sus anteojos, las cosas que habían elegido para la casa y para nosotros. La solidez absoluta de la presencia de cualquiera de los dos. Ahí está la casa, adentro de ellos, entre ellos. Adentro mío.  Ahí, también están los cajones con cosas absurdas que no funcionan, que están falladas, que están rotas o que no sirven para nada, porque la goma de la plasticola está dura o porque al martillo se le perdió el mango.

Yo en mi casa tengo dos cajones para guardar cosas que no sé dónde irían en una organización más inteligente, eso lo mantuve. Ahora, en verdad, me gustaría saber a ciencia cierta si la construcción que hacemos para ellos dos, para nuestros hijos, se ve así, tan casa y tan fuerte.

O será que no es eso lo importante. Ellos sabrán qué hacer, confío, con el amor y todo lo demás que se nos va cayendo en el camino.

 

Julián Stoppello de la redacción de Entre Ríos Ahora