Ya nadie podría advertir qué dicen o a qué intención responden esos trozos de madera a un lado y al otro, como señalando un sendero que atraviesa la zona alta de la Costanera, a espaldas de la Venus –calle de por medio- y en dirección al famoso Puente de los Suspiros.

Es un paseo de unos 30 metros que tuvo nombre.

Las maderas siguen ahí, de todos modos, sostenidas por unas columnas verdes, con manchas y nombres, ya en parte arrancadas y con una luminaria descabezada que corona la escena.

Nadie puede saber de qué se trata. Y está enclavado el paseo, ya sin sentido, en un lugar sombreado del Parque Urquiza, que balconea espléndido hacia el río, franqueado del otro lado por una quebrada que habrá sido, alguna vez, cauce de un curso de agua. Pero ya no.

El 16 de marzo de 2007, por iniciativa de grupos literarios locales y con la gestión del entonces Secretario de Cultura de la Municipalidad de Paraná, Gerardo Dayub, se creó El camino de los poetas. Se instalaron luminarias, tres bancos y unas siete maderas recortadas y sostenidas en columnas, al modo de banderas rígidas, detenidas.

Cinco de esas maderas fueron talladas y pintadas, en sus dos caras, con obras, o fragmentos de obras, de poetas entrerrianos como Alfredo Veiravé, Marcelino Román, Guillermo Saraví, Juanele Ortiz, Osvaldo Dragún, Gloria Montoya y Polo Martínez.

El impulso de homenajear a los referentes centrales de la poética provincial imperecedera y a su vez sorprender a los paseantes en ese espacio frondoso, entre la generosidad del paisaje, la sombra y la poesía, se quedó sin energía casi de inmediato. Se fue deteriorando según el curso natural y la ayuda de los que pasan y quieren sellar su nombre en cualquier parte, sin haber interpretado la naturaleza de la propuesta, ni el sentido del espacio común.

A solo tres años de su inauguración, El Camino de los Poetas lucía en ruinas. Apenas si se podía visualizar algún fragmento de las poesías o algo de la invitación a recorrerlo que entonces dejaba leer el poeta alumbra el sendero/ carga una verdad como antorcha.

A poco de cumplir once años desde su comienzo, ya no queda más que un bosquejo de aquella intención que propuso la sede local de SADE y Terruño de Letras. Un bosquejo que no se entiende. Hay maderas rotas y sucias que indican un sendero de nada, hacia otro espacio olvidado: la pista de tango Pocho Fontelles, inaugurada en 2006.

 

 

 

 

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.