Es la hora de la siesta y la cola llega hasta el cordón de calle Carbó al 900. La gente espera porque busca solucionar temas relacionados a las tarjetas de colectivo, y ése es el único lugar habilitado para el trámite.

La fila empieza en la vereda, viborea, y sigue por una salita de ingreso sin sillas, después por un patio chico y húmedo, continúa por otra especie de galería estrecha hasta la sala donde atienden sólo dos empleados.

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El edificio queda chico para semejante demanda y el ritmo de atención, también. Hay padres con sus hijos que llegan a tramitar las tarjetas para estudiantes y otros muchos a renovar los plásticos pertenecientes a jubilados y obreros, que las lectoras instaladas en los colectivos dan como “expirados” aunque –en casos- no haya llegado la fecha de vencimiento consignada en la tarjeta.

Hay un grupo de chicas con el mate en ronda y apuntes de estudio. En otro costado, dos adolescentes se arreglan el pelo, sacan la lengua y posan para las selfies y una mujer ya no sabe con qué brazo sostener a upa a un nene somnoliento. El resto está aburrido, cambiando de una a otra pierna de apoyo para aguantar el plantón, pugnando por ganar algunas de las pocas sillas disponibles para los pasajeros. Casi nadie lo logra.

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La espera promedio demanda una hora: la atención va por el número 150 y hay gente que tiene el 210. Es decir que, a juzgar por los turnos, bastante más de medio centenar de personas está ahí. Y el número resulta incierto porque hay grupos, familias enteras, con un solo número.

Los trámites, en general, son rápidos. La rehabilitación de las tarjetas vencidas es de menos de un minuto. El problema es que hay que esperar una hora para semejante trámite efímero, que no da tiempo ni para dejar caer el cuerpo en la silla, frente al empleado. “Ya está”, dice sonriente desde detrás del escritorio la chica que atiende y a otra cosa. “¿Pero hay que esperar tanto para un trámite de pocos segundos?”, alcanza a reprochar una señora añosa.

Por momentos el silencio se rompe con el comentario algo subido de tono de una docente que se pregunta por los envíos millonarios en concepto de subsidio nacionales a las empresas de colectivos (Ersa Urbano y Mariano Moreno) y la calidad de la atención.

En paredes y vidrios de ventanas, la empresa que instrumenta los plásticos desde diciembre de 2013, Tarjebus, avisa que quienes hayan perdido o dañado la tarjeta deberán abonar 50 pesos para tener una nueva.

“Todo te cobran. Te hacen esperar acá y en las paradas. Somos clientes cautivos”, se queja la maestra, reclamo que consigue la aprobación de las otras personas que permanecen paradas en la antesala del lugar de atención.

Por mes, las empresas de colectivo venden unos 2 millones de pasajes, según datos dados por las propias prestadoras. También por mes, las dos percibieron durante 2015, más de 164 millones de pesos, y las dos vienen siendo blanco del rezongo permanente de usuarios por -principalmente- las esperas largas. También, este trámite hay que esperar.

 

 

Marta Marozzini
De la Redacción de Entre Ríos Ahora.