A veces me he imaginado, con cierta dificultad, el día en que no esté más Charly García. Trato de pensarlo, pero no me sale. Es como sucedió con mis ídolos deportivos de muy chico, el día que murió el más grande de ellos, lo que yo había considerado mi vida hasta ese momento, me parecía, repentinamente, un poco falso. Casi una mentira. Con Charly García sería peor, multitudinario y transgeneracional el efecto. Pero a mí eso no me importa, sino que no puedo imaginarme que la persona que creó el universo que respiramos y aguantamos en el pecho para afrontar el mundo, pueda, finalmente, no estar. El día en que Charly se muera, se desfonda la historia: una parte se va a la mierda.

Las balas pican cerca, decía mi viejo, cuando leía el obituario del diario y se encontraba el nombre de un conocido y una edad más o menos parecida a la suya, en un rango de diez para arriba y veinte para abajo. Caemos como moscas, dice mi madre, más o menos una vez a la semana, después de contarme las necrológicas que fue reuniendo en las conversaciones de los días sin vernos. Lo que más retiene en su experiencia de encuentros con otros, son noticias de una muerte y ya no importa qué tan cerca o lejos esté de su afecto el difunto, el tema es que “caemos como moscas”.

Puede caer un montón de gente importante. Puede morirse Maradona, pero Charly García, que también se va a morir, va a provocar un colapso nervioso, un desastre espiritual, una soledad infinita. Porque Charly García se encargó de sentir, pensar y contar, todo lo que podías sentir durante 30 o 40 años. Y lo hizo con una canción detrás de la otra, profundamente lúcido, equivocado y en ruinas. Lo hizo todo y en presencia. Una presencia escandalosa y frágil. Depresivo, adicto e infernal.

Antes no lo podía advertir, pero después sucede, tarde o temprano. Las ausencias van desgarrando, a veces con tirones crueles, el lienzo que uno tranquilamente ha considerado su vida. Te arrancan de allá, pedazos de la infancia con un edificio, se desvanece un trozo de cielo, se borra un vecino, se tumba un árbol.
Te sacan partes. Antes de eso todavía, por el tamiz defectuoso de la memoria, ya se fueron la mayoría de las cosas.

Afortunadamente uno va habitando otros espacios y configurando otras vidas. No hay una sola, es mentira, pero eso no quita que duela el modo en que se van borrando pedazos del único mundo que uno puede habitar: el propio.

Y ese mundo está hecho de cosas muy reales y de presencias intangibles. De historias, de músicas, de figuras, de formas. Ahí también pasa la pluma de acero y corta de un viandazo seco y definitivo. Las personas que organizaron alguno de los modos en que miraste el mundo, también se van un día y algo se hace pequeño y se vacía.

Hoy cumple 65. Es un hombre grande. No importa que ya no haga canciones nuevas. O que las haga y me gusten más o menos. El día que Charly García no esté, se desfonda la historia y pierde sentido. Ya se que las canciones quedan. A los que alguna vez vieron cantar a Gardel, les debe haber pasado algo parecido.

Hoy cumple 65. Es así. Ciertas novedades del almanaque, como las que angustian a mamá, te abisman a la barranca más precipitada y el corazón se te viene a la boca. Pero podés abrir los ojos, sentir la tierra, rasparla con los dedos de los pies.
Acá estoy, bueno, siento todo esto. Vendrá, despacio, vendrá algún día. Vendrá.

Julián Stoppello
De la Redacción de Entre Ríos Ahora