Por Maximiliano Hilarza (*)

 

(Maximiliano Hilarza, uno de los tres denunciantes del cura Justo José Ilarraz por los abusos en el Seminario, estuvo hoy, junto a Fabián Schunk, otro sobreviviente, en la sala de audiencias de Tribunales para escuchar los alegatos de los fiscales Juan Francisco Ramírez Montrull y Álvaro Piérola. Los dos quedaron cruzados por el dolor, la angustia y la tristeza. En el siguiente texto, primero habla de los “tres chiflados”, en alusión a los obispos Estanislao Karlic, Mario Maulión y Juan Alberto Puiggari, y su encubrimiento. Después, de los abusos)

 

Estos tres chiflados abusaron de nosotros como encubridores. Nos trataron de mentirosos. Lo hicieron junto con los curas, que no aportaron nada en la causa, que perdieron la memoria.

Los alegatos fueron muy duros de soportar, sobre todo cuando ves cómo esta gente encubrió y mintió por escrito en su declaraciones. Escuchar que se echan las culpas entre ellos para ver quién la tiene más grande.

Abusaron del poder que les dio la Iglesia por ambiciones propias.

Dijeron que teníamos 18 años cuando se denunció en el año 1995, que estábamos en edad de denunciar los abusos nosotros mismos, sin darnos ningún tipo de apoyo emocional ni psicológico, y menos de investigar los hechos como corresponde.

Maximiliano Hilarza, Fabián Schunk, Sergio Romero y Hernán Rausch, sobrevivientes de los abusos de Ilarraz.

 

Hoy escuché en los alegatos, con las pruebas en la mesa, cómo se protegió a un pederasta durante muchos años, y cómo sufrimos nosotros hasta este último día, llorando en el fondo de la sala, con el abusador enfrente nuestro, frío, sin inmutarse, ni un gesto en su cara, y yo revictimizándome una vez más, sufriendo, otro día más a lo largo del mes que duró el juicio a Ilarraz.

No sé para qué fui, no tendría que haber ido.

Ahora siento un bajón enorme, porque cuando más prueba hay, y cuando más escuchabas las atrocidades que hizo Ilarraz y el modo en que lo encubrieron, vuelvo a sentir que me siguen abusando.

No aguanté más la autotortura que me estaba haciendo y no continué escuchando los alegatos.

Estoy volviendo a Chile, dejando a una parte de mi familia. Voy camino a reencontrarme con otra parte de mi familia, después de un mes: a reencontrarme con mi mujer y con mi hija.

Fue muy duro dejarlas, pero tenía que hacer algo porque lo sentía así.

Luché contra eso y muchos fantasmas más que hoy me acompañan en mi viaje, pero sé que no estoy solo como cuando llegué.

Vuelvo muy agradecido a los muchachos a la Red de Sobrevivientes, a mi familia en Paraná, y a los exseminaristas, por su apoyo y mientras escribo lloro por todas las csas hermosas que me pasaron y lo malo que puedo dejar atrás hoy.

Dejo atrás un mes duro. Un día duro. Lloré casi todo el tiempo durante la audiencia. Lo más duro fue escuchar cuando contaban los hechos, cuando contaban los abusos. Pero al final valió la pena. Es todo por lo que luchamos

 

(*) Sobreviviente de los abusos del cura Justo José Ilarraz. Uno de los siete denunciantes en la causa penal.