Julián Stoppello

 

Todos dicen lo mismo: yo no quiero que cometas los mismos errores que cometió tu padre o, traducido en criollo, no quiero que te mandes las mismas cagadas que yo. Tal vez te escribo por esa razón o quizás nada más porque estoy apurado por contarte algunas cosas.
Vos sabés, o en realidad no sabés pero te cuento, que la casa de mis viejos quedaba en calle Perón y yo de chico fui al club Echagüe, ahí jugaba al básquet y tenía mi grupo de amigos. Los sábados, todos los sábados, íbamos a comer a la casa de mi abuelo en calle Aguado, a dos cuadras del Club Paraná.
El nono Osvaldo nunca estaba cuando llegábamos al mediodía y a mi viejo no le caía nada simpática su ausencia, más bien le rompía soberanamente las pelotas porque sabía que el abuelo estaba en el club, más precisamente en la cantina. Antes que preguntes, te aclaro: el abuelo no tenía debilidad por el alcohol; es decir, no le daba al chupi, porque hoy en día por ahí no se entiende que alguien pase horas y horas en la cantina de un club, pero en aquel tiempo era así. Ese era un lugar de reunión, más cómodo que el living de cualquier casa.
“Olga andá a buscar a tu marido y avisale que tiene hijo y un nieto”, se quejaba mi viejo antes de sentarse a la mesa. Entonces la nona Olga amagaba con quitarse el delantal y mi viejo decía: “dejá que lo busco yo”.
Al rato caían los dos y se notaba que de camino se habían estado diciendo algunas cosas porque durante el almuerzo casi ni se hablaban.
A pesar del disgusto, el abuelo no perdía el humor y conversaba con ganas: se charlaba todo el nono y me contaba cuentos que para mí eran ciertos, mientras mi viejo hacía gestos de reprobación o directamente decía “papá dejá de contarle bolazos al chico”. Yo le creía todo al abuelo.
Cuando mi viejo metía la cuchara, el nono levantaba la vista y lo fulminaba con sus ojos celestes. Para mí los ojos del abuelo eran poderosos, porque ni bien lo enfocaba, papá se ponía colorado y agachaba la cabeza como un chico avergonzado por la macana que se mandó.
Después cruzaban algunas palabras, se les pasaba el enojo, al menos hasta que por algún atajo se iban metiendo en temas políticos. El nono era peronista hasta los huesos “pero de Perón” decía, y mi viejo estaba con eso de los tiempos que corren y las patillas que crecen. Ahí se enroscaban otra vez.
Ni bien salíamos de la casa del nono, mi viejo empezaba la misma perorata. Que el abuelo no aprendía más, que en vez de laburar para su familia se la pasó haciendo cosas gratis –ahí repetía esa palabra y la deletreaba para que se entienda-, que por eso nunca tuvo plata para cambiar el auto, que la nona se hubiese merecido otra cosa. Yo miraba por la ventanilla nomás y me hacía el que no escuchaba. Mi vieja hacía exactamente lo mismo, hasta que en un momento, creo que siempre en la esquina de Echagüe y Cura Alvarez, o al menos así lo recuerdo yo, decía: “No sé de qué te quejás, tu viejo es feliz así, tu mamá también y a vos nunca te faltó nada”.
Papá no le contestaba y entre dientes repetía “peronista de Perón, dejate de joder con los peronistas de Perón”.
El almuerzo de los sábados era como ir al cine a ver siempre la misma película, yo me sabía hasta los diálogos, lo único que cambiaba eran las historias del abuelo y el postre, porque la abuela siempre hacía algo diferente de postre.
Otra de las protestas de mi viejo era justamente el día de la película repetida. “Todas las familias se reúnen los domingos, pero nosotros no podemos porque el señor (ese era mi abuelo) los domingos tiene todo su ritual del fútbol y se pone nervioso, mirá si será enfermo”, decía.
El abuelo no era ningún enfermo, te aseguro, tuvo siempre una salud de hierro, por eso le costó tanto asimilar su problemita en el corazón.
Ya que no lo vas a conocer, te hago un dibujo de él con mis palabras, aunque nunca fui muy bueno dibujando. Te dije de sus ojos celestes ¿no?, dos piedritas brillantes en el fondo de un lago pardo. Ojos chicos tenía el abuelo, escondidos en una cara filosa, de rasgos duros y piel trigueña.
Esa mezcla medio rara te hacía sentir que te miraba de lejos, desde un lugar remoto, cuando en realidad estaba ahí nomás. Sin embargo, cuando lo veías llegar, sus ojos lo anunciaban, lo precedían, te juro que crecían a la distancia.
Era flaco y largo el abuelo, usaba un bastón de madera y calculo que habrá tenido el cabello blanco y ralo como mi viejo ahora, pero de eso no te puedo decir mucho porque muy pocas veces lo vi sin sus boinas.
Había trabajado no se cuánta parva de años en la fábrica de portland y el resto del tiempo, según se quejaba papá, se la había pasado en el club o en la cantina del club. En su vida pateó una pelota, pero adoraba el fútbol.
“Yo soy hincha y los hinchas no tienen que jugar a la pelota, porque el fútbol es engañoso y si uno lo juega y alguna vez de casualidad hace un gol, ya se cree que sabe y no hay peor cosa que un hincha que se piensa buen jugador”, decía.
Mi viejo nunca jugó a la pelota y jamás fue hincha de nadie. “Hincha pelotas es tu abuelo”, decía cuando yo le pedía permiso para ir a la cancha con el nono a gritar por Paraná.
La ceremonia era simple y la respetaba a rajatabla: después de comer los ravioles de la abuela, de tomar un café y fumar un cigarrillo (el único de la semana), encaraba rumbo a la puerta y justo cuando ponía la mano en el picaporte, con fingida naturalidad, como si fuera cierto, decía “me olvidé de darle de comer al Amadeo”. Hasta el gato sabía que el menú de ese día era especial, hígado con pollo, y lo miraba representar la escena con impaciencia.
Unos pasos antes de llegar a la esquina del club, se quitaba la boina un instante y hacía una reverencia disimulada. Después me enteré que ahí vivía Carachata Astrada, un delantero de Paraná que el abuelo admiraba especialmente. Cada movimiento era parte imprescindible de un ritual que repetía incluso bajo la lluvia. A mí me divertía ir descubriendo sus partes.
Yo no estuve con él en la cancha la tarde en que se descompuso, y cuando lo fui a ver me pareció que había envejecido diez años en dos días.
Después de aquel susto le prohibieron ir a la cancha, decían que la tensión, la hipertensión, el corazón y los vasos sanguíneos, no sé que cosa. En síntesis, que tenía que preservarse de emociones fuertes o podía sufrir otro infarto.
El abuelo insistía con que el fútbol no tenía nada que ver, que era cosa del destino y eso se probaba con la inapetencia del Amadeo ese día, el cambio de almuerzo porque la abuela no había podido cocinar los ravioles culpa de la gripe que la dejó en cama y otra serie de hechos casuales que habían roto su ceremonia.
A partir de entonces empezamos a ir a almorzar los domingos a calle Aguado, papá quería cerciorarse de que el abuelo cumpliese los consejos médicos. Igual, escuchaba los partidos por radio y yo lo acompañaba. El oía el relato con los párpados entornados, tal cual como relataba sus historias preferidas, quizá tratando de representarse la escena de la forma más fiel posible. Mi papá decía que se dormía.
Yo creo que los médicos se equivocaron con el corazón del abuelo y que él tenía razón cuando hablaba del destino, porque cuando murió la abuela Olga, inesperadamente una noche de otoño, no fue justamente el corazón lo que le falló al abuelo. Aún no puedo comprender cómo una persona puede perder en días, en horas, buena parte de su memoria, su vitalidad, su raciocinio.
Dijeron demencia senil, dijeron esas cosas. Yo creo que fue llana tristeza, desgarramiento y soledad. El abuelo fue a parar a casa, al cuidado de una persona que lo asistía, pero no lo conocía nada.
“Me voy”, decía el Nono a cada rato. “¿Adónde va a ir abuelo?”. “A la cancha, a ver a Paraná, adónde voy a ir”. “Pero si hoy es martes, abuelo”. Nos contestaba con una mirada desconfiada, no nos creía nada.
Yo intentaba hablar con él, pero siempre volvía al mismo tema. “1931, el año que me casé con Olga, ¿quién era el mejor de Paraná? ¡El Gato querido!, el Gato que formaba con Angel y Horacio Sosa, Alejandro D´Angelo, Darquier, Villagra, Dapit, Aldana, Bona, Mildemberg y Rosembrok… Pero me falta uno…., me falta uno”, decía el abuelo angustiado, mirando sus manos abiertas como un engaño y sus ojos celestes se tornaban acuosos y brillaban.
“No importa Nono, decime el otro, el que me gusta a mí”, insistía yo.
“No sé cuál le gusta a usted, pero le digo el del 75, el año que nació mi nieto, Paraná campeón imparable con José Velásquez, Roberto Ayala, Roberto Fálico, Eduardo y Héctor Ortega, Mauricio Escobar, Carlos del Castillo, Raúl Paredes, Mario Avellaneda, Victor La Paloma Quinteros y la Pulga Ríos”.
El Nono se fue debilitando, comía poco, dormía mal y apenas hablaba para avisar que se iba a la cancha.
“Qué cancha papá, no hay partido”.
Mi viejo la pasaba mal, sufría y se culpaba por las antiguas discusiones. Al mismo tiempo, no podía aceptar la enfermedad del abuelo, en el fondo sentía que el Nono se escondía, que estaba igual, lúcido, atrás de sus despistes y sus repeticiones.
Una tarde de verano, estábamos los tres tomando mate en la mesa y a la décima o décima segunda vez que el abuelo anunció su partida a la cancha, papá le dijo: “Bueno viejo, vamos a la cancha, vamos a ver a Paraná”.
Nunca le había visto esa sonrisa al Nono, una sonrisa de pibe, iluminada por lágrimas translúcidas que descendieron con lentitud tropezando con los pliegues de la piel cansada.
Desandamos las veinte cuadras en auto hasta el estadio en riguroso silencio y cuando pasamos por la casa de Carachata el abuelo se quitó la boina y disimuladamente hizo su reverencia.
Entramos al estadio. El abuelo observó las tribunas vacías, se quitó la boina y cerró los ojos como cuando escuchaba los partidos por radio o me contaba una de sus historias preferidas. Me acuerdo que el cielo estaba limpio, azulino y con los bordes anaranjados; atardecía y soplaba un viento fresco, te diría que de primavera.
Yo me adelanté unos pasos, le agarré la mano y él me la apretó con fuerza, como si estuviera viajando a gran velocidad y sintiera miedo. Igual se le escapaba una sonrisa rara de la boca.
Estuvimos así durante muchos minutos, no se cuántos, para mí un partido entero, un campeonato, cien años.
Fue cuando sentí los pasos de mi viejo que el abuelo me soltó repentinamente, se inclinó para tomar impulso y crispó las manos temblorosas. Papá terminaba de decir “vamos a casa” apoyando sus manos en los hombros del Nono, cuando soltó ese grito, un grito potente que le quebró la voz, que retumbó en el estadio, que todavía escucho en algunos lugares y sobre todo en la cancha cuando miro al cielo. El grito de gol de mi abuelo, el más poderoso alarido que oí en toda mi vida.
Después abrió los ojos, me abrazó y abrazó a mi viejo mientras seguía celebrando con el alma el gol de Paraná que nosotros no podíamos ver porque no sabíamos ver nada con los ojos cerrados.
Yo sé que recién tenés un mes, pero estoy tan apurado por contarte algunas cosas y no va que justo hoy el abuelo cumpliría cien años. No se cuándo te voy a dar esta carta, pero lo que yo te quiero decir es que a veces no hay que hacer caso o escuchar lo que la sangre manda. Yo tendría que haber acompañado al abuelo a todos los partidos de Paraná y tendría que haber jugado a la pelota en el club, porque lo llevo adentro, soy del Gato como el Nono, como seguramente vas a ser vos si tenés ganas.
Por eso hoy te traigo tu primera camiseta, no para hacerte jugador a los cinco años, sino hincha, hincha como fue el abuelo. Y te prometo que en un mes o dos te llevo a la cancha para escuchar el grito de gol que nos dejó el Nono Osvaldo encerrado en ese estadio vacío.