Falta un rato para las 8 de una mañana fresca de primavera y la Plaza Alberdi de Paraná, conocida como “Plaza del Bombero”, se ilumina con los primeros rayos de sol y se puebla, de a poco, con caminantes que se detienen en las paradas de colectivo,  otros que se cruzan y siguen con distintos rumbos.

Ajeno al trajín de lunes, en una esquina de la plaza, un hombre duerme en el suelo, sobre una especie de camastro improvisado a base a frazadas, rodeado y cobijado por sus perros. Y un punto de esa imagen se vuelve especialmente conmovedor: un perro oscuro descansa plácidamente, con su cabeza y patas apoyadas sobre el pecho de José Antonio, una de las personas que duerme en la calle en Paraná.

El “Gitano” o “Tano” es como llaman vecinos y conocidos que pasan por la vereda de la plaza, ubicada sobre calle Urquiza, al hombre de los perros. Así se lo conoce: como el hombre que vive en una de las plazas céntricas de la ciudad con media docena de perros rechonchos y dormilones.

Sobre esa vereda, de cara a calle Urquiza y bajo la sombra tupida, el “Gitano” pasa la mañana con sus perros alrededor. A la distancia, sobre un arbusto ubicado en la parte de césped de la plaza, se ve ropa tendida y las frazadas.

El “Gitano” está adormecido en otra mañana, más cálida que la anterior, sentado en un sillón individual situado al lado de un banco de la plaza.

José Vega, el “Gitano”, vive con sus seis perros en Plaza Alberdi.

Se ríe al despertar tras el saludo de la cronista y afirma que esta vez todavía no ha tomado el porrón, pero que cierra los ojos y se deja llevar por el día lindo, por la brisa reconfortante y la luminosidad cálida que se cuela entre el follaje de los árboles cuando se acerca el mediodía.

Le gusta que le hagan notas y recuerda la de un cronista de El Diario que hace poco publicó una. Le encantó esa nota, dice. Y reafirma lo que contó aquella vez: que pasó el invierno con sus heladas a la intemperie por no dejar a los perros. Tuvo posibilidades de cobijarse en un albergue municipal, pero decidió no irse sin sus compañeros.

Con la misma convicción está ahora. Duerme sobre una especie de desnivel del espacio verde, sin ningún reparo. Y ahí seguirá, afirma, hasta que no encuentre un lugar que le permita llevar a los perros. Dice que puede pagar hasta 3 mil pesos por mes en concepto de alquiler, que es cuidacoche y que no percibe ningún beneficio ni cobertura del Estado.

El “Gitano” se sonríe a cada momento, responde los saludos de quienes transitan por la vereda y se escabulle cuando las preguntas apuntan hacia la familia, hacia su pasado.

“Mi familia son los perros”, asevera terminante. “Con ellos hablo, la paso bien. Son mis compañeros, adonde voy yo, van ellos”, añade. Sus peros, dirá después, son sus guardianes cada vez que él se pasa de cerveza. “No dejan que me toque nadie”, se enorgullece.

Y los señala mientras los nombra: la “Loba”, la “Gorda” y el “Gordo Valor”. Los otros tres llevan nombres ligados al boxeo: “Ringo Bonavena”, “Rocky Balboa” (personaje de ficción interpretado por  Sylvester Stallone) y la “Tigresa Acuña”.

Hace unos meses vivió en una casa alquilada, en el barrio Anacleto Medina. Ahí tenía tres perros. Pero después tuvo que dejarla y quedó en la calle otra vez: porque dice que antes de habitar esa casa, ya había estado sin lugar dónde vivir.

En realidad, relata que su vida ha sido así, en soledad e inestable. A cuenta gota cuenta que es oriundo de Corrientes y que nació en el campo. Que cuando vino a Paraná, casi no sabía hablar, que era “muy atravesado” y que por eso lo apodaron el “Gitano”. Da a entender que tiene familia, pero no quiere saber nada de ella. “Mi única familia son ellos, los perros”, reitera.

En los días y noches de lluvia, el “Gitano” se traslada con la media docena de perros, las frazadas, el sillón y algunas pocas bolsas bajo un alero del negocio que está a unos metros de donde se ubica en la plaza, en la esquina de las calles Belgrano y Urquiza. En ese lugar, se acurrucan y sobrellevan las tormentas y los vendavales impiadosos. “Ellos (por los perros) la pasan bien, tapaditos, cómodos”, explica, tras comentar que él queda sentado en el sillón.

El “Gitano” se llama, en realidad, José Vega, tiene 41 años y comenta que ha hecho changas. Ahora, espera que se cumpla la promesa de un trabajo. Mientras, es cuidacoche en calle Belgrano, y por la tarde, en Urquiza, sobre la plaza. A la mañana, hay una mujer a cargo del estacionamiento en esa cuadra. Con ella, el “Gitano” conversa en esta mañana luminosa y comenta que la gente es muy buena: le acerca ropa, comida y compañía.  Hay otros, aclara, con los que no congenia y ha tenido enfrentamiento por los perros.

Su lugar es la plaza, usa el baño del negocio de la esquina, y recibe bolsas de pan de otros negocios que reparte entre él, los perros y las palomas. Le compra huesos con carne a los perros y come de la comida que le alcanzan. “Ellos son perros de la calle, somos todos de la calle”, finaliza.

Marta Marozzini

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.