Por Julieta Añazco (*)

 

Estamos muy conformes con la condena que se aplicó al cura Juan Diego Escobar Gaviria, pero a la vez algo desconcertados porque obtuvo muchos más años de condena que el cura Julio César Grassi.

Hay otras causas donde se ha denunciado hace más cantidad de años, como el caso del cura Renato Rasgido, en Catamarca, y todavía las víctimas no han logrado que sean elevadas a juicio.

Los jueces de Entre Ríos han marcado un precedente muy importante para todos los que sufrimos  ataques sexuales por parte de monjas o sacerdotes.

También, el año pasado, en la provincia de Corrientes, fue condenado el cura Domingo Pacheco, gracias a la lucha de Osvaldo Ramírez.

Sin dudas que el juicio que se llevará a cabo este 13 de noviembre en Paraná también sentará un procedente sumamente importante, dado que los delitos estaban prescriptos, porque los denunciantes recién pudieron romper el silencio de 30 años después de cometerse los presuntos delitos por parte del cura Justo José Ilarraz.

Por primera vez en Argentina en una causa judicial contra un cura por abuso sexual que estaba prescripta, los jueces determinaron que se debía seguir con la investigación, y así resolvieron elevar la causa a juicio, otro gran logro de los valientes denunciantes.

Porque son ellos los que no bajaron los brazos y siguieron luchando .

Confío en que el tribunal hará un gran trabajo y el cura Ilarraz será condenado.

Fabián Schunk (uno de los siete denunciantes de Ilarraz) es mi mayor referente y confío que seguirá la lucha hasta el final.

También, esperamos que la causa contra el cura payador Marcelino Moya sea elevada a juicio.

Seguramente mucha gente se preguntará por qué salimos a denunciar ahora, después de tanto tiempo. Esto se debe a que, por causa de los ataques sexuales que sufrimos siendo niños o adolescentes, nos generó tanto miedo, quedamos tan paralizados, que no supimos qué hacer ante tanta atrocidad.

Muchos se han suicidado, o se han dejado morir. Muchos otros hemos intentado suicidarnos o hemos planeado la manera de hacerlo, y al final no nos animamos.

Muchos otros tenemos miedo de que no nos crean. Por eso, una vez adultos, y después de años de terapia, podemos por fin romper el silencio que nos impusieron nuestros abusadores.

Por que ellos saben muy bien lo que están haciendo: cometer un ataque sexual contra un menor puede llevar tan solo cinco minutos.

Por eso les pido que estén atentos. No todos los curas ni todas las monjas abusan sexualmente de niños y adolescentes. Pero tampoco son casos aislados. Ni manzanas podridas, como cierto sector de la Iglesia nos quiere hacer creer.

Nosotros nos unimos para exigir juicio y castigo a los culpables.

Como adultos que somos, no podemos permitir que las monjas y los curas que abusaron de nosotros, sigan en contacto con niños, porque sabemos que son prácticas sistemáticas que perpetúan durante décadas.

Nosotros estamos unidos reclamando por verdad, reparación y justicia, porque los niños no mienten.

Los abusadores, sí.

 

 

(*) Integrante de la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico. Denunciante de los abusos que sufrió de parte del cura Héctor Ricardo Giménez.