-¿Qué querés? No soy mago.

Lo dijo encogiéndose levemente de hombros, la mirada indolente, sentado en su Gol rojo, puesto el Gol Rojo de extremo a extremo de la vereda de calle Buenos Aires que da a la cochera que utilizan los curas de la Iglesia San Miguel.

Había cerrado la puerta de la cochera y puesto su auto de punta al cordón, de un modo tan salvaje que los peatones que a esa hora circulaban por la zona de Buenos Aires y Ecuador -cerca de mediodía de un miércoles de verano- debían bajar a la calle, y caminar entre los autos que aguardaban la luz verde del semáforo de Avenida Alameda de la Federación.

Sentado en su habitáculo, los veía pasar a todos, esquivar autos, apurar el paso, cruzar de vereda. El Gol rojo puesto así, la trompa hacia la calle, se había convertido en un límite infranqueable, una frontera seca de la cual nadie tenía la llave para pasar al otro lado.

No movió una pestaña. Ni puso la marcha atrás -no podía-, ni se mostró cortés, ni condescendiente por la suerte de los peatones. Simplemente desparramó su Gol rojo con desinterés y ahí se quedó, al aguardo de que la fila india de vehículos sobre Buenos Aires le diera paso.

Su interés era poder seguir su viaje, sin importar cómo.

-No soy mago -repitió desde el interior de su Gol rojo.

Se llama César Jesús Schmidt, es sacerdote, tiene una estampa de jubilado malhumorado y la miserabilidad de pocos. Y probablemente nunca entendió aquello que leyó del evangelista san Mateo cuando replica palabras de Jesús y le hace decir: “Todo cuanto hiciste a tus hermanos me lo haces a mí”.

El cura César Jesús Schmidt, al parecer, vive según su propio código. Después, quizá, irá corriendo a venerar a su dios, a inclinarse en el templo, a darse golpecitos en el pecho, a expiar, en nombre de ese mismo dios, los pecados ajenos, y lo hará, quién sabe,  con la soltura de un jarabe para la tos.

Es cura, se ve. Y no es mago, dice.

Y se ríe con sonrisa ladina. Y mira con mirada hueca.

No hace mucho tiempo lo escracharon en las redes sociales por sus modos poco evangélicos. 

Cura César Schmidt.

 

Schmidt es sacerdote residente en la Iglesia San Miguel, de Paraná.  Es oriundo de Cerrito y fue ordenado cura por el ahora cardenal Estanislao Karlic en el año 1984.

Tiene poco menos de 60 y en esos años vividos no ha sabido como relacionarse con el prójimo.

Hasta que fue escrachado en las redes, solía dejar estacionado su autor  en la vereda -en total infracción– sobre calle Carlos Gardel, en la puerta de ingreso a la casa parroquial. Como la acera es angosta, que haya un vehículo ahí obstaculizaba el paso de los peatones.

Un grupo de vecinos se lo hizo notar, y el cura reaccionó de modo violento. Las fotos que se viralizaron en las redes sociales lo mostraron increpando a una mujer que le hizo notar lo irregular de la situación.

El cura Schmidt se le acercó –con una biblia en una mano y el celular en la otra– y la trató de muy mal modo.

Enceguecido por la ira, el sacerdote se acercó a la mujer que lo fotografiaba en abierta infracción, y empezó a disparar fotos con su celular.

Este miércoles de febrero, cerca de mediodía, también estaba en infracción.

Un mesías extraviado metido el habitáculo de su Gol rojo, desinteresado por la suerte del prójimo, que repetía, como en la letanía de los santos:

-¿Qué queres? No soy mago.

 

 

 

 

Ricardo Leguizamón

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.