La historia es conocida: el histórico club de calle San Martín, cuna de extraordinarios basquetbolistas entrerrianos, perdió su sede y buena parte de su alma hacia fines de los 90 cuando parecía que ya no importaba casi nada.

La historia, por eso, es conocida: donde estaba emplazado Hindú Club funciona un estacionamiento hace ya mucho tiempo. Cambió el frente, se derrumbó una parte, se modificó otra. Lo que tal vez no saben los exjugadores del club y tanta gente del deporte que vivió alguna experiencia en esa cancha brava, es que si uno entra al estacionamiento y sube la pendiente, puede volver al pasado. O, por lo menos, puede pisar el pasado: las mismas baldosas resbalosas, con los mismos colores y las rayas de la zona marcadas.

La cancha, el piso de Hindú, está ahí, tal cual, como en las noches más brillantes de Eduardo Musante, el Negro Salomone o su hermano Juan. La cancha de Hindú permanece marcada, no solo en la memoria de quienes recuerdan el campeón de la década del 60´ de los hermanos Zuttión, Llorent, Oliva y Heinze, sino marcada literalmente en el suelo que transitan los coches que llegan a estacionar, después de la pendiente, sobre la historia yerta.

Atrás, también está el espacio guacho donde se emplazaba el banco de suplentes. Ahí se abría el hueco de la obra inacabada allá arriba y entraba el viento más frío que podía soplae en Paraná las noches de invierno. Porque para los visitantes Hindú era helado, el frío absoluto, las manos tiesas, pero nunca para los locales, que parecían bailar alrededor del fuego antes de entrar a la batalla, con los dientes apretados, a ganar el partido.

Algo de eso, digo, debe andar por ahí todavía. Algo de eso.