Por Julián Stoppello

 

Es en particular el sábado a la mañana. La sensación de qué todo está por hacerse. Hay tiempo para pagar las deudas con los deberes sencillos que estaban pendientes, como acomodar la biblioteca, podar las plantas, lavar el auto.

Prolijidades de la vida simple.

Pero hay otros sonidos también, otra música el sábado por la mañana. Ya disminuye y se apaga el ruido de los días anteriores, de las obligaciones, se organiza la agenda corta del goce: a qué pileta, a qué quincho, con quién compartimos el fuego y el asado posterior. Es un respiro que asoma el viernes al atardecer, pero se percibe con mayor profundidad recién al día siguiente.

Hinchados los pulmones de nuevos bríos.

El sábado por la mañana, con el rigor de esos estudios generales firmados por universidades de algún sitio de Estados Unidos e Inglaterra que confirman cuestiones como que la predisposición del ganso a morir es mayor en agosto o que para hacer hijos varones no hay nada como un miércoles a las 3 y media de la madrugada, yo podría aseverar que es el momento preciso para varias cuestiones.

A saber: empezar a escribir una novela, planear las vacaciones, dar rienda a un negocio que se venía elucubrando sin vislumbrar aún la rentabilidad necesitada, descartar el negocio anterior y pensar un negocio nuevo, planificar el robo a un banco, planificar el año entero (total…), inventar un juego de mesa para hacerse millonario, explorar talentos impensados como la habilidad manual para hacer una producción en serie de origami, decidir la inscripción a una nueva carrera o a un instructorado en villar.

Y mil cosas más.

Es el momento ideal. Es más, el pico de la creatividad del impulso sabatino, no perdura más allá de las 11.30. Si usted prefiere dormir hasta las 12, tiene grandes chances de no hacer nada nuevo en todo el año más que repetir ideas y rutinas.

Lo conveniente, en especial los sábados, es despertar a las 8, para tener tres horas limpias de expansivo desarrollo. Pasadas las 11.30, por el mismo mecanismo entusiasta, ya se tomaron más mates de lo debido, empieza entonces un regurgitar estomacal y al unísono las ideas comienzan a subir y bajar, con aire de sospecha.

Ya sonó el timbre con dos o tres vendedores de distintas clases y también el celular que le recuerda otras cosas que quedaron pendientes y creía resueltas.

Además, después de las 12, se anuncia el almuerzo y un cumpleañitos infantil que no había previsto, en uno de esos lugares aturdidos de imágenes coloridas y canciones del Sapo Pepe, donde uno se pregunta qué hace, pero no qué hace allí, qué hace en familia en un mundo que se desintegra, sino más bien algo del orden moral: qué aporte hace usted a la humanidad si esos antros donde se celebran los cumpleañitos siguen en pié y todavía no fueron demolidos con sus dueños adentro.

Y la tarde del sábado ya se va a volver difícil y pegajosa y si se fue a jugar al fútbol, bueno, usted sabe, que aquellas cosas que imaginó con los mates del sábado a la mañana, en la cancha, no tienen más de un 13% de posibilidades de concretarse.

Igual, yo sé, lo disfruta. Y está bien porque a la noche ya pensando en el domingo, va a beber más de la cuenta y al día siguiente, lentamente, irá percibiendo como se presenta, proporcionalmente al entusiasmo sabatino, la desilusión, el tedio y amargura, justamente porque esa expansiva creatividad del sábado que lo embarga ahora, fenecerá indefectiblemente.

Pero tranquilo, no se desanime, hay muchos sábados a la mañana por delante. Quién sabe y en algunos de esos brotes de potencia creativa usted no encuentra la llave inequívoca de su felicidad.