El ganador del Fray Mocho 2017 presentó este sábado, en la Vieja Usina, su más reciente producción poética: “El final de los paisajes”. La apuesta tuvo tono de celebración multidisciplinaria, con toques kitch y al autor cantando arriba del escenario.

Aquí la reseña del libro de Kosiak.

 Viajar está de moda. Hay un imperativo: conocer el mundo o, al menos, la parte del mundo a la que se pueda asistir con el saldo de la tarjeta de crédito.

Ahí está la mirada global, las “facilidades” de los low cost, la aventura de salir a la ruta que, si bien persiste, pierde contra la ventaja de salir por los cielos.

Hasta en los organismos oficiales se habla de lo que se habla ahora en redes, páginas, diarios: no es solo viajar lo que vale, sino la experiencia del lugar que se visite. Ser turista está vencido, está mal visto. Se trata de mimetizarse en el paisaje nuevo y absorber todo lo que se pueda, como si en efecto se pudiese absorber un país, un pueblo o un río en cuatro días.

Viajar está de moda: conocer el mundo es un imperativo.

El final de los paisajes que presenta Ferny Kosiak es otra tentativa de conocer el mundo, distinta por cierto, una propuesta de la creación que comienza como toda búsqueda que vale la pena, por el principio: una pregunta.

Kosiak habla de una visión del mundo que no ancla en las geografías renombradas, en las aventuras del transitar, en la anécdota de perderse por ahí. Es otra cosa. Este es el mundo que nos habita, porque está en la representación que tenemos de los paisajes que nos construyen, que transitamos y que vamos descubriendo.

La poesía nace de una observación minuciosa y asombrada de este y otros mundos, con un origen muy claro que no se encuentra en otro mapa que no sea el mapa interior. Un mapa interior que podemos compartir como lectores, que podemos mirar, pero sobre todo sentir en la poesía de Kosiak.

Hay efecto musical.

El autor logra sacar al lector a mirar. Y en ese andar se puede sentir la respiración de las palabras, que van desde un jardín hasta el cementerio; desde la punta de un icberg, hasta el terror de los acantilados; desde la plaza hasta la iglesia; desde el bar hasta las ruinas; desde el hospital hasta la biblioteca.

Esos son los paisajes de Kosiak que importan, que sí conocemos o vamos a conocer, en muchos casos, indefectiblemente. Paisajes que tenemos dentro y que el autor proyecta moviendo la mano rítmicamente mientras el lector asiste al encuentro y ve como se despliegan en el aire.

Viajar está de moda y es un imperativo conocer el mundo. Es un tema serio, además. Lo opuesto a viajar, parece, es tener una vida pequeña e ignorar el real sentido de los días. La exploración empieza, en esa idea, en las amansaderas de los aeropuertos.

“El final de los paisajes” da otra noción de viaje, una noción menos pretenciosa y más profunda. Se trata de mirar hacia adentro y ver qué hay, qué paisajes internos, qué proyecciones de esos lugares tenemos, qué podemos hacer con todo eso.

Viajar es como leer, si la obra no cambia nada, no mueve una sola de las nociones y las estructuras propias, no hubo experiencia, aunque nos hayan visto pasando hojas una semana entera. El valor está en la transformación. Y Kosiak mira cada paisaje de diferentes maneras, pregunta, se desliza, lo da vuelta y el lector tiene la ocasión de transformar el poema en su propia mirada: ese es “El final de los paisajes”.

El libro tiene, además, un poema transversal, que empieza con la primera pregunta y sigue con la siguiente y la siguiente y la siguiente. Hay un libro de preguntas que va de poema en poema.

Por otra parte, desde otro enfoque, está Kosiak en movimiento en tanto sujeto que transita en el arte. La poesía tiene su fisonomía: es alta y cadenciosa, erguida y grácil, tiene un andar musical y un clima de confidencia. Kosiak es su poesía, la elegancia de la palabra y la posibilidad de sobrevolar los territorios sembrando una mirada curiosa y sensible.

Pero la poesía también se embarra los pies, tiembla de frío y oye sobre confesiones en un hospital, en un rincón baldío o en un confesionario.

Una última parte de esta mirada tiene que ver con la instancia posterior a la potencia creativa y es la fuerza de reunir, generar y producir del autor. Kosiak genera cosas, iniciativas, propuestas, casi de modo permanente.

Y ese afán es, a la vez, parte de este enfoque esencial que está en el libro. Hacer todo lo que hace Kosiak para ofrecer su capacidad artística, tiene que ver también con conocer lo que pasa y saber el lugar en que se encuentra: entender este paisaje.

Entonces, lo que queda es tratar de transformar algo, desde el hacer y desde la poesía. Eso hace Kosiak.

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.