Por Marcela Pautaso (*)

Ni el calor ni el sol severo de la siesta del 25 de diciembre lo detuvieron. Llegó a la hora pautada y esperó junto a otros cientos de chicos del Barrio San Martín el momento más deseado. Hacía más de un mes que había escrito su carta. Pedía un monopatín. Se pensaba dándole envión con un pie y resbalando por la bajada con el viento en la cara.

Con esa carta, se activaron una suma de voluntades para conseguir, no solo el monopatín que soñó Octavio, sino los regalos para 933 chicos de los barrios San Martín, Antártida Argentina y Mosconi Viejo.

El calor se hacía cada vez más intenso y Octavio estaba ahí, esperando y conteniendo la ansiedad, detrás de un alambrado. Del otro lado, los integrantes de Suma de Voluntades, con precisión y coordinación, fueron pasándose de mano en mano los cientos de paquetes que se descargaban del acoplado de un camión. Adentro de cada uno de esos coloridos envoltorios, estaba el sueño de Navidad de los 934 chicos.

En cuestión de minutos, con la ayuda de los jóvenes del San Martín Fútbol Club, identificados con su remera amarilla y el logo de Suma de Voluntades, se bajaron los regalos, se buscaron bancos, se armó un escenario, se preparó jugo, se conectó el micrófono y los parlantes y, finalmente, se habilitó el ingreso.

Sobre ese precario escenario, en un banco de plaza estaba sentado Papá Noel, el encargado de entregar a cada uno su regalo.

“Es el Oreja”, gritó uno de los gurises, intentando descubrir la identidad de quien se había animado a desafiar el calor al ponerse el traje rojo, la “lanuda” barba blanca y simular, vaya a saber con qué, unos cuantos kilos más de lo que en rigor tiene.

Los voluntarios de Suma de Voluntades, dentro de la vivienda del Barrio San Martín o más conocido como El Volcadero, –predio donde se arrojan los residuos que produce toda la ciudad–, volvieron a pasarse de mano en mano, ahora desde adentro hacia afuera, cada uno de los regalos.

En simultáneo, la misma magia estaba sucediendo en los barrios Antártida Argentina y Mosconi Viejo, porque como dice el slogan de las remeras de los integrantes de Suma de Voluntades: “Gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”.

Justamente esas pequeñas voluntades, sumada a la de 934 padrinos y madrinas, lograron cumplir el sueño de esos pequeños y pequeñas que habían escrito su carta. Como lo hizo Octavio, que finalmente recibió su monopatín. Entonces se le iluminaron los ojos y la sonrisa le quedó dibujada durante horas en la cara, mientras intentaba la felicidad de repetir en la acción esa imagen que le había ganado el sueño. Y esta vez podía, empujar con un pie, deslizarse por la bajada y sentir el viento en la cara.

Así de simple, con una emoción gigante.

(*) Periodista. Especial para Entre Ríos Ahora.