Andrés Barbagelata pasó más de diez años de viaje. Todo empezó una vez finalizado sus estudios de arquitectura. Se fue a Europa a conocer las construcciones que había estudiado en la facultad y tardó una década en volver. No fue justamente Paris o Milan el motivo de la demora: la travesía lo llevó a Centroamérica, durante un buen período se dedicó a Asia, para luego elegir el camino más largo y recorrer Latinoamérica en bicicleta. En esa última etapa, entre otras aventuras, Andrés conoció los interiores  profundos donde nacen los dilemas de un país atormentado por la violencia.

Hace dos días, la prestigiosa revista Brando, publica como nota central de su edición un texto de Andrés Barbagelata que titula “Colombia, como es vivir entre dos fuegos”. La crónica de Andrés es increíble, te propone pedalear junto a él por la montaña debajo de un enjambre de helicópteros  que buscan al jefe de las Farc, cerquita del poblado donde vivió el mítico Tirofijo y dónde él no se podía ir por la hospitalidad y el afecto de los lugareños. Hay que leer lo que escribió Andrés: lo publicamos aquí. http://www.conexionbrando.com/1951819-colombia-como-es-vivir-entre-dos-fuegos.

En 2011, recién llegado de la travesía, El Diario de Paraná publicaba esta nota con la historia de su viaje http://www.eldiario.com.ar/edicion-impresa/andres-quiso-conocer-el-mapa-con-los-pies.htm

 

Colombia, cómo es vivir entre dos fuegos

Un turista pedalea por rutas colombianas rumbo al Volcán Nevado de Huila. En el trayecto, hace escala en un pequeño pueblo cafetero donde no todo es lo que parece. A pocas semanas del fracaso del acuerdo de paz, cómo es vivir durante décadas entre dos fuegos.

Un turista pedalea por rutas colombianas rumbo al Volcán Nevado de Huila. En el trayecto, hace escala en un pequeño pueblo cafetero donde no todo es lo que parece. A pocas semanas del fracaso del acuerdo de paz, cómo es vivir durante décadas entre dos fuegos.

En algunos pueblos y desde la montaña, la presencia militar es constante.

Texto y fotos Andrés Barbagelata.

Venía de varios días de subir y subir, pedaleando por caminos literalmente fuera del mapa, a los que llegaba guiado por los consejos de la gente. Solo sabía que iba en sentido sur, atraído por la idea de rodear el Volcán Nevado de Huila, la segunda montaña más alta de Colombia, y entrar al parque nacional que lleva su mismo nombre.

Era una zona muy difícil de transitar. Las lluvias persistentes habían desmejorado los caminos: piedras, barro y las fuertes pendientes en algunos de sus tramos hacían que avanzar, por momentos, pareciera casi imposible. Para compensar estaban aquellos a los que me cruzaba en el camino: tan amables y hospitalarios que hacían que todo resultara más fácil. Y posible.

Entré a un pueblo, uno que parecía otro más en el camino, con un irresistible aroma a café tostado en el aire. Después me enteraría de que se llamaba Gaitania y de que estaba al sur de Tolima. No tenía más de cinco cuadras de largo y, sin embargo, me llevó toda la mañana atravesarlo. En todas las esquinas había un puesto de venta de café y en cada uno recibía la invitación a tomar un “tintico”, como lo llaman los colombianos, mientras me repetían que lo disfrutara porque estaba en la zona donde se producía el mejor café del mundo, premio incluido. A esta introducción de bienvenida le seguían las preguntas: ¿Qué hacía yo ahí? ¿Adónde iba? ¿De dónde venía?

Amigos/enemigos

Al llegar a la plaza principal, la invitación vino de los militares. Amables, eso sí, me pidieron que fuera al destacamento protegido por aparatosas defensas para presentar el pasaporte y responder otro tipo de preguntas. También sorprendidos por mi paso por la zona, no entendían muy bien qué andaba haciendo por ahí. Pasada la charla de rigor, se distendieron. Yo también: compartimos historias personales en una larga sobremesa. Ya para el final de la tarde salí del destacamento despidiéndome a los abrazos y con las alforjas llenas de alimentos de campaña que me habían regalado para el camino.

En estos pueblos siempre es fácil encontrar un sitio donde parar. En una de las esquinas que servían tintico, había conocido a la directora de la escuela del lugar, que me ofreció pasar la noche allí. Al día siguiente me pidió que me quedara durante la mañana para contarles a sus alumnos sobre el viaje que venía realizando, porque, según dijeron, era el primer turista extranjero del que se tuviera memoria. Después entendería por qué.

A veces, lo difícil en estos pueblos colombianos es irse: es un café acá, otro café allá, una invitación a almorzar y compromiso para jugar al futbol. Ya para el día siguiente me había comprometido a desayunar con el parandero, a dar otra clase en la escuela, y así, en una cadena que de seguir aceptando me habría llevado semanas.

Por la noche, durante la cena en casa de un lugareño, supe que esta zona no solo era famosa por su café: aquí, en Gaitania, había vivido el mítico líder guerrillero Tirofijo (Manuel Marulanda Vélez, fallecido en 2008), cofundador de las FARC. A los pocos días, después de haber tomado café con casi todo el pueblo, descubriría que en Gaitania todos habían conocido a Tirofijo y, si no, habían heredado el honor de conocerlo: todos hablaban de él como de un ser querido y profundamente respetado. Y también de Pote, el único hijo que supuestamente había tenido. Según los relatos, Pote padecía un retraso mental que lo hacía deambular, sonriente, por todo el pueblo. Y nadie resistía invitarlo a una cerveza y reír a carcajadas con él.

Un turista pedalea por rutas colombianas rumbo al Volcán Nevado de Huila. En el trayecto, hace escala en un pequeño pueblo cafetero donde no todo es lo que parece. A pocas semanas del fracaso del acuerdo de paz, cómo es vivir durante décadas entre dos fuegos.

En la calle principal de Gaitania, los lugareños invitan a tomarse un tintico.

La ley de la montaña

A lo largo y ancho de Colombia, casi todos con los que había hablado habían sido víctimas directas de alguna forma de violencia: a causa de los paramilitares, de la guerrilla, del narcotráfico, de los mismos militares, y yendo más atrás durante la época de la “marimba”, de los liberales o de los conservadores. Sin embargo, acá, en el corazón de la guerrilla, las historias no eran tan fuertes ni tan sanguinarias. Por más militares que hubiera, desde la fundación de las FARC en 1964, la ley del pueblo la imponían los comandantes desde la montaña. ¿Te llamaron de “arriba”?, era otra de las preguntas que me hacían en alusión a los comandantes ocultos en las sierras.

Por esos días, fines de 2011, Gaitania y toda la zona, conocida como la República de Marquetalia, estaba convulsionada. No hacía mucho tiempo habían matado al sucesor de Tirofijo, Alfonso Cano. Incluso, el espectacular rescate de Ingrid Betancourt, cuatro años antes, todavía resonaba. En el pueblo se enteraban de todo por el boca en boca, pero también por una única señal de radio que recibían: la del Gobierno que, comunicado tras comunicado, exhortaba a los guerrilleros a entregar las armas y a desmovilizarse y reproducía testimonios de ex combatientes que habían decidido reintegrarse en la vida común.

Además, como se creía que el reemplazante de Cano seguía en la zona, la presencia de militares y helicópteros se había intensificado. Y puedo dar fe: un día, de regreso de una excursión a Planadas -capital del corregimiento- en una especie de quebrada donde solo estábamos mi bicicleta y yo, escuché los helicópteros. Cuando levanté la vista, era como un enjambre: siete sobrevolaban mi cabeza. Entre el ruido y el viento que generaban las aspas, mi mente se disparó en una sucesión de imágenes con desenlaces posibles, a una velocidad tan vertiginosa como la de mis piernas pedaleando, traccionando para sacarme de ahí. Pero así como vinieron se fueron. Todo duró lo suficiente como para dejarme tendido en el piso, agotado física y emocionalmente, con una sobredosis de adrenalina.

Lo difícil de estos pueblos colombianos es irse: pasaron dos meses. Nunca llegó el llamado desde las sierras; lo que sí existió fue el llamado oportuno de uno de los lugareños que primero me había albergado, a quien para ese entonces ya sentía un amigo. Me sacó de la charla que estaba teniendo con unos militares en la plaza, mientras se desarrollaba un campeonato de fútbol, y me pidió que lo acompañara. Fue claro: no era conveniente que en el pueblo me vieran hablando con ellos.

Un turista pedalea por rutas colombianas rumbo al Volcán Nevado de Huila. En el trayecto, hace escala en un pequeño pueblo cafetero donde no todo es lo que parece. A pocas semanas del fracaso del acuerdo de paz, cómo es vivir durante décadas entre dos fuegos.

No bien lo dijo, a solo 100 metros de la plaza, se desató un breve pero intenso tiroteo. En ese instante de locura y desconcierto entendí dónde estaba. Y comprendí por qué era mejor no relacionarse con los militares. En ese pueblo donde imperaba la ley de la montaña, la orden era hacerle el vacío al enemigo. La transgresión podía pagarse con la vida.

Esa noche, las historias sobre enfrentamientos sonaron con otra intensidad. Por primera vez pude percibir una fracción de lo que esta gente había vivido por años, aunque casi todos, toda la vida. Historias de pérdida, desplazamiento o muertes.

“Es difícil encontrar la respuesta de por qué en la tierra donde nacieron las FARC la gente optó por decirle “no” a los acuerdos de paz que buscan ponerle fin al conflicto”, afirmó José Funnor Dussán, alcalde de Planadas, distrito al que pertenece Gaitania, refiriéndose al plebiscito.

Para mí también es muy difícil encontrar las respuestas. Debería volver a buscarlas a Gaitania, al pueblo del que es tan difícil irse a pesar de todo.