Un día caluroso de enero, una quinceañera paranaense le pidió permiso a su mamá, que se encontraba de viaje, para ir a un cumpleaños en una quinta y lo consiguió porque no parecía haber ningún riesgo. Las razones eran varias: la fiesta era de día, la casa donde se hacía quedaba en un barrio donde habían vivido, iba acompañada por una íntima amiga y además, la familia del anfitrión era muy conocida en la ciudad.

 

Pero lo que prometía ser una tarde de diversión inocente, cambió la vida de la chica, que llamaremos A. La emborracharon y, según relata, cuando no podía defenderse ni ejercer su voluntad, cuatro muchachos la atacaron sexualmente y la lastimaron. Pudo escapar e hizo la denuncia, pero la combinación de las influencias de los padres de los acusados, tres mayores de edad (entre 20 y 22 años) y un menor y las dudas arrojadas sobre la veracidad de su testimonio amenazan con que su intención de conseguir justicia quede en la nada.

 

Una madre destrozada


“Me obligo a estar bien por ella”, comienza diciendo. Por primera vez, B. la madre de la víctima, relata minuciosamente los hechos de ese sábado de verano: “A mi hija la pasó a buscar un chico en un auto y, en el camino, subieron otras chicas conocidas y de su edad. Pararon a comprar frutas. En la invitación, por Facebook, pedían que llevaran bebidas. Eso lo supe después”.

 

Los que convocaban a la reunión, una “pool party” (fiesta en la pileta) eran hijos de empresarios y profesionales, vinculados al ambiente del fútbol y el rugby.

 

Ni bien llegaron a la casa del festejo, una mansión en la Toma Vieja, a A. le sirvieron bebida en un melón. “Empieza a sentirse excitada. Recuerda que no podía parar de reírse y que le dieron muchas ganas de orinar”, detalla B.

 

A continuación, A. solo recuerda algunas situaciones, con grandes blancos. “Se vio arriba, en un dormitorio de la casa, sin la parte de abajo de la bikini, con dos de los chicos, que se reían y se negaban a devolvérsela”. La situación se completa con la declaración de su amiga que vio, cuando salía del baño, cómo uno de los dos muchachos, mayores de edad, quería meterse en la cama con ella. Tampoco recuerda A. cómo llegó a la pileta, donde otro muchacho, de unos 17 años, se le metía entre las piernas y la manoseaba, mientras le decía “si no fuera porque conozco a tu exnovio, te rompo toda”.

 

Una bombacha ensangrentada


La madre sigue con la historia: “Un cuarto chico comenzó a insistirle con que fuera a un lugar aparte para hablar con él a solas. Mi hija, que no tenía estabilidad, se cae sobre el césped. Él la toma por la fuerza de atrás. Ella forcejea, se escapa y pide ayuda. A esa altura, ya todos en la fiesta estaban intoxicados. Entonces, le envía un mensaje a un amigo que no estaba en el lugar. Le pide que vaya a buscarla y le lleve la píldora del día después, porque había tenido relaciones sexuales y no recordaba con quiénes. Ella era virgen, nunca había estado con nadie”

 

Cuando el tío de A. la vio, no la reconoció. Violenta, alterada, fuera de si, la chica le dijo que se fuera, que no era su padre. Sin embargo, pudo llevarla a lo de su abuela y dejarla a salvo.

 

Finalmente, cuando B. llegó, encontró a A. y a la amiga que la habia acompañado a la fiesta profundamente dormidas. Contra la pared, para su desesperación, vio la bombacha ensangretada de la bikini de su hija.

 

“Tenía raspones y hematomas en todo su cuerpo. Le mencioné varios nombres de los presentes en la fiesta, y asintió en todos los casos menos en uno cuando le pregunté si había tenido relaciones con ellos. La abracé y le pregunté si se había bañado. A la mañana, a primera hora, fuimos a la fiscalía. La revisó un médico forense, y me dijo que no tenía roto el himen, y tomó fotos de las lastimaduras”, cuenta la madre.

 

“De allí, la llevamos al hospital. Mi hija no podía caminar, tuvimos que ayudarla entre dos”, se angustia B, que sospecha que la habían hecho consumir algo más que alcohol, aunque los tests no lo revelaron. “Se le hizo un análisis de orina, pero ya habían pasado muchas horas. El análisis de sangre lo omitieron, le hice tomar la muestra a las once y media de la noche del domingo, por pedido de nuestra abogada”, explica.

 

La madre está convencida de que un grupo de chicas de la misma edad de su hija, pero más experimentadas, la habían llevado como “ofrenda”, para que debutara sexualmente allí. Así se explica que en sus declaraciones, aseguren que A. estaba dispuesta a tener sexo con sus atacantes. “Ella quería”, sostienen. “Se les tiraba encima a todos”, repiten. Sin embargo, el testimonio de un hombre de los contratados para pasar música en la megafiesta revela que A. le llamó la atención porque estaba totalmente desorientada y alcoholizada.

 

“Esto se está diluyendo”


La fiscal Fernanda Ruffatti, que conoce a los jóvenes comprometidos en el hecho, decidió dejar fuera de la acusación a dos de los señalados. A uno de ellos, el protagonista del episodio de la pileta, por ser menor de edad. Y a otro, el dueño de casa, porque se ampara en una duda sobre su primer nombre. De este modo, quedan solo dos imputados.

 

“La carátula es estupro”, critica la doctora Rosario Romero, representante de la víctima. “Es decir, mantener relaciones sexuales con una menor de 16 años, un hecho que implica consentimiento. Es una sociedad muy machista, y tenemos todo en contra”, aclara. Además asegura que todos los imputados tienen destacados abogados defensores.

 

En declaraciones públicas, la fiscal adelantó que ninguno de los acusados cumpliría prisión efectiva, y que posiblemente, se convenga una probation, la realización de un curso sobre violencia de género.

 

“Esto se está diluyendo. Hay muchas relaciones de los parientes directos de los atacantes con gente del Poder Judicial y político. De hecho, el padre del dueño de casa le alquila al gobierno un local donde funciona una dependencia de asistencia a la víctima de violencia contra la mujer “, acusa B.

 

La madre sostiene que, además de sangre, en la bombacha de A. hay restos de semen que no fueron analizados: “¿A vos te parece que mi hija va elegir tener su primera relación en una fiesta con tipos que ni siquiera conoce?”.

 

A pesar del trauma y del acoso que sufrió a través de las redes sociales, donde la agreden y acusan de mentir (su mamá la protegió reteniendo su teléfono), A. está tranquila, convencida de su verdad y su derecho a obtener justicia. “Fue a una psicóloga un par de veces, pero prefirió empezar un taller literario, donde puede hacer catarsis y sanar sus heridas”, refiere su mamá. Ella insiste en que su hija fue objeto de un ataque sexual cuando no estaba en condiciones de defenderse y sospecha que el expediente va por mal camino. “Como siempre, la mujer es la responsable “, se indigna.

 

 

Miriam Lewin

Publicado en tn.com.ar