Enriqueta Bracamonte es de Paraná, tiene 12 años y es bailarina. Ya se ganó una beca de perfeccionamiento en una de las academias de danza más prestigiosas de América Latina y hace poco fue invitada a participar del certamen internacional que abre las puertas del mundo. La eligieron a ella entre centenares y centenares de postulantes. En febrero debe estar en Berlín para participar de la célebre Tanzolymp. Su familia busca apoyos concretos para acercarse al lugar donde brillan las oportunidades.

“Bailaba hasta con las paredes”, recuerda Alejandra.

Enriqueta, a un lado de su mamá, a su derecha, se ríe. Ella se ríe y la mañana, tan ardua y pegajosa, parece un destino más lindo y más esperanzado.

Enriqueta danza desde mucho antes que sus padres resolvieran, de una vez, llevarla a alguna academia para que pudiese expresar todo eso que ella hacía en casa porque se lo pedía el cuerpo. “Manden a esa nena a danza de una vez”, cuenta Alejandra que reclamaba el abuelo.

Es un espejo, Enriqueta, de los sueños más genuinos. En su espejo hermoso para ver de qué sueños venimos. Porque mientras los chicos juegan a las escondidas o se imaginan un combate para derrotar al mal en peleas invisibles que acontecen en el patio, también alguno puede creer que es un buen plan ser campeón mundial de natación o, por qué no, la mejor bailarina del mundo. Así sucede. Por eso existe, entre otras cosas, la magia. Esa magia que en realidad se prepara con dos o tres condimentos, pero más que nada deseo y voluntad.

La cuestión es que ella danza, quizá, desde la edad que tiene su hermanita de 3 años, que se llama Rosalía y se queja ahora porque no la dejan lavar la biblioteca con un trapo mojado. A ella le parece una gran idea, pero su hermana mayor, Justina, que no danza pero canta y sale a correr y participa de un coro, no está nada de acuerdo a ese respecto.

Es una escena familiar, una mañana de vacaciones ya cerquita de Navidad. Pero es un diciembre distinto, aunque todos son distintos, más bien es un diciembre que no da treguas para esperar tranquilos la cena, los regalos y el brindis de Nochebuena.

Enriqueta tiene una oportunidad a mano, casi que la agarra del cuello y la mira cara a cara. Le falta, nada más, el modo de llegar hasta ella porque todo lo otro, el camino más difícil, las pruebas de talento, las horas de entrenamiento, ya lo hizo y lo hizo tan bien que la esperan en Berlín para abrir una puerta gigante. Detrás de esa puerta, es posible que haya otro mundo y que asome un sueño enorme. Pero eso no lo sabemos.

Lo que sabemos hoy, es que Enriqueta tiene que ir a Berlín en febrero para participar de un certamen de altísima jerarquía a la que fue convocada por su gran talento.

El camino


De modo formal, Enriqueta empezó a bailar en un club de iniciación deportiva de Claudio Marangoni, en San Isidro, donde la Fundación Julio Bocca tiene una sede. Alguna vez, recuerda ella, lo vio a Bocca de refilón en una visita por ese lugar que es uno de los tantos centros de iniciación a la danza que el genial bailarín argentino impulsa para dar oportunidad a miles de chicos de experimentar ese universo que lo tuvo a él, por muchos años, en la cima.

Si bien la familia de Enriqueta es de Paraná, por cuestiones laborales de su papá, vivieron algunos años en Buenos Aires, hasta que el mismo motivo los trajo de vuelta por aquí. Las docentes ya habían detectado en ella la distinción del talento y le recomendaron, le pidieron, que siguiese en Paraná y le señalaron una profesora de la ciudad: Lorena Bello.

Enriqueta siguió bailando y en 2015 comenzó a competir, a le edad de 9 años.

Año tras otro participó de un certamen de carácter latinoamericano que se realiza en septiembre en la ciudad de Carlos Paz. Obtuvo medallas de bronces, de plata y de oro. De modo individual y también colectivo. En su última intervención logró el oro en danza americana.

En este 2017, además, en forma paralela se realizó el Gran Premio de América Latina. Para participar era indispensable enviar un video con antelación, en el mes de mayo. Se inscribieron 500 bailarinas. Fueron elegidas 80 y entre esas 80 que compitieron, Enriqueta fue seleccionada entre las 23 mejores por un jurado integrado por seis expertos.

Las elegidas, todas, recibieron premios y becas. Enriqueta ya se ganó el derecho a participar de un curso de perfeccionamiento en enero de 2018, en Rio de Janeiro, en la escuela de Alice Arja, una de las mejores de ese país y representante en la región del Miami City Ballet.

Los padres de la bailarina realizaron los esfuerzos necesarios para garantizar que Enriqueta pueda estar en Rio. Lo que no sabían era que otras oportunidades estaban por asomar, de esas que se toman o se dejan, pero que en uno u otro caso definen buena parte de lo que vendrá.

Por decisión de la organización Danza América, las 23 bailarinas seleccionadas fueron postuladas para el certamen Tanzolymp de Alemania, algo así como la posibilidad de ingreso a las mejores escuelas de danza del mundo, que no son privadas sino políticas de estado de los países con mayor tradición en la disciplina, como Rusia, Alemania y Francia. Ganar en el certamen de Tanzolimp u obtener una buena performance, abre las puertas del mundo.

De esas 23 postulantes, la organización del prestigiosísimo certamen eligió dos. Y una de ellas es Enriqueta Bracamonte. “Quiero a Enriqueta Bracamonte”, escribió en un mail lacónico y muy claro uno de los directores de la competencia.

En los primeros días de febrero ella debe estar en Berlin para competir. No hay forma, familiarmente, de llegar a ese destino por una razón de costos. Por eso su mamá Alejandra busca las alternativas posibles entre programas estatales o apoyos de áreas de cultura provinciales o nacionales. Por eso, también, recurre a medios de comunicación. Lo que ella sabe es que estas ocasiones se toman y pueden resultar un paso importante hacia adelante. Pero si no se toman, las puertas se empiezan a cerrar.

“Es una competencia a la que solo se llega por invitación, es un certamen que abre las puertas al mundo, la idea es que los jurados te vean y puedan aparecer becas de perfeccionamiento. Uno puede hacer un camino tranquilo en esto y esa era la idea, pero si aparecen estas cosas hay que tomarlas, porque en caso contrario ya quedas excluida”.

Y Alejandra, claro, no quiere imaginar que eso le pueda suceder a su hija.

Enriqueta, por lo que se ve, ni imagina la posibilidad de no estar en Berlin en febrero. Su sonrisa es pura confianza, es más que un espejo de todo lo mucho que se puede creer cuando está todo por ganar, es la muestra cristalina de la fe, en ella y en la mejor parte del mundo, que es la que ella ve y siente mientras sonríe.

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora