Müller baja de su habitación. Ya expira la hora del descanso, pero el lobby del hotel –uno más de cientos que habita con frecuencia hace más de 20 años- mantiene esa penumbra susurrante de siesta. No trae en la cara huella alguna de sueño pesado o sueño ligero. Sí, en cambio, se ve relajado, pero atento. Müller está atento y observa los detalles. Sin ir más lejos, luego de saludar, sonriendo, coloca una silla para ubicar ahí el cargador de esta computadora y que no se vea tirante el cable, tenso en el aire, como hasta ahora.

Tiene un enfoque minucioso sobre la composición de las cosas. Es uno de sus principales rasgos y una virtud que sobresale en su oficio. Sus palabras llevan una respiración pausada, se separan entre sí,  se dan lugar para que el mensaje no tenga obstáculos. Para que caiga sólido y exacto ordenando el mapa de sus ideas. Los jugadores van a ver lo que Müller plantea como  un paisaje, una visualización, un anticipo. Se ha entrenado para ser detalladamente claro. Hace ya 30 años que se dedica al oficio. Facundo Müller es entrenador de básquet y tiene 43. Comenzó a los 13.

Si se pone a pensar, ve el recuerdo perfecto de la tarde en que Cachito Maffey llegó al playón de Echagüe para hablar con los infantiles y preguntar si alguno estaba interesado en colaborar con él para dirigir a los más chicos. Premini y Mini: de 6 a 12 años. Facundo levantó la mano, otros dos más también lo hicieron. Hasta ahí -la idea permaneció por algún tiempo- había querido ser jugador como Aníbal Sánchez. Igual o parecido. Recién empezaba la secundaria en la Escuela Normal y si asomaba un hueco, un módulo libre, se iba a tirar al aro al club, como lo había hecho antes Aníbal Sánchez, como lo seguía haciendo.

Entender el juego es distinto a jugarlo. Jugar es una cuestión de voluntad. En cambio, leer lo que pasa e interpretar los movimientos y la lógica compleja del básquet, es más parecido a saber leer, no ya lo que dice un texto, sino su sentido profundo y decisivo, ese trazo original que viene a decir otra cosa. Müller sabe leer en la cancha de básquet desde los 13 años, hay algo de instinto y un afán por perfeccionar, de modo continuo, esa mirada.

“Desde ese primer momento sentí que era una pasión, me encantaba, pensaba en el equipo todo el tiempo, llevaba estadística, hacía un montón de cosas para perfeccionarme como monitor”, dice ahora en el lobby del hotel. A los 13 o 14 años, mientras los gurises utilizan todo el tiempo del mundo en descubrir qué cosa están sintiendo y que otras pueden ser y sentir, Facundo estaba también en eso, pero sobre todo en la vibración del básquet, zambullido por completo en todo lo que podía aprender justamente en el furor del inicio de la Liga Nacional.

“Cuando Echagüe jugaba de local, yo iba al medio de la hinchada y cuando jugaba de visitante, escuchaba los partidos por radio, llevaba la estadísticas. Era hincha, pero me interesaba mucho el juego. Se me apareció toda la pasión al mismo tiempo, miraba el entrenamiento del equipo de la primera, ayudaba, colaboraba con los entrenadores y si bien me pagaban por dirigir, lo hubiera hecho gratis de todos modos”.

Hizo un caminito intenso antes de pisar los 18: dirigió todas las inferiores, selecciones locales y provinciales, no se perdió una clínica de perfeccionamiento y aprendió, sobre todo, del roce permanente con un equipo de Liga en casa, allí mismo en el estadio de Echagüe.

Pero a la hora de decidir, Facundo pensó que a lo mejor estaba equivocado, que tenían razón los demás, los que se inscribían en carreras como abogacía, arquitectura o medicina. El entrenador se fue entonces a Rosario y arrancó con ingeniería.

Duró tres meses.

En una vuelta por Paraná, mientras cavilaba sobre la manera de decirle a sus padres que no había caso, que por ahí no andaba, no iba, se reunió con Chungo Butta, uno de los dirigentes que fundó la Liga Nacional. Un emblema de Echagüe. Le confesó a Butta lo que no se animaba a decir en casa. A las pocas semanas, Facundo Müller debutaba como el asistente más joven de la Liga Nacional y acompañando nada menos que al entonces irascible Miguel Arcangel “Volcan” Sánchez.

En su casa, contra las pronósticos, tuvo una respuesta contundente: “Mi mamá me dijo: ´Para mí, tenés que dedicarte al básquet´.Y  me sacó un peso de encima”, se acuerda ahora y sonríe.

Durante 20 años, fue asistente técnico en equipos de Liga A y también, algunos, de TNA. Trabajó con los mejores entrenadores del país y participó, acompañando a Julio César Lamas, del cuerpo técnico de la selección nacional durante cuatro años. Mano a mano con la Generación Dorada. Aprendió a ocupar su lugar, a entrenar la paciencia y agudizó el afán por los detalles. Eso se nota en su forma de hablar, de mirar, de vestirse, de pararse en la cancha y de observar el juego.

“Como asistente tiene que estar muy claro que ayudas al entrenador a dirigir el equipo. Tenés que conocer la idea de juego, que es la idea del entrenador, no la tuya. Tus ideas quedan de lado, a lo sumo se las podes transmitir al entrenador, ponerlas a consideración”, explica.

Hace cuatro temporadas está al frente de un equipo como entrenador jefe. Primero en Santiago del Estero, con Olímpico de La Banda, y ahora en Sunchales, con Libertad.  “Es mucho más desgastante esta tarea, nuestro trabajo tiene mucho tiempo mental, de preparación mental para el entrenamiento y para el partido”.

Facundo valora la ecuanimidad: disfrutar la victoria y padecer la derrota en dosis más o menos moderadas le parece esencial. También, otra vez en el control de sí mismo, subraya la dosificación del mensaje. No hay que hablar tanto.

“Nuestra liga es muy larga, entonces pienso que no hay que hablar mucho, hay que ser concreto, en la charla pre partido, en el pos partido. Tener a los jugadores escuchándote tanto tiempo, si lo hacés seguido, puede llegar a provocar que pierdan el interés. El mejor entrenador es el que logra que los jugadores interpreten la idea y la lleven adelante. Para eso, necesitás que te escuchen la mayor cantidad de tiempo posible. Yo sabés que no escuchan el ciento por ciento, pero que sea lo máximo posible,  hay jugadores juegan con más o menos información”.

Fuera del básquetbol, Müller admira entrenadores tan disímiles como Guardiola o Simeone, pero no tiene que ver con planteos tácticos sino con el perfil de cada uno de ellos. Por lo que dicen y lo que consiguen. En su terreno se queda con Greg Popovioch, aunque los entrenadores de por aquí –explica- observan más el trabajo de sus pares europeos que los de NBA. La referencia está ahí: el básquet FIBA se nutre de la tarea colectiva, la NBA resalta por la potencia individual.

Por lo general, reconoce Facundo,  los entrenadores de básquet “somos monotemáticos y un poco pesados”. No salen fácil de lo que pasa o deja de pasar en el equipo. Mucho menos del universo básquet. “Trato de no ser así y encontrar más cosas para hacer extra trabajo, para no pensar un solo tema, además creo que eso te ayuda a dirigir mejor. Si pensás todo el día en el equipo, sos peor entrenador”, considera.

El análisis, claro, no quita que a Müller le encante hablar de básquet. Y lo hace, siempre, de modo didáctico, a tal punto que cualquier persona que no entienda nada de básquet, si lo escucha a Facundo va a tener una idea bastante cercana sobre el asunto.

“Hay que transmitir tranquilidad –explica- estando afuera no podés poder perder la cabeza, tenés que estar frio para tomar decisiones”.

Seguimos hablando del oficio. Müller no habla de ecuanimidad, pero la practica; no se refiere a las horas de estudio, pero persigue la excelencia desde que tiene 13 años.

Su vida, en buena medida, ha transcurrido al borde de la cancha: con los ojos claros y atentos, profundamente atentos al juego en su totalidad y al detalle en cada parte. Tiene 43 años, es DT, pero más que  es eso es un docente ocupado en transmitir el mejor modo de afrontar el  juego, que muchas veces, cuando se interpreta sensiblemente, viene con una valija llena de herramientas para mirar, también, la vida.

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora