“Se juntaron el hambre y las ganas de comer”.

La frase, indolente, se la dijo el arzobispo Mario Luis Bautista Maulión a Sergio Romero, en 2005, durante un encuentro de ambos en la residencia episcopal de la Costanera Alta.

Romero, ordenado cura en 2004, fue a contarle de una incipiente relación con una mujer -“Una calentura”, dice ahora-, y, lo más grave, de los abusos que había soportado en el Seminario de parte del cura Justo José Ilarraz. Al Seminario había llegado en 1991 y estuvo hasta 2003. De allí salió siendo cura. Pero fue cura por un breve tiempo: menos de un año.

Maulión no le prestó la más mínima atención al asunto de los abusos. No le interesó. Se preocupó por esa relación de Romero, todavía sacerdote, con una mujer. Escuchó con atención esa parte del relato. Después, lo despachó sin la más mínima conmiseración. Ya entonces, año 2005, el ahora arzobispo emérito sabía de los abusos de Ilarraz.

Pero en su declaración en la etapa de instrucción -ahora, durante el juicio, fue relevado de testificar por su delicado estado de salud-, Maulión dijo otra cosa: que tomó conocimiento de los abusos en el Seminario cuando estaba dejando el gobierno de la Iglesia, en 2010, a través de la carta de un grupo de sacerdotes.

Y dijo que “no le correspondía tomar ninguna medida al respecto ya que se trataban de hechos acaecidos con anterioridad a su asunción como arzobispo de Paraná. Que recibió la referida nota de varios sacerdotes  pero su tratamiento quedó para el nuevo obispo -su sucesor, Juan Alberto Puiggiar- porque él ya estaba dejando sus funciones”.

Pero, de todo eso, los abusos, Ilarraz, la corrupción en el Seminario, estuvo al tanto antes: cinco años antes.

Sergio Romero no encontró acogida en Maulión.

De igual modo, ya tenía resuelto dejar el sacerdocio. Claro que antes abrigaba una última esperanza: encontrar de boca del obispo una palabra de apoyo, un gesto de contención.

No encontró nada de eso.

Ya le había pasado lo mismo durante sus años en el Seminario: lo habló con el sacerdote Rafael Micheloud, que lo escuchó y le aconsejó: “Andá y hablalo con Puiggari”. Eso hizo. Fue y se sentó a contarle a Puiggari que Ilarraz lo había abusado. “Bueno –dice que le contó el entonces rector del Seminario y hoy arzobispo de Paraná-, está bien, pero no lo andes contando mucho”.

Sergio Romero contó muy poco, casi nada.

Siguió en el Seminario: en 2004 se ordenó sacerdote, tuvo su primer destino en Feliciano, como diácono, y después en Hasenkamp, como sacerdote. Pero aquella charla con Maulión era su despedida del sacerdocio. “Yo ya tenía resuelto que me tenía que ir”, dice ahora, en una pasillo bullicioso de los Tribunales.

Acaba de declarar en el juicio al cura Justo José Ilarraz. Fue el último testigo antes de la exposición de los peritos que trataron a las siete víctimas que denunciaron los abusos en el Seminario.

La Iglesia nunca reparó en la tragedia que vivió. No lo acompañó en el dolor. No resguardó su integridad. No denunció los abusos en la Justicia. Sergio Romero decidió, entonces, exiliarse.

Dejó Paraná, aconsejado por su director espiritual, Néstor Kranevitter, que lo convenció de una verdad dura: acá, un excura no encontaría trabajo. Primero se mudó a Villa María, Córdoba, y luego a Río Negro, donde ahora vive.  Se casó, se separó, volvió a formar familia y ahora es papá de dos hijos.

Reside en Mainque, a 25 kilómetros de General Roca, Río Negro. Tiene a su cargo las cátedras de Filosofía y de Teología en dos escuelas del Sur: una pública y otra de los salesianos.  Allá llegó, dice ahora, huyendo del monstruo: Ilarraz, los abusos, el silenciamiento y la negación. El desdén de la jerarquía católica, y su propia incomprensión.

Hace una semana, María Ester Romero, su hermana, religiosa en la congregación de Don Uva, le mandó un audio de whatsapp: en ese audio le reveló un dato que lo espantó: en 2006, Maulión la llamó por teléfono para consultarle si su hermano había sido abusado por Ilarraz. El dato prueba una cosa: que Maulión mintió y que sabía de los abusos de Ilarraz mucho antes de 2010, cuando un grupo de sacerdotes le presentó una carta, que él desatendió porque ya estaba siendo relevado de su cargo de arzobispo.

Este miércoles fue el día en el que Sergio Romero pudo exorcizar todos los demonios que llevó adentro desde que dejó Paraná, desde antes también, cuando estaba como pupilo en el Seminario, cuando Ilarraz lo abusó.

“Así me destruyeron el alma”, dijo ante los jueces Alicia Vivian, Carolina Castagno y Gustavo Pimentel.

Hizo un gesto con las dos manos, como aplastando algo que tenía en una mano puesta en forma de cuenco.  “Vine a contar lo que me pasó porque tengo acá –se tocó la frente- la imagen de mi mujer y de mis dos hijos. No quiero que a ellos les pase lo que me pasó a mí”.

Adentro, en el salón de audiencias, Sergio Romero estuvo acompañado por Fabián Schunk y Maximiliano Hilarza –no estuvo Ilarraz presente- y se quebró más de una vez.

Recordó un dato que salió de la anécdota para convertirse en un modus operandi dentro de la jerarquía eclesiástica. En 1993 –y cuando Puiggari ya era rector del Seminario- los seminaristas eran alentados por el equipo de superiores a escribirle cartas a Ilarraz, que ese año se había mudado a Roma, a cursar la Licenciatura en Misionología en la Universidad Urbaniana.

Esas cartas, después, pasaban por el filtro de los superiores, y recién entonces, sí, marchaban rumbo al Correo.

Sergio Romero recordó la última, recordó el encabezado, lo recitó de memoria. La presidenta del tribunal, Alicia Vivian, le pidió que reconociera como propia  esa carta. “Sí, la escribí yo”, dijo.

Los superiores del Seminario los alentaban a escribirle a Ilarraz, “porque estaba solo, en Roma”, le decían.

Eso hacían los seminaristas.

Esa última carta que Sergio Romero le envió a Ilarraz en 1993 tuvo como respuesta el cura una postal. Se la envió desde Roma. “Seguís siendo el mismo turro de siempre”, le escribió al dorso.

Sabe que de todo ese proceso que vivió en la Iglesia salió muy roto. Y por eso se animó a declarar, para “sanar”, como dijo, y porque lo consideró “necesario”.

“Fuimos parte de una historia que no queríamos. La asumimos como pudimos”.

Ricardo Leguizamón

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.

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