Son las diez y media de la mañana de un viernes de febrero barnizado de humedad. En diez días –el 25 de febrero–, la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos  va a comenzar una nueva temporada y también otra etapa de una historia que ya roza los 70 años.

Luis Gorelik posterga el café negro que se enfría y habla de aquello que la Orquesta hace y no se ve: el detrás de escena de una construcción perfecta. Se entusiasma en función de los nuevos públicos a seducir y las herramientas que hacen falta para lograrlo. Habla de política cultural y de la peligrosa helada creativa que puede generar la subvención estatal. De todo eso conversa Gorelik y de la Sinfónica que viene en 2017.

Atrás quedaron los años difíciles, de medidas de fuerza y reclamos por falta de cargos en el organismo y amenazas de vaciamiento, cuando Pedro Báez estaba al frente del Ministerio de Cultura y Comunicación. La Orquesta arranca su cronograma con las herramientas necesarias y el respaldo del Gobierno provincial. Y Gorelik cuenta aquí, entre otras cosas, de qué se trata organizar, pensar y diseñar una temporada sinfónica.

 

-Esta vez comienzan con bastante normalidad ¿se completaron los cargos?

-Falta concursar algunos, pero en general se han hecho avances muy grandes. Se ha ido cumplimentando lo que veníamos peleando desde hace varios años. Somos casi 80 personas y es el número mínimo que necesita una orquesta sinfónica para poder abarcar un rango de repertorio normal.

-¿Cómo va a ser la temporada?

-Innovadora, en el sentido de que se van a estrenar muchas obras sinfónicas que no se han tocado nunca aquí, justamente porque no se contaba con los medios para hacerlo y con la cantidad de músicos necesarios. De movida, arrancamos con el estreno local de la primera sinfónica de Gustav Mahler, en la Usina. Los que siguen la actividad de la Orquesta van a poder apreciar, a lo largo e la temporada, obras sinfónicas de gran envergadura que antes no se podían hacer. También, va a haber mucha presencia en el interior de la provincia.

 

CÓMO SE PROGRAMA.

 

Gorelik explica cómo mide y piensa el año: cantidad de conciertos, de ensayos, de viajes. “Hay una planificación minuciosa, cada concierto tiene una cantidad de ensayos precisa. A veces hay modificaciones, pero por lo general se ha afianzado la idea de una orquesta de repertorio y no de servicio, vale decir que una orquesta de servicio itinera con un repertorio fijo. La base de nuestra orquesta es conceptual, el contenido es su repertorio, es lo primero que se piensa: qué se quiere tocar, por qué y para quién”, dice.

-¿Cómo se concibe el contenido de la temporada?

-Es la pregunta del millón para cualquier programador cultural. Soy de los que creen que la realidad está cambiando mucho más aceleradamente de lo que uno percibe. Los canales de comunicación con el público no son los mismos que eran hace 70 años cuando se creó la orquesta.

 

ORIGEN Y CAMBIO.

 

Para observar los cambios de épocas y los desafíos de hoy, Gorelik se remonta a los orígenes de las orquestas en Argentina. Fue en 1948. Nacieron todas juntas, en un lapso de seis meses, en el marco de una ley de cultura impulsada por el peronismo y, en particular, por John William Cooke. Al mismo tiempo que el Estado avanzaba en la creación de organismos dedicados a diferentes disciplinas artísticas, las iniciativas privadas que habían sostenido la actividad comenzaban a planear rumbo a su ocaso.

 

“Ninguna de ellas puede competir contra el financiamiento estatal”, explica Gorelik y recuerda que “las temporadas  sinfónicas argentinas más innovadoras y brillantes fueron en los años 20´ y 30´ lideradas por Victoria Ocampo, junto a Juan José Castro en la Asociación del Profesorado Orquestal y la Asociación Amigos de la Música, nunca se llegó a equiparar el nivel de innovación y actualización de esas temporadas”.

 

Entonces Gorelik agudiza la mirada: “El Estado avanza y crea sus propias orquestas, lo que tiene, por una parte, una cosa maravillosa que implica el desarrollo de la actividad en zonas como esta, pero por el otro lado se genera la parte problemática de que sean organismos estatales, que generan una zona de confort que puede provocar falta de innovación y rigidez conceptual”.

 

-¿Esa tensión perdura, en cuanto al rol de la gestión estatal y lo que está por fuera?

-Yo creo que sí y me remito al monólogo final de la película El ciudadano ilustre. El monólogo es pluma y letra de Andrés Duprat, a quien admiro muchísimo. El premiado dice allí que afortunadamente la cultura es indestructible, es decir ningún Estado podrá destruir la cultura. Hay una dinámica y en eso los que estamos a cargo de los organismos estatales debemos mirar hacia la calle, porque hay una dinámica de los artistas populares, en el teatro independiente, en la música, de contacto con el entorno que las grandes organismos estatales culturales tienden a perder, justamente por la rigidez que puede resultar del hecho de trabajar en el estado. Sin dudas hay que mirar hacia fuera y aprender, en el caso de los músicos, de los músicos  populares, de aquellos que no tienen un apoyo, ninguna subvención, nada, pero su nivel de inventiva  y creatividad es cien veces mayor del que se puede encontrar en una organización estatal.

 

-¿Se crea más fuera del amparo del Estado?

-Vuelvo al monólogo (de la película El ciudadano ilustre), desde el momento en que estatizas  algo, también lo podés congelar conceptualmente, ese es el problema. El tema cultural es complejo, porque la cultura es algo dinámico y vivo, no hay forma de frenarlo, ni la represión más tremenda  puede frenar eso porque por algún lado se va a filtrar. La actitud que se debe tomar desde el Estado, en mi óptica, es que cuando se absorbe una institución cultural, compensando así el financiamiento que el mercado nunca podría darle -porque nunca  podría existir una orquesta de estas características de ese modo, lo que es maravilloso-, se debe tener la valentía y la capacidad de replantearse todo el tiempo cuál es el objetivo y para qué sirve.

 

-¿Qué tiene que hacer hoy la Sinfónica?

-No tengo la respuesta absoluta, pero si es algo que me planteo todo el tiempo. Lo primero que hay que hacer es entender que el mundo ha cambiado en el uso de los soportes a través de los cuales llega la información. Yo tengo 54 años y todavía me gusta  leer el diario en papel, pero ahora estamos en un bar y no veo a nadie con un diario en la mano. El soporte digital ha cambiado. Con una tarjeta de crédito, un buen celular y auriculares puedo ir en el colectivo escuchando en vivo la Filarmónica de Londres. Hay una revolución a través del mundo digital. Y el paradigma de nuestros organismos es el mismo de 1948. No sé si se ha inventado algo más sublime o mejor que una orquesta tocando arriba de un escenario, con la gente sentada escuchando. Mantenemos ese sistema, no hay todavía otro mejor, pero mis hijos adolescentes conocen mucha música y nunca los vi ir a conciertos y sin embargo su estructura musical está bastante desarrollada. Hay otros caminos que tenemos que explorar necesariamente, sino estamos tocando sobre la cubierta del Titanic.

 

-¿Y cuál es el camino en ese sentido?

-La orquesta es un símbolo de muchas cosas, más allá de la belleza de la música que interpretamos, es un símbolo de excelencia, de trabajo en equipo. Eso hay que mantenerlo, pero al mismo tiempo generar las condiciones para entender cuáles son los nuevos carriles de comunicación con los nuevos públicos. Hay distintos proyectos, sobre todo desde lo digital, yo me llego a imaginar una plataforma con la orquesta como protagonista. Hay obras interactivas, donde el propio oyente participa de la manipulación de distintos parámetros y modifica la obra. Son productos muy depurados, la orquesta que lleva la delantera en ese sentido es la New Filarmónica de Londres.

 

DIVERSIDAD.

Los nuevos soportes y las herramientas digitales, son un aspecto central, pero hay algo aún más de fondo quizás. “El nuevo paradigma tiene que ver con una apertura muy grande, de manifestaciones que fueron ubicadas en distintos nichos”, dice Gorelik y ejemplifica “ahora voy a hacer un concierto en Buenos Aires con Egberto Gismonti, un enorme músico que viene de otro palo”.

 

“Intuyo que parte de este futuro, desde la concepción de los contenidos de los organismos sinfónicos, tiene que ver con la apertura hacia distintos géneros sin renunciar a la calidad. Me sigue gustando Mahler, Brahms y Beethoven, pero voy aprendiendo cada vez más a hacer lo que los yankees llaman crossover: cruzar el límite. El futuro de las orquestas, en alguna medida, va a depender de eso: tocar las mismas 60 u 80 obras por más bien que las toque tiene un límite”.

 

-¿Que escena musical te encontraste en Entre Ríos?

-Yo veo que cuesta, les cuesta mucho surgir a los músicos populares desde acá. Hay excepciones, como el Negro Aguirre, con quien hemos hecho cosas juntos y de hecho este año vamos a hacer un concierto ene el Colón el 10 de diciembre. Hay un movimiento importante que tiene que remar mucho para poder surgir. Por muchos motivos Entre Ríos es una provincia que ha estado bastante segregada, eso se ha empezado a revertir, pero cuesta. Se siente la falta de una instancia de formación de excelencia. Ahora está remontando esa falencia la Escuela de Música de Uader, pero esa es la razón  por la cual muchos de los músicos de la orquesta son santafesinos, porque en Santa Fe si hay dos o tres instancias de formación. Tampoco se pudo afianzar un proyecto serio de orquestas juveniles.  Salvo la orquesta Río de los Pájaros de Concepción del Uruguay, el resto no funcionó y eso es una gran falencia, ahí es donde debería poner buena parte de la energía y los recursos, en la formación de un proyecto de excelencia e inclusión social.

 

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos