No hay premura que resista a un viaje de un año y medio a 50 kilómetros por hora. Hay que ir lento para conocer. Hay que detenerse para mirar. Hay que compartir un buen rato para que la conversación trascienda las convenciones del buen día, el estado del tiempo y algún comentario sobre la ruta. Si algo tenían definido Luisina  Zitelli y Adriana Bruselario mientras planeaban un recorrido grande en un Citroen 13cv modelo 71´, era que la ansiedad no tenía lugar en el coche. Demasiado espacio iban a ocupar los abrigos para el invierno, las herramientas de primeros auxilios, el equipo de camping, los instrumentos de trabajo.

La planificación de la travesía ya fue amasada en segunda y regulando. Primero pensaban el Latinoamérica, pero observaron que los citroneros desaconsejaban ir mucho más allá de Argentina, Chile y Uruguay por la dificultad que implica conseguir repuestos en otros países limítrofes. Entonces dibujaron su periplo por el país, juntaron el dinero a mano -15 mil pesos-, le hicieron mecánica al Citroen, lo pintaron y plotearon con un kururu optimista y el 19 de marzo de 2017 salieron al camino, despacito.

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“Las dos trabajábamos en la Biblioteca Caminantes, Adri tenía la orquesta Infanto juvenil de San Agustín, daba un taller de percusión y yo hacía cosas freelance en diseño gráfico, pero no teníamos algo fijo, no teníamos patrón. Tenemos sí nuestra casa y nos fuimos tranquilas, con la idea de ser más felices no porque la estuviéramos pasando mal acá”, dice Luisina.

A 50 o 60 kilómetros por hora, parando el coche cada 200 kilómetros para no correr riesgos, manejando solo de día y durmiendo en esas casas inscriptas en redes de viajeros, Luisina y Adriana le hicieron varias rayas al mapa, de ida y vuelta. Así lograron ir de una punta a la otra: de la Quiaca a Usuahia. Eso, en poco menos de un año y medio.

En ese tiempo moroso, se jugaron la subsistencia al trabajo temporario, ofreciendo talleres de reciclado de papeles, encuadernación y también percusión. Llegaron al piso de sus fondos entrando a Catamarca, con 70 pesos en todo concepto, pero en ese andar sencillo y cadencioso no les significó ningún trastorno.

El coche respondió, dicen como si fuera un compañero más, a la perfección. Lo dicen ahora, en Paraná, ya con un par de días en la ciudad y pensando en otras posibilidades: Uruguay en bicicleta o, por qué no, Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Chaco y Formosa en coche. Pero en la ruta, al menos un par de veces, el Citroen dijo basta. Luisina es ahora una especialista al paso en mecánica ligera. Aprendió de una eminencia en el modelo, que se hizo popular en las redes luego de desarmar y volver a armar su Citroen: un tucumano de nombre Carlos Sarmiento. Se quedaron una semana viendo cómo se las arreglabla con el semieje, yendo todos los días al taller para aprender la operación en detalle.

OFICIOS EN EL CAMINO.

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Cuando se presentó la ocasión, en las sierras de Córdoba, en La Rioja, en Bariloche, entre otras localidades, Luisina y Adriana se detuvieron a dar talleres y hacer algunas ventas de agendas. Pero hubo menesteres ocasionales, de esos que se presentan si el viajero no tiene una cuenta pendiente con el tiempo y se detiene en el paisaje más allá de la experiencia de observar.

Trabajaron en una huerta ecológica –por legado ancestral- en Tafi del Valle, desgranaron maíz a máquina y a mano; hicieron algo de albañilería en la zona -un contrapiso y el pintado de una casona de productos artesanales-; esquilaron vicuñas en Laguna Blanca (Catamarca); aprendieron algo de hacer tinturas con especialistas; fueron caseras de una familia dedicada a la producción de vinos orgánicos en San Rafael (Mendoza), canjearon videos y fotos por excursiones en San Martín de los Andes. Pero también pasearon en velero por los lagos del sur, durmieron en un motorhome prestado, se hundieron en el barro en un camino anegado de Chosmalal  y dijeron muchas veces, pero muchas veces, la palabra “impresionante” mientras eran dos puntos oscuros debajo de la blanca inmensidad del Perito Moreno.

Entre las postales del viaje, una tras otra, los trabajos ocasionales, los talleres con gurises y adolescentes, la tarea de voluntarias en huertas ecológicas, de las sierras o La Rioja, fueron adentrándose en la piel curtida de la tierra y en la sensibilidad de las personas que intentan pensar otro modo de vida que no se concentra en el consumo y el extractivismo. Más bien distante de los centros urbanos más embarullados, Luisina y Adriana se cruzaron con otros modos de hacer, experiencias ancestrales, como la de Angela y Belisario en una huerta orgánica de casi dos hectáreas en Tafí o esa comunidad de Laguna Blanca en Catamarca que se reúne en corral humano para esquilar las vicuñas y producir tejidos.

En muchos pueblos pudieron tener de primera mano, a la vista, los argumentos y las razones de los que resisten a las mineras, especialmente en La Rioja o Catamarca. Los que le dicen que no al Litio en Jujuy, los que proponen otra instancia frente a la propuesta venenosa de los agrotóxicos. Hicieron el trabajo con ellos y se quedaron, por caso, en La Rioja a grabar un video y acompañar una orquesta con historia en la zona: la Orquesta Angelelli.

Visitaron todos los parques nacionales punteados en el mapa y el 13 de marzo de 2018, a solo seis días de cumplir un año de viaje, llegaron en el Citroen a Usuahia después de hacer un tramo largo por Chile. “Yo empecé a gritar como loca, nos detuvo la policía, no tanto por mis gritos sino porque te van advirtiendo como viene el camino”, se acuerda Luisina.

El regreso tampoco tuvo el apuro de consigna. Lo hicieron en tres meses, con algunas pausas largas en lugares donde habían sembrado una intención de volver. Ahora están acá, en Paraná y cuentan la experiencia del viaje lento. El viaje que permite detenerse y mirar. Demorarse  y conversar más allá de las convenciones, para tener una pista más firme de lo que pasa en la vida cuando el apuro se duerme y la velocidad no es otra cosa que una agilidad de pájaro o una noción del viento.

 

Julián Stoppello de la Redacción de Entre Ríos Ahora