Se acerca al centenario.

Y el centenario de vida, bastante próximo, lo encuentra en un lugar incómodo.

Estanislao Esteban Karlic nació el 7 de febrero de 1926 en Oliva, un pueblo cordobés ubicado entre Córdoba capital y Villa María.

En 2017 cumple 91 años. Los cumple este martes 7.

Es hijo de inmigrantes croatas: Juan Karlic y Emilka Mavric, y el único de los cuatro hermanos que todavía vive.

Sus hermanas,  Milka, religiosa de la congregación Virgen de la Virgen Niña, y Catalina, docente, ya están muertas. El cuarto hermano, Juan, nació en Croacia, y no llegó a embarcarse rumbo a América con sus padres: murió en el viejo mundo.

Estanislao, “El Tano”, como le decían, es el menor de los Karlic.

Sin contar al primogénito, Juan, que murió en Croacia, Milka, la mayor de los tres hermanos, nació en 1922; Catalina, la segunda, en 1923; y Estanislao, en 1926.

En Oliva había sólo escuela primaria (los tres hermanos estudiaron en la estatal Mariano Moreno) y por eso para seguir el secundario debían marcharse del pueblo.  Milka y Catalina estudiaron con las Mercedarias.

A los 14 años, Karlic viajó desde Oliva a Córdoba, y comenzó sus estudios secundarios en el Colegio Monserrat, entonces sólo de varones.

Al concluir el bachillerato, se inscribió en Derecho, en la Universidad de Córdoba, pero pronto abandonaría las leyes. En 1947, cuando tenía 21 años, se metió de seminarista en el Seminario Nuestra Señora de Loreto, de Córdoba.

De los tres hermanos, la única que volvió y se quedó en Oliva hasta su muerte fue Catalina.

Entre los Karlic, todos fueron muriendo, de enfermedad o de viejos.

La madre de los hermanos Karlic partió muy pronto: falleció en 1944; el padre, en 1973

En abril de 2012, falleció Milka, y en septiembre de ese año, Catalina.

Desde que salió de Oliva, a los 14 años, Karlic ha vuelto pocas veces, nunca a quedarse. Estudió la secundaria, después Derecho y al final se metió de cura. Siempre lejos de casa.

Al año siguiente de haber ingresado al Seminario, en 1948, Karlic viajó a Roma, y allá finalizó sus estudios y se ordenó sacerdote.

Fue ordenado en Roma, el 8 de diciembre de 1954.

Había llegado a Roma con otro cura que después se haría muy conocido, y que tendría un trágico final: monseñor Enrique Angellelli, quien luego sería el obispo de La Rioja.

En 1965, Karlic se doctoró en Teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Iniciaba el camino que lo pondría, más adelante, en el camino del cardenalato.

El 6 de junio de 1977 fue nombrado obispo auxiliar de Córdoba: fue consagrado en la Catedral de Córdoba por el cardenal Raúl Primatesta.

Pero su destino estaba lejos de Córdoba, su provincia.

Enfermo el arzobispo de Paraná, Adolfo Servando Tortolo, el Vaticano lo nombró arzobispo coadjutor y administrador apostólico el 19 de enero de 1983. Al fallecer Tortolo, el 1º de abril de 1986, Karlic asumió como arzobispo de Paraná.

En 2001, al cumplir los 75 años, y tal como lo establece el Código de Derecho Canónico, presentó su renuncia al Papa Juan Pablo II, la que no le fue aceptada sino hasta abril de 2003.

Pero en medio tuvo años turbulentos. Y después, ya retirado de la vida activa, también su nombre resonó y no de la mejor forma.

En abril de 1999, Karlic asumió el segundo mandato al frente del Episcopado argentino (en 1987 fue elegido vicepresidente segundo, cargo que retuvo hasta 1990, cuando fue votado como vicepresidente primero, hasta 1996. Ese año alcanzó, por primera vez, la presidencia de la Conferencia Episcopal Argentina, función en la que sería reelecto en 1999 y hasta 2002).

Pero antes, en el invierno de 1985, ocurrió una refriega importante puertas adentro del Seminario de Paraná: Karlic movió algunas piezas entre el cuerpo de formadores, y echó al ala más dura, entre ellos, Alberto Ezcurra Uriburu, fundador de  Tacuara, un movimiento guerrillero de la derecha.

La decisión le mereció el reproche, pintadas ofensivas en las puertas del Seminario y la diáspora de seminaristas y sacerdotes, que recalaron en San Rafael, Mendoza, donde luego nacería una congregación de corte integrista, el Verbo Encarnado.

Corrió a Ezcurra y los suyos y tranquilizó los ánimos.

Pero en la década siguiente ocurriría un hecho que lo marcaría para siempre, y empañaría su gestión al frente de la Iglesia de Paraná: los abusos del cura Justo José Ilarraz. En 1995 ordenó una investigación interna, que concluyó al año siguiente con la sanción del destierro: Karlic dio por probados los abusos a seminaristas, y lo echó de la diócesis.

Pero no hizo la denuncia en la Justicia, y el caso quedó guardado en el archivo secreto de la curia, hasta que en 2012 se abrió una investigación de oficio en los Tribunales.

En abril de 2016, el juez Pablo Vírgala, al confirmar el procesamiento de Ilarraz, que está a punto de ir a juicio oral por siete denuncias de abuso a menores, escribió en su fallo: “Una reflexión final merecen, sin dudas, aquellas autoridades eclesiales que, amparándose en directivas superiores, guardaron silencio sobre los hechos tan aberrantes que aquí se investigan. Lo mismo para aquellos que debiendo ser inflexibles, optaron por el perdón sin tener en cuenta el dolor de las víctimas. No hay normas por encima de las leyes civiles. Nadie está exento de la autoridad de las mismas. Y si por allí algún desprevenido creyera que su deber de obediencia a alguna autoridad administrativa está por encima de las leyes civiles, deberán entender, de una vez y para siempre, que nadie está obligado a obedecer órdenes o leyes intrínsecamente ilegales, contrarias a derechos que son especialmente protegidos en Tratados y Convenciones internacionales, que conforman un bloque supranacional para toda la humanidad; y que si lo hicieran, podrían llegar a eludir el juzgamiento dentro su círculo áulico, pero nunca el juzgamiento por parte de las autoridades Estatales ni -quisiera creer- el peso de sus propias conciencias”.

Hablaba, claro, de Karlic.

 

Ricardo Leguizamón

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.