Raggi era un hombre de bigotes gruesos y pelo crespo. Tenía dos sillones en su peluquería, pero él trabajaba solo. A veces su esposa asomaba detrás de una cortina que comunicaba con la casa y le alcanzaba un mate. Raggi casi no hablaba, solo cortaba el pelo. Primero me cortaba a mí y después a mi papá. Con su mano izquierda inmovilizaba mi cabeza y  con la otra le daba a la tijera.”Quieto”, podía decir Raggi con una voz de rugido que sonaba como “quieto o disparo”, “quieto o te parto el cuello con mi garra de oso”. Me caía bien, igual, Raggi. Podría haber actuado en alguna película italiana. Los peluqueros, se ve, tienen algo de actores o por azar a mi me tocaron peluqueros con una beta actoral. Como Bolzán, sin ir más lejos.

Papá decía que Bolzán tenía la sonrisa de Tom Cruise. Y era cierto. No es que fuera parecido a Tom Crusie, pero sí que tenía una sonrisa cinematográfica. Empezamos a ir a Bolzán cuando Raggi cerró su peluquería en calle Jujuy. Me gustaba ir a la peluquería, a la de Raggi y a la de Bolzán, más que nada porque era una salida con papá, los dos solos. Y me gustaba escuchar la charla que tenía él con el peluquero. Y la sonrisa de Bolzán y el bigote de Raggi. Y los sillones altos y mullidos. Y afiche de Panten, con el modelo blanco y negro de la sonrisa impecable y el peinado tan elegante, que colgaba de la pared.

Alguna vez, cuando me llevó mi mamá, fui a otra peluquería, en calle Alem. Era un local con tres o cuatro sillones. Y uno más pequeño para niños. A los niños los atendía una mujer. En comparación con Raggi, el modo en que ella manejaba la situación y el movimiento de mi cabeza, era como pasar de andar sobre ladrillos rotos a trotar entre las nubes. Yo creo que cuando pasaba sus manos en mi cabeza, llegaba más adentro, me tocaba un centro nervioso interior que disparaba la serotonina.

Por esta empatía rara que siento por las peluquerías -sobre todo rara para una persona prácticamente calva desde hace ya un lustro- hace poco me di cuenta que sobre calle Alem se inscribe un record que tiene que ver con las peluquerías. Voy a decir más, una definición: calle Alem es la calle de las peluquerías en Paraná.

Yo me había dado cuenta meses atrás buscando una barbería que me habían recomendado. Un amigo me indicó que era ahí en calle Alem. Yo yo dije, perfecto, claro, en Alem. Empecé a recorrer calle Alem desde su comienzo en Alsina, al 800, y fui despacio en el auto, cuadra a cuadra, pero no encontré esa barbería. Si, en cambio, conté diez peluquerías, entre las que había, claro, un par de lo que ahora se llaman barberías, pero no la que yo buscaba.

El jueves pasado hice el trayecto caminando. Saqué una foto de cada frente de las peluquerías. El récord llega, exactamente, a once peluquerías. Son once peluquerías en nueve cuadras, en realidad en ocho, porque no hay ninguna peluquería entre Monte Caseros y San Martín. En todas las otras cuadras sí e incluso, en algunas, más de una por cuadra.

El trayecto, desde el este, se inaugura con dos salones femeninos. El primero ofrece alta costura, estética y también peinados. El segundo ya es un poco más específico en dirección al rubro y se publicita con un cartel sobre el frente de una casa pintada de azul con una visera de tejas rojas. La chica del cartel –modelo de revista- tiene un peinado desmechado muy lindo.

Sálón masculino “Marse”, entre Alem  y Palma, justo donde estaba el estudio de arquitectura de mi viejo, conserva el piso original de esas baldosas antiguas y un machimbre que acompaña las paredes en su primera metro. Es el clásico salón masculino, que apenas si consiente de adorno un helecho y alguna publicidad en la pared, quizás una tele para acompañar. La luz se ve desde lejos por las ventanas, chillona, en la penumbra de esa esquina al atardecer.

Más adelante está De Pelos, más discreta, en el local de un edificio, de mitad de cuadra. Y llegando ya a la esquina con Irigoyen se ve la versión femenina y un poco más sofisticada de “Marse” y sobre todo más imponente en su presentación: Fashion hair week.  Es, claro, una peluquería para damas montada en una casona antigua, pero con colores pastales en el interior y algunas plantas también.

En lo siguiente, al 400, hay una de esas peluquerías típicas de calle Alem, en locales apretados y de techos bajos, donde se acomodan dos sillones y una hilera de sillas en sala de espera que se enfrenta a los espejos y al paisaje de nucas que corresponden a los que llegaron antes.

Bien, lo que sigue es el primer guiño de la modernidad que a su vez rinde homenaje al pasado: una barbería. Se llama Buenos Muchachos y ofrece afeitado anti age, afeitado clásico, depilación, podología y masajes. Adentro se ven las paredes recargadas con ornamentación con pequeños cuadros con fotos e imágenes y también se ven vinilos.

Pero sigamos que hay más. Otro clásico de Alem: peluquería masculina, que se define desde el nombre (Seniors) y una estética sencilla y despojada.  Después viene otra barbería, donde el peluquero atiende con un sombrero de ala, se ven adornos de hierro y madera, colores más oscuros en las paredes y la iluminación que baja en cono de lámparas para dotar de un clima de novela detectivesca de los años 30` al espacio o algo por el estilo.

Y todavía quedan dos peluquerías más antes de llegar a Monte Caseros. Una al lado de la otra. Una cerrada y de cortinas bajas. La otra –Studio Uno- en plena actividad aún, algunos minutos antes de las ocho de la noche. Cuando tomo las últimas fotos, cruzo y camino la última cuadra de Alem, la única donde no hay, finalmente, ningún lugar donde cortarse el pelo.

 

 

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora