Este lunes el Nueva York Time en español publicó un texto de Martín Caparrós: “La culpa es de nuestra generación” es el título y va acompañado en la parte superior por un carnet de prensa, con un Caparrós jovensísimo y melenudo, donde se puede ver su número de documento y la firma del director del medio: Miguel Bonasso.

 

El escritor cumple 60 años. A raíz de ese aniversario reflexiona sobre las responsabilidades de su generación en el devenir del país. Compara lo que había y lo que dejaron. Toma datos clave, apunta, analiza, se reconoce harto y responsable. Se entristece, eso refleja. “Algunos quisimos cambiar aquel país, otros no; entre todos lo cambiamos para mal. Somos la generación de la caída”.

Observa a los que se involucraron en las consignas de los 70 para cambiar lo que sí o sí debían cambiar aunque no se sabía muy bien cómo ni en qué sentido; observa a los que no se involucraron entonces y gobernaron antes y gobiernan ahora. Observa Caparrós y trata de hacerlo sin compasión y con suma honestidad: honestidad con esas cuentas que le dan horriblemente mal. Y saca conclusiones, severas e irreversibles.

Desde aquí, en función de esa nota del escritor, Armando Salzman, creador del Centro Cultural La Hendija y actualmente codirector de la Editorial La Hendija junto a Laura Martincich, realiza otro enfoque completamente distinto, que no apunta a discutir una mirada, sino a abrir el cuadro, a salir del sistema de las cuentas que dan mal.

Salzman tiene un número de documento más o menos como el de Caparrós, una identificación generacional parecida, pero otras experiencias, otro proceso de aprendizaje y otra relación con las propuestas del acaecer. Las cuentas no cuentan, “porque la vida -dice Armando-, la vida real, empieza cada día, a cada instante, como el mar, los balances son para los contadores”.

He aquí el texto completo de Salzman:

“Para mí Caparros lo que muestra es que está viejo y cansado, pero fundamentalmente comete un pecado de soberbia muy común en los humanos, creer que nuestra participación en el mundo, ese destello entre dos eternidades que es nuestra vida (Lenin) va a ser decisivo para cambiar el destino de la humanidad para el resto de los tiempos, algo no muy diferente de la idea del fin de la historia de Fukuyama, pero antes de Napoleón, y antes de Alejandro Magno y de tantos otros. Y como va a ser tan decisiva para el resto de los tiempos, la arriesgamos (y “perdemos” muchas veces como los amigos de Caparrós y los míos) sin valorar que la vida es un bien absolutamente maravilloso y es casi mágico que estemos acá con esta forma humana, es el gran triunfo de la energía del amor en el momento en que fuimos concebidos, porque siempre, siempre, aun en las peores circunstancias para la “moral” imperante en la época, por un instante aunque sea, si hubo concepción es porque triunfó la energía del amor.

Deleuze compara el movimiento de la vida y el universo con el mar, en el sentido que el mar siempre está, no hay un solo instante sin alguna ola, sin la corriente que pasa, sin la marea que sube y baja, y el mar no tiene en cuenta si estoy en la playa o si me sumerjo, si llego de 2000km de distancia o si vivo a su orilla. Soy yo el que cree que el mar se agita con mi presencia y debo hacer algo trascendente antes de alejarme y lo único que debo hacer es disfrutar del milagro de estar vivo como humano, de poder saber lo que es la caricia de una mujer o de un hijo, la explosión del color en mis sentidos, los aromas y sus mensajes de otras vidas.

Aunque acepte que la muerte es solo del cuerpo y que nuestra energía será parte del inconsciente colectivo y hasta tal vez vuelva con esa energía a otro cuerpo, ya no tendré la conciencia de estos momentos vividos, de este milagro y eso hace que éste deba ser respetado como algo sagrado y no arriesgarlo por la vanidad de creer que puedo transformar el mundo: ¿cuál?, ¿el de los mayas?, ¿el de los africanos originales?, ¿el de los tibetanos?, ¿el de los hindúes? ¿a todos ellos tengo que enseñarles cómo se debe vivir y si es necesario morir en el intento?

¿No es mucha soberbia y un irresponsable desprecio por la precariedad de la existencia humana?

Los toltecas tienen cuatro principios de vida, que más o menos se definen así: Usar las palabras en forma impecable, no suponer nada (preguntar todo), no tomarse nada en forma personal y dar lo máximo. Hacer estas cuatro cosas, ya significa un trabajo y una paciencia en la que se me va la vida.

Rolando Toro, el creador de la biodanza (ejercicio movilizador si los hay) dice: “El fracaso de las revoluciones sociales se debe a que las personas que las promueven no han realizado, en sí mismas, el proceso evolutivo. Las transformaciones sociales sólo pueden tener éxito a partir de la salud y no de la neurosis o del resentimiento. De otro modo, los cambios sociales sólo sustituirán una patología por otra”.

La vida no tiene que ver con el ingreso per capita, ni con la distribución de la riqueza, ni siquiera con el nivel de instrucción, tiene que ver con la conciencia de que es un milagro. Aceptar esto ya es un montón, y a partir de esto darme cuenta que la puedo compartir con personas a las que amo, personas con las que quiero caminar, me tiene que hacer sentir con el pecho ensanchado, algo parecido a la felicidad. Y a partir de ahí puedo tener 40, 60 o 20, no importa, no es una acumulación, puedo empezar cualquier cosa en cualquier momento, no importa lo que dejé atrás, y cuando se termine, como en la película “La elegancia del erizo” diré: “Lo importante no es morir, ni a qué edad se muere, sino lo que se está haciendo justo en ese momento”.