El que pregunta propone aquí el tema de la conversación, mas no tiene ninguna injerencia en el ritmo, ni tampoco en el clima que resulta. Afuera llueve con ráfagas torrenciales y alguna pausa de garúa. La atención se detiene en las palabras que se van separando entre silencios introspectivos: Carlos Aguirre busca adentro y trae aquí lo que quiere decir, revolviendo las valijas que sean necesarias. Entonces hay un entorno de expectativa sin premura, pero expectativa al fin por escuchar la idea completa. La historia que viene. El aire es todo oídos, mientras habla, cavilando entra las opciones internas, el “Negro” Aguirre.

“Yo tengo una imagen como de una masa que estamos amasando entre muchos, me refiero a la música del mundo, si querés podríamos hablar de lo local, de Paraná, hay un cancionero de Paraná. Hay un cancionero del país con un montón de influencias y todos influimos y somos influidos. Yo relativizo bastante la figura de un referente, ningún músico es un músico total, pero nos ha atrapado en algún aspecto”.

Habla, el “Negro”  Aguirre, de grandes melodistas, de especialistas de la armonía, de maneras disímiles de orquestar, de genios de las texturas y de la canción. Todo se trata de una lectura que relativiza el lugar que le toca, ocupa o le dedican en el escenario actual de la música argentina. “No me la creo, sé que hay cosas en que me he detenido más que en otras, ese podría ser, en el mejor de los casos, un aporte. Tengo influencias de gente más grande y gente bastante más joven, que para mí es saludable. La música tiene una no edad”.

Ésta, en rigor, es una charla que iba a suceder en abril, después de sus tres noches seguidas en Café Vinilo, en Buenos Aires. Tres noches de mucho reconocimiento y celebración. El “Negro” Aguirre, su piano y los talentosos amigos que se sumaron a un repertorio de canciones propias, músicas litoraleñas y pedidos de un público profundamente sumido en el aire y el clima que propone “el piano zen de Paraná”, como tituló La Nación una reseña repleta de elogios, sobre actuaciones anteriores del artista en idéntico lugar.

No se pudo dar entonces y sucede ahora, con una excusa perfecta y de gran interés para que el público sepa y se entere que uno de los creadores fundamentales de la música argentina tiene, en pocos días, dos presentaciones en la zona.

El 14 de julio, en su ciclo de dúos que ya cumple ocho temporadas, Carlos Aguirre va a compartir escenario con la cantora María Silva. Se trata de un reencuentro: tocaron juntos cuando el Negro tenía aún edad de secundario y María volvía de Buenos Aires proponiendo un repertorio desconocido por aquí. Hicieron, más adelante, algunas cosas juntos y registran una canción compartida que se publicó en Arrullos, el hermoso trabajo de Aguirre con la cantante chilena Francesca Ancarolla. Aguirre-Silva, van a tocar en el Auditorio de ATE, en San Luis 2854, ciudad de Santa Fe. Una semana después, en el Club Social de Paraná, organizado por la Asociación Mariano Moreno, el Negro tendrá otro encuentro musical, en este caso con el reconocido guitarrista Ricardo Panizza.

Caminos


La pregunta que dispara buena parte de la charla, es  desde cuándo, un artista de su dimensión, vive de la música. Pero encierra, se verá de inmediato, un número importante de subdivisiones en las diferentes etapas de su trayecto: ¿de su música? ¿de la música? ¿de enseñar? ¿de tocar? ¿de sus discos? ¿del sello que crearon con Ramiro Gallo y Luis Barbiero?

Las respuestas posibles vienen con historias, algunas muy ilustrativas. Comenzamos hablando de Shagrada Medra.

“No está en un buen momento, porque no está en un buen momento el camino que sigue un disco para llegar al público, hay una depresión económica y eso hace que lo primero que se recorte sea el arte. Hay, igual, un circuito en las disquerías nacionales y el sello tiene como una punta en Japón, hay un mercado ahí para la música de cierta corriente que tiene mucha aceptación allá”.

El sello fue pensado, dice el Negro, como un modo de militancia cultural y no como un emprendimiento con la finalidad de hacer un gran negocio. Nadie pensó en vivir, por ahora, de Shagrada Medra. “Con Luis hemos querido ser músicos y no empresarios y eso atenta un poco contra las posibilidades económicas, me parece”, reflexiona.

A los 15 años empezó a tocar en público, lo que vendría a contar que ya desde entonces había algún nivel de profesionalismo en el ejercicio. Un modo de vivir de la música, más adelante, fue dar clases de piano, claro, por lo menos hasta que resolvió una mudanza a una casa de calle Zanni que diluyó la voluntad de los padres que llevaban a sus hijos a las clases.

Perdió todos sus alumnos, salvo uno. “Algo fue como sincrónico igual, porque pierdo posibilidad de ingreso a través de dar clases y fueron apareciendo cosas, yo ya tocaba con Silvia Iriondo y Lucho González, pero surge la posibilidad de tocar en la banda de Luis Salinas”.

Claro que Luis Salinas en aquel momento, al igual que Carlos, no era el músico de reverencia y culto que sería después. Y vivir de su talento tampoco le resultaba sencillo.

“Empecé a tocar un montón, pero me pasaba tocando todo el fin de semana en Buenos Aires y a veces no podía pagarme el pasaje de regreso. Tenía una economía paupérrima, pero por otro lado se fortaleció la idea de vivir de la música. No pasó mucho tiempo de empezar a vivir de mi propia música”.

La decisión definitiva, explica, vino después de una realidad económica que ya no podía empeorar. Eso dio lugar a una reflexión de tipo deportiva: peor no podemos estar, de ahora en más todo va a ir mejor. En el caso de Carlos, la idea fue más lírica: “Peor que esto no puedo llegar a estar, es un buen momento para dedicarme a lo que quiero hacer”.

El resultado, según el Negro,  fue “una etapa bien larga de una crotera importante, pero de mucha felicidad. Empecé a componer con bastante intensidad, mucha música surgió por esos años, en los 90, junto a una necesidad muy fuerte, me la pasaba en mi casa haciendo música”.

 

Fander


Grabar un disco, ya presupone, dice Carlos, la decisión de mostrar lo que uno hace. Y la verdad es que pasó un buen tiempo hasta que pudiera creer el mismo que sus canciones valían la pena. La mirada de Jorge Fandermole fue un faro en ese sentido.

“Tuvimos unos encuentros con Fander, yo más que nada me solazaba escuchando sus nuevas composiciones, hasta que en un momento me pregunta si yo tenía canciones, con mucha vergüenza le mostré dos de ellas, Peces de luz y Los tres deseos”.

Fandermole escuchó y pidió que lo hiciera otra vez, pero en esa oportunidad grabó el resultado. Todo quedó ahí, hasta que un amigo de Carlos llegó un par de meses después con una grabación de un concierto en que Fander había cantado una de las canciones de Aguirre.

“Me parecía una maravilla y pensé que a lo mejor lo que yo hacía podía tener algún sentido. Eso me fue decidiendo a mostrar. Al poco tiempo vino una invitación de hacer un ciclo de dúo en Rosario con él, en un bar que se llama La muestra. Fue un estímulo enorme para ir mostrando unas cosas, terminar otras, fue muy hermoso y me fortaleció en la idea de la composición de canciones”.

Después llegaron sí, los discos, “Crema”, “Rojo”, “Violeta” y entre medio “Caminos” y “Arrullos”. Más adelante “Orillania”.

Cada instancia de creación, cada proceso, tiene una historia, un concepto y opera en el artista de modo decisivo. La finalidad no es el disco o lo que suceda después, sino el camino.

“Cada vez mas pienso en no salir ileso de los procesos, sino transformado. Queda un resultado del proceso que quizá no traduce todo lo que pasó”. En esa óptica, el disco, es para Carlos “una foto”, pero lo valioso es la experiencia que si resultó significativa, necesariamente, te transforma. Te hace otro.

Repertorio y proyectos


Su agenda hoy se divide entre cuatro proyectos que dirige, pero que también incluye su acompañamiento a Sebastián Macchi, en un intenso proceso de manifestar su notable capacidad creativa.

Solo con el piano, el “Negro” Aguirre viene desarrollando un repertorio sobre compositores y músicas del litoral que contempla versiones sobre creaciones de Aníbal Zampayo, Chacho Muller, Edgar Romero Maciel, pero también en diálogo con la obra de compositores más jóvenes como Luis Barbiero, Coqui Ortiz o Matias Arriazu.

Otra de sus facetas está por alumbrar en poco tiempo más un nuevo disco. En eso está el Carlos Aguirre Trío. En febrero, junto a Fernando Silva, en contrabajo y Luciano Cuviello, en batería, estuvieron grabando sus composiciones instrumentales en el teatro Independencia de Mendoza donde se encuentra el piano que Carlos Aguirre elige entre todos los que puede tocar en Argentina. Grabaron durante tres jornadas seguidas, desde la medianoche hasta las seis de la mañana, para ganar el terreno silencioso de la madrugada.

Hay dos proyectos más: un quinteto de guitarra, en etapa de gestación, junto a Luis Medina, Mauricio Laferrara, Sebastián Narváez y Andrés Pardo y una propuesta de percusión y voces de las que participan Gonza Díaz, Luciana Insfrán y Belén Irigoyen.

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora