Por José Francisco Dumoulin (*)

Los acontecimientos sucedidos en la diócesis de Paraná sin dudas marcan un antes y un después.
Aparecieron casos de abusos sexuales, pero también otros abusos, como el del convento carmelita de Nogoya, que tomaron estado público por la divulgación de los medios y que rápidamente se encausaron por la vía judicial.
Pero a pesar de las denuncias de las víctimas en cada uno de los casos, todavía no hay definición.
En la Justicia, además, los procesos iniciados llevan, en algunos casos, mucho tiempo, y en determinadas causas, también se observa un poco de falta de interés, o tal vez un poco de miedo o prurito a quedar mal.
Se trata de causas en la que están involucradas personas de la Iglesia Católica, y a veces, a muchos les cuesta investigar a esta institución y a sus miembros.
En paralelo, se realizan investigaciones en las que la propia Iglesia, con sus mecanismos y normas regidas por su derecho propio, el Código de Derecho Canónico, tiene que dictaminar si es culpable el investigado, y aplicar las sanciones correspondientes a los acusados de abuso.
Se puede entender que los procesos son lentos, que tienen sus dinámicas y sus tiempos, pero que en los casos de los sacerdotes acusados de pedofilia todavía ninguno tenga algún tipo de sanción es lo que llama la atención.
Y aún más cuando en el caso emblemático de abuso de menores por parte de un miembro del clero en Argentina, que involucra al cura Julio César Grassi, todavía la Iglesia no emitió ninguna sentencia.
Esto, sin dudas, genera mucha angustia entre las víctimas, y también entre los fieles católicos, que esperan que la Iglesia dé su veredicto con prontitud, para esclarecer los casos.
Así, la tarea de impartir justicia se hace abusiva cuando se demora y por lo tanto hace más injusto el padecimiento de quien la espera, más aún cuando en esa demora incurre una institución con la trayectoria moral que tiene la Iglesia, con su pregonar tan recurrente exigiendo justicia en otros ámbitos.
Parece una contradicción. O más bien, una burla a toda una sociedad que espera ejemplos concretos, una sociedad lastimada por una cultura que exige o reclama actitudes modélicas, sobre todo de quien propone un estilo de vida tan alto que queda oculto en el silencio y esto da la impresión que adonde apunta es al olvido, a que el tiempo pase y el desgaste genere el desaliento en quien busca la tan ansiada justicia para calmar algo del dolor provocado por un abuso.
No nos olvidemos que no sólo se trata de perversiones sexuales, sino que los abusos han tomado otro cariz, como lo que se cometieron en otras dependencias eclesiales, como las del convento carmelita de Nogoyá.
Esa causa judicial, la del convento, parece también un pasamano de una olla caliente que nadie quiere tomar y hacerse cargo.
Hechos que fueron denunciados concretamente y con todos los detalles de lo que ocurría puertas adentro del convento, y que por no llamar a las cosas por su nombre y no hacerse cargo, se termina violando la libertad de las personas y se las denigra y condena a la más absoluta soledad.

(*) Exsacerdote. Especial para Entre Ríos Ahora.