Por José Dumoulin (*)

Hace mucho tiempo que vengo insistiendo sobre el modo y las actitudes que como Iglesia tenemos que adoptar.
Esto que viene sucediendo desde hace un tiempo atrás no es producto de la casualidad, sino que responde a un modo de proceder y de actuar, anacrónico, que ya no responde a los criterios de nuestra cultura actual.
En todo caso, todo esto debe llevarnos a hacernos algunas preguntas: ¿por qué nos suceden estas cosas o, mejor dicho, en sentido positivo, ¿para qué? ¿Cuál es el sentido? ¿Qué se nos está queriendo decir?
En definitiva, saber leer los signos de los tiempos y esto es lo que tenemos que evaluar, interpretar.
Debemos encarar una profunda reflexión de la misión y vocación, tanto los presbíteros como los laicos.
Hoy más que nunca son los laicos los que tienen un papel protagónico en la vida eclesial, en orden a la misión, hacer presente a Cristo en la sociedad actual.
Hay que revisar de qué modo y con qué criterios se está formando a los sacerdotes; y también de qué modo se forma a los laicos de hoy para responder adecuadamente a las necesidades actuales, salir, como dice el Papa, de una Iglesia autorreferencial.
El sacerdote, que actúa en nombre de Cristo, es una persona pública, que con su testimonio de vida tiene que iluminar y alentar la vida eclesial y social, que llegue a las periferias.
No me preocupa la falta de una sacerdote, como es conocido el caso reciente, del embarazo (el caso de Miguel Ángel Oviedo, vicario parroquia de María Auxiliadora, de María Grande).
Sí me llama mucho la atención que otros sacerdotes, que siguen ejerciendo el ministerio y que son muy conocidos por el obispo Juan Alberto Puiggari, siguen escondiéndolo, siguen sosteniendo una doble vida dentro de la Iglesia.
Esto es mentir, descaradamente: les damos a los fieles un mensaje contradictorio. Asumamos las responsabilidades.
El problema no es tener un hijo. El problema es no hacerse cargo de la paternidad como es debido.
Sí me preocupa, y duele, que no se diga la verdad o peor aún, que se induzca a la mentira, cuando no se quiere asumir la realidad de lo que sucede.
Hay que aprender a llamar a las cosas por su nombre, informar o primeriar con la noticia, ya que cuando hay información clara sobre lo que sucede se evitan comentarios y no se lastiman personas.
Dicen en la Iglesia que los medios quieren destruir a la Iglesia, pero frente a un hecho, si quien tiene que informar no lo hace cuando y como debe hcerlo, el problema no es de quien intenta echar luz sobre lo acontecido. El problema es de quien intenta que los hechos no se conozcan.
Este modo de comunicar también es un aprendizaje que la Iglesia debe asumir.
Un sacerdote decía esto: “Si vos a los medios le das la información correcta, el medio la replica adecuadamente”.
Pero por lo que se ve, eso no se practica.
Esto salió a la luz justamente porque no se informó correctamente. Después, comienza la caza de brujas o se busca el modo de echar culpas a terceros para tratar de remediar lo que se hizo mal. Y recién entonces,y por último, ya con la noticia publicada, se sale al cruce con una versión oficial que redunda sólo en una cuestión moralista.
Quiero por último valorar la actitud Miguel Oviedo, nombre que se conoció en esa versión oficial de comunicación, y de la chica, cuya identidad desconozco, por tener la valentía de asumir las consecuencias y pido a las personas de Iglesia que estén cercanos a ellos para que se los acompañe como se debe a cualquier persona, con el respeto y el cuidado a esa nueva vida.

(*) Expárroco de Santa Rosa de Lima, de Villaguay.