El sacerdote que abusa de un niño o una niña es el mismo que bautiza, que casa a los novios, que perdona los pecados, que representa a Dios, que tiene un lugar importante en la comunidad. La psicóloga Liliana Rodríguez, que integra la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina, asegura que justamente ese rol y la investidura sacerdotal es lo que asegura la impunidad y lo que permite ejercer tanto poder sobre las víctimas que, por miedo a que no les crean, no se animan a contar lo que les pasó y suelen guardar el secreto durante años.

La profesional, que vive en La Plata, contó que el punto de partida de la Red fue la historia de Julieta Añazco, una sobreviviente que descubrió que su abusador, el sacerdote Ricardo Giménez, seguía dando misa en la misma ciudad donde ella vivía. La mujer pidió ayuda a la colectiva feminista Azucena Villaflor, se organizaron y escracharon al hombre. A partir de ese momento, iniciaron un trabajo colectivo para visibilizar el delito y ayudar a las víctimas. Las consultas se incrementaron luego de la apertura de la causa judicial por los abusos en el Instituto Próvolo de Mendoza, que ya tiene a seis imputados en prisión; entre ellos, dos curas y una monja.
La profesional, que también se formó en lengua de señas, habló sobre las graves secuelas que deja el abuso, no sólo a nivel físico, sino también psíquico, aunque subrayó que, con la terapia adecuada, las víctimas pueden superarlas y desarrollar una vida plena. Dejó en claro que la lucha de Red no es contra la fe de nadie, sino contra una metodología que sigue la Iglesia Católica frente a estos delitos, que les asegura impunidad a los sacerdotes y monjas pedófilas por medio de los traslados.
Un delito sustentado en el temor


 

¿Cuáles son las razones por la que a una víctima de abuso le cuesta tanto denunciar?

Por un lado, las situaciones de abuso generalmente no se dan en un marco de violencia, sino de manipulación afectiva, de acercamiento, de cariño y, fundamentalmente, de secreto. Además, son familias muy practicantes de la religión, muy cercanas a la institución, que han depositado su confianza en (ellos para) la educación de sus hijos o hijas. Esto hace más impensable que esto suceda, entonces estamos hablando de estafas afectivas y morales de quienes están detrás de estos delitos. Muchas veces, las víctimas no se animan a contar por diversos temores: a destruir la familia, a qué pasará si lo cuento, a que no me crean. También sienten vergüenza y culpa, que inocula el abusador. Por todo eso es que estos niños o niños no hablan, no lo ponen en palabras, pero esto no quiere decir que no lo manifiesten de diferentes formas.

¿Agrava la situación que el abusador sea un sacerdote o una religiosa?

Ese es otro aspecto importante que ayuda a entender la gran dificultad de las víctimas de poder hablar, de por qué lo hacen cuando son grandes. La figura de quien abusa es una figura importante, tiene una autoridad, por eso es un abuso de poder absoluto, es una persona que tiene un carisma, un lugar social en esa comunidad. Entonces, ¿cómo pensar que esa misma persona es quien abusa, y como reafirmárselo a quien ha padecido esta situación, que genera muchas confusiones y preguntas? Entonces, el rol y la investidura sacerdotal aseguran la impunidad. Todo esto tiene que ver con las dificultades de comprender el fenómeno. No nos olvidemos de que ese mismo sacerdote es el que bautiza, el que se acerca a los enfermos, el que casa, el que perdona los pecados, el representante de Dios. Pero también es el que abusa y eso produce socialmente un movimiento que además está reforzado por la institución Iglesia, en la medida en que plantea que los sobrevivientes tienen un interés de tirar abajo la imagen de la Iglesia, intereses económicos, y eso no es así en absoluto. Ninguna persona expone testimonios tan crueles y reales de situaciones de abuso por intereses que no sean la búsqueda de verdad y justicia. Si hay un denominador común que se repite entre las víctimas es que todos tienen como objetivo parar con los abusos y que no haya más niños que pasen por esta situación.

¿Cuáles son las secuelas que deja el abuso?

Una situación de estas características produce un trauma que deja huellas sumamente importantes, que no se terminan cuando dejan de ver al abusador, porque la manipulación, la tortura, el estar sometido a secretos son cuestiones que han internalizado. El poder del abusador sigue funcionando, así no lo vean. La culpa, la vergüenza de hablar de este tema sigue funcionando en la medida en que no haya un proceso terapéutico que permita ir viendo que no han tenido responsabilidad, que no provocaron, que la responsabilidad absoluta es de quien comete el delito. Por eso, una de las cuestiones fundamentales es que cualquier persona que sea la primera que escuche el relato de un niño o una niña le crea, lo escuche, porque confió en ella. Si no es así, esto hace que tarden mucho tiempo en volver a hablar.

¿El tratamiento terapéutico permite superar estos traumas?

Trabajar terapéuticamente estas marcas que ha ido dejando el abusador requiere de acompañamiento psicológico. Nadie, ninguna persona puede revertir estas terribles historias por sí misma, se hace acompañado, porque, además, las marcas que dejan no son siempre físicas, son marcas y huellas emocionales. En esta sociedad se tiene sobrevalorado el dolor físico y se descalifica o minimiza el dolor emocional y, en realidad, el dolor emocional y psíquico suele dejar secuelas graves, muchas veces intolerables.

¿Cuáles son las dificultades y los traumas que se deben tratar?

Muchas veces, los abusos van generando en el crecimiento dificultades de atención, desconfianza, aislamiento, baja autoestima, sensaciones de suciedad; llegan a comportamientos autoagresivos, a depresiones, a intentos de suicidio. También hay secuelas en relación con su propio cuerpo: suelen aparecer dificultades en la vida sexual, sobre todo para poner límites, para decir que no. Sería como un exceso de tolerancia a situaciones que generan malestar, también sensaciones de disociación, como que el cuerpo va por un lado y las emociones por otro, y esto tiene que ver con que el cuerpo ha sido tomado como un objeto de placer de un pedófilo, que esa persona no fue tenida en cuenta como un sujeto, y muchas veces se refleja en la relación que estos sobrevivientes tienen con su propio cuerpo. Hay personas que de pronto son adultas y todavía les cuesta desvestirse o ver su cuerpo desnudo o, por el contrario, tienen una necesidad de exhibir su cuerpo desnudo. Por eso es tan importante el proceso terapéutico, el acompañamiento para trabajar esas secuelas, para poner en palabras las emociones. Si eso se hace, claro que pueden llevar adelante una vida, proyectos, ser felices y reírse. Creo que ese es el gran desafío para poder pasar de ser una víctima a ser un sobreviviente, aquellas personas que pueden trascender lo que han vivido para juntarse con otros y otras y puedan transformar eso en una causa de lucha, en la necesidad de parar con esto que cada día aparece de manera más desgarradora.

Estas secuelas y problemáticas, ¿se agravan en el caso de los niños y niñas del Próvolo, que son sordos?

Esta es una situación mucho más complicada, porque qué mejor lugar se puede pensar para estos curas y monjas pedófilos que uno que brinda supuestamente enseñanza a niños y niñas sordas, algunos de los cuales están lejos de sus familias. Pensemos en cuánta mayor facilidad para la manipulación, el aislamiento, cuánta crueldad en no respetar el derecho de utilizar su lengua, que es la lengua propia de las personas sordas, de una comunidad, lengua desvalorizada por esta sociedad de oyentes que hace que se establezcan relaciones jerárquicas de poder de los oyentes sobre la comunidad sorda. Esto llega a tal punto que el Estado no cumple con las leyes, es decir, que en todos los lugares que dependan del Estado haya disponibles intérpretes para lograr la accesibilidad de las personas sordas a todos sus derechos. Creo que el Próvolo pone la lupa también sobre eso, de lo cual es responsable el Estado, pero que también debería ser un llamado a hacernos preguntas como sociedad, sobre todo, en lo que tiene que ver con la inclusión. Somos los oyentes quienes deberíamos intentar aprender a comunicarnos. Prohibir a una persona sorda utilizar la lengua de señas indudablemente es un maltrato; acá tenía además otros objetivos muchísimo más depredadores.

Abusos sistemáticos


¿Cuál es el perfil de un abusador?

Desde la psicología no los entendemos como personas enfermas de ninguna manera, entonces mucho menos se puede hablar de cura. Los sacerdotes y las monjas pedófilas son absolutamente conscientes de lo hacen, lo planifican. Quien abusa no lo hace sólo una vez, lo hace sistemáticamente, mucho más en instituciones cerradas, como en los casos de público conocimiento. Eligen a las personas más vulnerables, aquellas que pueden manipular con el tema del secreto, con el cariño, con “jugar” con la figura de padre y madre, como si fuesen sustitutos cariñosos y protectores, cuando en realidad es la preparación para cometer un delito, que en definitiva es la preparatoria para lo que luego va a ser la impunidad, porque el secreto, la culpa, la vergüenza, el que no le van a creen, todo esto que inoculan es lo que les asegura su propia impunidad. Y luego, la institución Iglesia se encarga de completar el circuito con los traslados a otras localidades, donde comienzan a ejecutar el mismo delito. Por eso nos encontramos con tantas generaciones que han sido abusadas por curas y monjas.

¿La apertura de una causa judicial, como la de Mendoza, repara de alguna forma a las víctimas?

Sin duda, las causas en la Justicia ordinaria y la sanción social son formas reparatorias de estos delitos frente a la impunidad que genera el derecho canónico y a la no respuesta y a la cantidad de falsedades de la Iglesia católica frente a este tema. Siempre es una reparación que se llegue a juicio y que haya una condena, porque esta Red (de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico) de ninguna manera es una sumatoria de casos, sino que cada integrante representa una causa más de lucha contra la impunidad de una institución que lleva adelante atrocidades desde hace siglos.

 

Fuente: Unidiversidad, publicación de la Universidad Nacional de Cuyo.