Tengo que recordar, dice Pedro Mairal, que escribir me hace bien. Y pone el punto final después de uno de los relatos que integran su libro más reciente, “Maniobras de evasión”, desplegado en rededor de una pregunta: ¿Qué hace un escritor cuando no escribe?

No es que Mairal se haya hecho ese interrogante, probablemente lo hizo su editora –Leila Guerriero- una vez ordenado los más de 20 textos reunidos en relación a las situaciones, elucubraciones, aventuras, experiencias, viajes y angustias que atraviesa el autor mientras no lleva adelante un plan y escribe relatos desnudos de pretensión imperecedera. Los textos asoman como troncos salvadores para aferrarse y soportar la correntada de los días hasta que asome otra cosa, como un bote con estructura de novela.

De rama en rama, en la intemperie, Mairal va haciendo un camino que trasciende las ideas tortuosas, para reírse un poco de esa situación y observar, también, que no está tan mal la travesía y hasta puede analizar que la libertad de internarse en una historia, como las narraciones de la escuela, de “tema libre”, también puede ser una cárcel. Un proyecto de novela puede ser una cárcel.

En cambio, responder a los pedidos urgentes de editores, ir de rama en rama y publicar textos que se escriben contrarreloj, ofrecen un alivio inmediato. Justifican al autor que, de momento, no ve la estructura del bote. En ese tránsito, Mairal despliega su talento para narrar con la fluidez de la corriente -a favor y adversa- y generar empatía y cierta complicidad con el lector, munida de secretos susurrados, intentos de seducción y arcadas de angustia en un balcón oscuro.

Tengo que recordar, dice Pedro Mairal, que escribir me hace bien. Lo dice aunque a veces se envuelva con una bufanda en la silla para estarse quieto frente a la tarea o escriba en un papel cada una de las excusas que se le ocurren para no escribir. Cada una de las maniobras de evasión.

La reunión de textos publicados en diarios o medios digitales, llevados a formato libro, a veces funcionan, como el caso de la nueva obra de Mairal y a veces no. A veces dejan sabor a poco.

Decía el escritor Marcelo Birmajer, hace una semana en una entrevista radial, que sus cuentos publicados periódicamente en Clarín no tienen vocación de libro. Si existe en ellos algún nivel de profundidad, explicaba, es casi involuntaria. Fueron hechos y escritos a contratiempo, pensando en el papel del diario que se prenderá fuego antes de cumplir tres días de antigüedad.

La reunión de esos materiales en la formalidad -con aspiración eterna- del libro, a veces, le restan el encanto de lo fugaz. Se lo arrancan. Refiero al encuentro espontáneo de una lectura que asoma en una web o en el diario y te mejoran el día. El lector elige y vuelve a buscar al autor y va leyendo otras sorpresas, agradecido. Algo así como leer a Fabián Casas en TP o Hernán Casciari en un posteo que te invita a pasar en redes sociales. Pero cuando esos textos vienen todos juntos, a veces pisándose los temas y los talones, en un mismo libro, el encanto se diluye y queda esa sensación, de gusto a poco.

Sucede, generalmente, con escritores consagrados, pero se replica en otros menos conocidos. Las editoriales, imagina uno como lector, les solicitan ese material que con la firma en grande del autor se vende solo, a veces a costa de la desilusión. Ejemplos hay un montón, seguro. Recuerdo aquí y ahora “Corazones desatados” de Jorge Fernández Díaz, una reunión de textos publicados en La Nación con historias de amor. Más fresco y reciente es el caso de la exitosa guionista Carolina Aguirre con “El amor, el amor, el amor”.

Aguirre había publicado las notas que integran el libro en La Nación, luego de ganar muchísima popularidad a raíz de escribir para TV en las mejores tiras del prime time de la Argentina. Y los relatos van por su historia y su oficio y tienen momentos deliciosos y otros bastante oscuros, desplegados con una agilidad televisiva. No pierde, Aguirre, interés del lector en el minuto a minuto. Sin embargo, el ir y venir, de textos que se pensaron individualmente a pronta entrega y terminaron reunidos, tal vez sin proponérselos, a veces pueden provocar la sensación de “esto ya lo sé”, “ya me lo contaste” y, además, “me habías maravillado en el diario y ahora no sé que me pasa, pero es distinto”. “No sos vos, soy yo”.

Cosas por el estilo.

El comentario, a modo de ejemplo además, no resta hacer la experiencia, hay muchos libros que reúnen textos ya publicados en otros soportes y algunos pueden resultar mejores o peores.

El caso de Mairal, me parece, le esquiva a esa definición de juntar y publicar, hay una búsqueda, en algún punto conmovedora, de levantar las armas, los puños, la mirada y defenderse del estado de incertidumbre y tristeza. Hay un gesto de dignidad, que no se recuesta en una pose, sino en la necesidad de seguir, de hacerlo, en principio por esa frase del inicio: “Tengo que recordar que escribir me hace bien”, que podría ser “necesito escribir para no venirme abajo”.  Y Mairal escribe.

Y ese libro es un triunfo. Un triunfo memorable.

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora