Alguna vez esta habitación estuvo envuelta en una nube de humo, pero ya no. El dibujante dejó el cigarrillo. Un tablero domina la escena y allí se ven unos dibujos que desafían su origen natural: nacieron para estarse quietos, pero se mueven. Tienen acción. Arriba del tablero, pegado en la pared, como una espada de papel, se marcan las fechas de entregas de cada capítulo.

El estudio de Lisandro Estherren está sobre la esquina de la ochava en el primer piso, debajo funciona una carnicería. Mientras el carnicero hace su molienda, Estherren se inclina sobre el tablero y crea esas criaturas que no se quedan quietas en el papel. Ahora, sin ir más lejos, está con una historia de vampiros que transcurre en el sur de Texas. Se publicará en unos meses bajo el sello Skybound y tendrá millones de copias que recorrerán los quioscos de todo Estados Unidos. Después vendrán otras series de capítulos y otra más: Estherren, calcula, tiene comprometida su agenda de trabajo sobre ese tablero hasta 2018.

Hay una biblioteca que revela el nivel de orden y, de cierta obsesión también, que perfilan al artista. Ahora cuenta las peripecias del camino de un dibujante de comics e historietas nacido en Paraná y apoya cada una de las fases con la publicación que la referencia. No demora un minuto en encontrar la revista o el fanzine, sabe donde está cada cosa. La calidad de las publicaciones es notable y la amplitud de su alcance también: ha trabajado con uno de los guionistas más importantes del continente, Rodolfo Santullo, por lo menos en dos libros para atesorar: Echenique –adaptación de Manual de perdedores de Juan Sasturain- y La ilustre fregona –adaptación de la novela ejemplar, de Cervantes-, pero también ha hecho otras historias para Pictum, para editoriales de España y para Boom! de Estados Unidos, entre otras.

Estherren trabaja desde esta habitación, en calle Laurencena, para la industria del comics mundial. Luego de una búsqueda paciente y tortuosa, ha logrado dedicarse de lleno a su oficio: vive de dibujar para allá desde aquí, pero es además de eso un artista que proyecta sus propias historias, apuesta a ganar con el trabajo de hoy, el tiempo y el espacio que le permitan construir sus propios proyectos mañana.

La imaginación de Estherren está súper entrenada, es en el lugar donde cabe la imagen de cualquier historia, incluyendo a pistoleros, monstruos, superhéroes y detectives. Hace un rato contaba con suma naturalidad la trama de una de sus últimas publicaciones: un asesino retirado y con alzheimer sufre el acoso del pasado que lo viene a buscar. Necesita, entre los baches de la enfermedad, detectar las claves del misterio que lo persigue para acabar con él. Los guiones que llegan a su mail, con las indicaciones adecuadas para hacer el trabajo, no van a tomar desprevenido a un lector como Estherren.

El origen de la trama propia, viene a través de las revistas que todavía conserva y compraba en el quiosco a media cuadra de casa, cuando vivía en Ramírez casi DuGraty. Lupin, Patouruzú, esas cosas. Pero Estehrren nació en el 80 y antes de la adolescencia ya se cruzó en la tele con He-Man o Trasformer, aunque la magia que remontaba con más fuerza las ganas de hacer algo así, la encontró en la pantalla gigante de la Sala Mayo. Películas como Criters o Viaje insólito tenían efectos secundarios en él: volvía a casa y creaba sus propias escenas en unos cuadernos rayados. Ahí ya no podía parar. Los personajes de una película, podían actuar en otra y cambiar de papel. Lisandro era el director de un film por cuadros que transcurría en la hoja. Así, también, nació Man-fire, un superhéroe que inventaba sus dispositivos para luchar por el bien y disparaba bolas de fuego. Fueron más de 25 cuadernos que no veía casi nadie, porque al filo de la adolescencia, dibujar y dibujar así parecía cosa de niños, cuando uno ya tenía que enfilar en el camino de ser otro, más grande.

EL HEAVY Y EL DISEÑO.

Habrá tenido, calcula, 13 o 14 años cuando fue a la casa de un amigo del barrio y el hermano mayor, que escuchaba heavy, les enseñó un disco de Pantera. Boom.
“Me voló la cabeza”, dice Estherren. Empezó a ensayar sobre los sillones de casa sus primeros golpes de baterista, después vivió su primer e inolvidable recital en vivo de Sudaca y a los dos años logró que le compraran un instrumento de verdad. Es la batería que preside hoy el cuarto contiguo de este estudio.
“Quería dedicarme a la música. Después de los 20, yo pensaba que un proyecto, con mucho trabajo, podía ir para algún lado, pero la verdad es que desde acá era bastante difícil de sostener”. Colgó los palillos, por un tiempo.

Ya había elegido por diseño gráfico, pero hubo una docente y una materia en particular que lo devolvieron al asunto escondido en los viejos cuadernos de la infancia.

“Fue como un momento de iluminación. Teníamos que estudiar historieta y para mi era una locura. Empezamos a ver grandes artistas del cine, la animación, la historieta y eso me cambió la cabeza, sentí que no había estado equivocado, que era una forma de arte, que no era para niños, me encontré con que había grandes autores, que era un lenguaje y se podía estudiar sus mecanismos”, dice Estherren y diferencia, claro, que era bien distinto dibujar historieta a principio de los 90´ en Buenos Aires o Rosario, donde había una movida fuertísima al respecto, que intentar adentrarse en ese universo en Paraná, donde se veía tan lejano como imposible. Estudiar los procesos y la historia del género, cambiaron, entre otras cosas, esa visión por completo.

Con Lucas Mercado, Lilian Almada, José Guyot, Nicolás Vallejos, entre otros, comenzaron a trabajar en Tripulantes, una revista de comics e historietas que circuló por Paraná y Santa Fe. La llevaron, además, a la convención Leyendas 2005, en Rosario, donde confluían especialistas del género, guionistas y dibujantes.
No era imposible. Ya no.

Internet aún no tenía las facilidades de las redes sociales, pero a través de algunas páginas digitales llegó a una bolsa de trabajo para dibujantes. Los primeros encargos pagos salieron de ahí. “Hice 14 paginas de un western, era una antología que salió recién en 2011, yo la había hecho en 2005, cuando estaba aprendiendo muchas cosas, verlo publicado no fue fácil”, dice y se ríe.

Vivir del dibujo no parecía nada sencillo. Lisandro se recibió y empezó a dar clases. Hubo, por así decirlo, un par de instancias clave: uno de ellas se dio a través de una beca de la Fundación Bersa. Tenía que hacer una novela gráfica con la ayuda de un tutor. Eligió Estehrren al maestro Eduardo Risso, uno de los dibujantes más importantes del país, con gravitancia en el género tanto en Europa como Estados Unidos.
“Ya ir al estudio de Risso en Rosario fue una locura. En una sola vez me dio un montón de data, me dejó pensando meses, en el trabajo del historietista, en cómo tenía que hacer las cosas. Además, yo me identificaba con su estilo”.

El mismo Risso fue el impulsor de la ya famosa cita anual de la historieta y el comics Crack Bang Boom, en Rosario. A partir de 2010, en ese lugar, se concentran los protagonistas del género y representantes de las editoriales más importantes. Asoman las oportunidades. De esos encuentros surgieron chances para que Estherren pudiera mostrar la potencia de sus trabajos.

Vino Echenike, la chance de trabajar con Santullo, vinieron publicaciones en Estados Unidos, una revista con historias de terror para España y tantas otras más. Llegó, también, la posibilidad de trabajar para Boom!, una sello gigante de EE.UU y ahí está lista para salir The Last Contract, con dibujos de su firma.

“En el medio haces muchas pruebas. Y las pruebas no se pagan, trabajás, mostrar tu carpeta y por ahí no te eligen, no quedas, antes me lo tomaba muy mal, personalmente, me castigaba, soy horrible, pero después entendés que no es tan así, te das cuenta que por ahí es una cuestión de estilos y punto”.

Hace ya más de un par de años que Estherren se dedica, varias horas por día, a trabajar sobre el tablero, en lápiz primero, en tinta después. Un capítulo se traduce en un mes de trabajo, con sesiones de dibujo que alcanzan diez horas por día. Ahí arriba está la espada de papel, con sus fechas, pronta para caer de punta.

“Vas agarrando oficio, antes me ponía a estudiar mas, a componer, ahora sentís que tenés que cumplir con lo pactado, vas negociando entre el preciosismo que querés poner a tu trabajo y los tiempos que te comen el hígado”, resume.

A los 24, dice, soñaba con esta agenda de ajetreo, pero hoy sueña conseguir de este empeño la posibilidad de hacer sus propias criaturas y sus propias historias. En el 2006, Estherren tuvo el raro privilegio de ganar la bienal de Santa Fe en dos disciplinas: historieta y cuento. Escribe, guiones y cuentos.

“Tengo muchos proyectos y estoy necesitando que eso salga. Pero para lograr eso tenés que trabajar de esta forma y comprar tiempo para hacer después lo otro”, dice ya casi a modo de conclusión, cuando la entrevista se va terminando. Estherren mira el tablero que lo espera, impaciente y la espada de Damocles que pende de una cinta. El carnicero de abajo prende la sierra y corta. Ya es mediodía.

Julián Stoppello
De la Redacción de Entre Ríos Ahora