Te juro por los dos que me cuesta la vida/ que sangrará la herida/ por una eternidad”, se podía escuchar en los parlantes del Peugeot 504, que viajaba a 100 km por hora, de camino a algún lugar de la costa.

Tengo una notable facilidad para retener letras, de buenas canciones y de muy malas también. Dudo que mi capacidad, casi secreta, sirva realmente para algo.

Tenía un amigo que se doblaba los cuatro dedos de una mano hasta recostarlos sobre el antebrazo como si fueran de goma y tampoco, me parece, le habrá sido de mucha utilidad, una vez que cumplió 14 años o que ya todos conocíamos su destreza.

Yo retengo letras y me acuerdo de que en esos viajes al mar mis padres intercalaban en el pasacassette del auto tres cantantes: María Martha Serra Lima, Julio Sosa y Sergio Denis.

“La odio por el daño de mi amor desecho/ y por una duda que me escarba el pecho/ no repitas nunca lo que voy a decirte/ rencor tengo miedo de que seas amor”, cantaba El Varón del Tango y mi viejo manejaba inspirado por alguna ruta provincial de Buenos Aires.

Después, podía venir Sergio Denis o volver María Martha. Quizás, alguna vez, en la cajita donde viajaban los cassettes se filtraba José Luis Perales o el Puma Rodríguez. También estaba Serrat, con Cada loco con su tema, pero de él solo se veía la cajita y no había rastros del cassette.

Junto a esas canciones, especialmente por los tangos de Sosa y los boleros cantados por María Martha, me adentré en la magia del sufrimiento. La belleza que encierra que te abandonen. Podía imaginarme no ya solamente el advenimiento de un amor, sino la tristeza profunda e inspiradora de su abandono para cantar, por ejemplo, con la garganta quebrada en la imagen lluviosa “que allá en el otro mundo/ en vez de infierno encuentres gloria/ y que una nube de tu memoria/ me borre a mí”.

Eso era sufrir bien, con altura, con orgullo.

Pero yo no tenía chica, ni me habían dejado. Igual, sonaba la guitarrita del trío Los Panchos y me daba por compartir esa melancolía endulzada que perfumaba el auto, junto al humo reunido del Jockey de mi padre y el Le Mans de mi madre. También, matizado, con una tenue reminiscencia a jamón que provenía de la conservadora.

Sé todas las canciones de ese disco de grandes éxitos de María Martha y también los mejores 20 tangos de Julio Sosa. Sé de memoria el comienzo recitado de La cumparsita que mi viejo repetía sin terminar de aprenderse todo el verso y “Como toda mujer me emociona, una flor, un poema, mil cosas”. En fin.

En el verano de 1992, por primera vez, me fui de vacaciones solo.

Tenía 15 años. Mis amigos ya habían salido para San Bernardo, mientras yo trataba de convencer a mis padres de que me dejaran ir aunque sea cinco días. A mi madre le parecía que era demasiado chico para salir solo de viaje y a mi padre le parecía demasiado cara mi experiencia, sobre todo porque en enero del 92´ estaba en vigencia la Ley 8.706 firmada por Mario Moine, que dejaba en la calle a más de 2500 estatales.

Mi viejo convivía con el fantasma de ese sonido sutil y aterrador de un sobre que resbalara por debajo de la puerta. Esperaba el telegrama. Frente a semejante temor, gastar unos pesos para que su hijo se fuera de vacaciones, era menos que nada y finalmente concedió. Los dos concedieron.

Mi vieja me dejó al atardecer en la Terminal vieja atestada de coches que salían para la costa y me subí a uno de esos colectivos dudando si era exactamente ese el que iba a San Bernardo o si me había equivocado en el primer paso.

Siempre asumí en los viajes una serie de dificultades que debía superar, algo así como el precio de lo bueno: subir al colectivo correcto, bajar en el lugar indicado, recuperar el bolso, llegar a la casa sano y salvo. Imaginaba todo tipo de extravíos, de peligros y amenazas en cada una de esas circunstancias.

En fin, estaba en el colectivo, seguramente con una expresión de pánico contenido, porque un grupo de chicas, más o menos de la edad de mi hermana mayor, resolvieron adoptarme mientras durara el viaje. Me explicaron que si bien el colectivo decía Mar del Plata paraba en todas las localidades de la costa, me cebaron mate, me convidaron galletitas y me conversaron en buena parte del trayecto.

A la mañana del día siguiente, cuando descendimos en una estación de servicio gigante, con un shopping incluido, ya sentía esa dosis de autosuficiencia que me hacía ver mejor, más grande y contento con la experiencia. Tomé un café con leche con medias lunas y escuché arrobado la música funcional de lugar.

Entonces pensé en la chica que me gustaba y en todo lo que me animaría a decirle si la tuviera, en ese momento, en mi mesa de hombre libre. Ni los sicarios de Pablo Emilio Escobar Gaviria me harían confesar cuál era esa canción que sonaba en el shopping y que tarareo, dicho sea de paso, en este mismo momento.

Todo salió más o menos bien. Llegué a San Bernardo, me emborraché por primera vez, fuimos a la playa, nos alimentamos a galletitas con picadillo y arroz. Nada extraordinario. Volví otra vez solo a los cinco días y esta vez conocí en el colectivo a una nadadora que se llamaba Alejandrina y a la que me reproché por un lustro no haberle pedido el teléfono cuando bajó en Santa Fe.

De regreso a casa, el telegrama todavía no había llegado. Y yo ya tenía mi propio repertorio de canciones de viaje y un par de historias que no fueron a ninguna parte.

El resultado más favorable de la experiencia aconteció un mes después, en el inicio de clases: al colegio había ingresado una preceptora nueva, se llamaba Manuela y mis amigos morían por la conjunción resultante entre su sonrisa súper simpática y el calce perfecto de sus jean. Tuve que reconocer, aunque sin mucha convicción para sembrar la duda, que apenas la conocía, cuando adelante del resto de la clase mi amiga de viaje, la que me había convidado mate, tranquilidad y galletitas, me saludó por mi nombre y con un abrazo, como esos que se dan los que vivieron alguna aventura juntos, alguna vez o, al menos, el principio de una: el despegue.

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.