La situación de “El Diario” de Paraná es cada vez más crítica.

Los trabajadores apenas han cobrado el 25% de los salarios de marzo y cobra más fuerza entre la centena de empleados del tradicional matutino paranaense que hay una situación de “lock out” patronal.

Y los cuestionamientos por esa situación no alcanzan sólo al empresario rosarino Ramiro Nieto y a la familia Etchevehere, que figuran en los papeles como sus dueños.
Este jueves por la noche, los trabajadores de “El Diario” iniciaron una protesta inusual: “armaron” la tapa de este viernes contando quiénes son los verdaderos dueños del periódico y de qué modo el exgobernador Sergio Urribarri se apropió de la mayoría accionaria.

La “tapa” circuló por las redes sociales y provocó un verdadero escándalo.

El nombre de Urribarri sonó siempre como el armador detrás de las caras de Nieto y Etchevehere, pero comenzó a cobrar más fuerza después de la salida a la calle del libro “El Clan”, del periodista Daniel Enz, que cuenta el ascenso político pero por sobre todo económico de la familia del actual presidente de la Cámara de Diputados.
Uno de los capítulos del libro está dedicado a la operación de compra de “El Diario” de la que participaron los diagramadores de la campaña de propaganda del urribarrismo, Ignacio Rosario Labarba, Sergio Gómez y el diputado provincial y exministro de Cultura, Pedro Ángel Báez.

Esto es lo que dice “El Clan”:

“Tenemos que comprar El Diario. Eso nos está faltando”. El objetivo era claro en el grupo de poder. Pedro Báez, Rosario Ignacio Labarba y Sergio Fabián Gómez entendían que allí estaba la clave. Tenían controlado LT14, Canal 9, el diario Uno y disponían de buenos acuerdos con Canal 11, en una relación fluctuante y algo sanguínea con Báez, además de la mayoría de los medios de la provincia. En algunos casos, aunque parezca absurdo, las tapas de los periódicos se terminaban de aprobar en las oficinas de Información Pública, a última hora de la noche y volvían a la Redacción con el visado correspondiente. “Esto sí, esto no”, decía el propio Báez o bien alguno de sus colaboradores directos. Y era palabra santa. Algo parecido sucedía con los noticieros de los canales y en especial en Canal 9 de Paraná, en función de los negocios con el juego en la provincia del empresario Jorge Pérez.

Más fácil la tenían con los sitios webs: cuando aparecía una noticia que no era del gusto del responsable de la DGIP o del gobernador, Báez llamaba directamente y daba escasos segundos para que esa noticia desapareciera de la portada. Y así sucedía. El que resistía, sabía que iba a perder las pautas oficiales. No había margen para la explicación o la discusión. Y el cronista que escribió esa nota podía pasar automáticamente a cuarteles de invierno en esa web o se le iba a levantar un programa de radio o de tv, como castigo por molestar al poder urribarrista. A veces ni era necesario que Baez lo pidiera. Siempre hubo más papistas que el Papa en determinados medios y el castigo llegaba de modo automático. Sin medias tintas.

(…) El conflicto con el campo había puesto al viejo matutino al servicio de los intereses ruralistas. “Urribarri anda loco con todo este tema y no se banca más las tapas de los Etchevehere”, repetía el número uno de Información Pública. Encima, no desconocían que la situación financiera del periódico era preocupante, aunque sabían también que los socios disponían de cifras millonarias en el exterior, que no estaban dispuestas a tocar por nada del mundo. Era el ahorro familiar.

Hacía un buen tiempo que los Etchevehere querían vender la totalidad accionaria o la mayoría. Más aún después de la muerte del ex director Luis Félix Etchevehere, en septiembre de 2009, que era quien más resistía a la venta y garantizaba cierta libertad editorial que no sucedía con sus hermanos Arturo Roosevelt o Ivar Raucho Etchevehere. En realidad, a estos últimos nunca le importó demasiado el diario. El primero lo usó, en todo caso, para sus intereses políticos o empresariales. El segundo, un personaje más ligado a la cuestión intelectual y siempre alejado de los negocios, directamente fue ignorado y ninguneado por sus hermanos, por lo cual optó por irse a vivir al Uruguay a fines de los ’80. El periodista Jorge Riani lo definió muy bien en un reportaje que le hizo para la revista Análisis en el 2014 y que generó una notable repercusión: “Lector, rebelde, playboy, contestario, bohemio, Raucho demostró una temprana aversión por los eventos de la alta sociedad, por las fotos en los medios de propiedad familiar y por los títulos superlativos que anteceden los nombres propios, como el doctor. Vivió la tragedia de cerca, con la temprana muerte de su primogénito y con el suicidio de otro hijo adolescente”.

El selecto grupo comunicacional le llevó la idea a Urribarri y le gustó. Comprando la mayoría accionaria se garantizaban buena parte del control de la información, puesto que, como suele suceder, los medios más pequeños van detrás de la información que publica la prensa escrita.

–¿Y a quién buscamos para esto? -preguntó Urribarri.

–Pensamos en Walter Grenón o en Miguel Marizza. Los dos están identificados con nuestro proyecto y seguramente no tendrán problemas.

–Me gusta más Grenón. ¿Pero ustedes están convencidos de que existe esa posibilidad de venta? -insistió Urribarri.

–Absolutamente. Tenemos que bajar la bandera y avanzamos a pasos agigantados.

Tres meses les llevó la negociación con los dueños: Arturo R. e Ivar Etchevehere decidieron vender sus acciones y solamente permanecía en el negocio la tercera socia, Leonor Barbero Marcial, viuda de Luis Félix Etchevehere. “Hacía un buen tiempo que Arturito y Raucho querían vender sus acciones; mucho antes de que falleciera Zahorí (como lo apodaban a Luis F.). Si no lo hicieron fue porque nunca hubo una propuesta concreta y porque Zahorí se negaba rotundamente. Siempre se respetó mucho su figura, su historia y eso también incidió, porque desde el ’82 Zahorí se puso El Diario al hombro y los hermanos prácticamente no tenían injerencia en las decisiones”, indicó un hombre de años de antigüedad en el matutino de calle Urquiza. Incluso, fue quien ubicó en la estructura a dos de sus hijos, Sebastián y Juan Diego Etchevehere, aunque ninguno mostró la proyección que alguna vez tuvo su padre Luis cuando don Arturo J. Etchevehere -el viejo caudillo de la familia- lo incorporó al diario. El hijo mayor de la familia, Luis Miguel, se dedicó al campo a poco de recibido de abogado -profesión que nunca ejerció- y por esos días lideraba la Sociedad Rural de Entre Ríos. El segundo, Sebastián, terminó su carrera de abogado en Buenos Aires y llegó por decreto familiar y no por mérito propio a secretario de Redacción, después de pasar sin pena ni gloria como fugaz corresponsal del diario La Nación en Entre Ríos. Tampoco se desempeñó como letrado. El hermano menor, Juan Diego, se ubicó al frente de la Distribución del periódico. La única mujer, Dolores, es también ingeniera agrónoma, vive en Buenos Aires y colaboraba en La Nación en temas agropecuarios. Sebastián, por gestión de su padre, logró un cargo menor en la estructura de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) y otro en una subsidiaria de dicha entidad, como la Asociación de Editores Digitales de Argentina (AEDiA). La corporación empresaria tuvo por varios períodos a Luis Félix Etchevehere como su presidente y hasta con cargos en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Nunca ejerció como periodista, pero era un moderado editorialista de su medio y un buen operador empresarial en su ámbito, por lo cual logró posiciones de poder en las organizaciones periodísticas.

(…) Gómez y Labarba quedaron al frente de la tarea de buscar un director dócil al gobierno. Los dos asesores de Urribarri acudieron entonces a la consultora estrella de los Kirchner, Doris Capurro. En un encuentro mantenido en Buenos Aires, Capurro les sugirió el nombre de Alberto Elizalde Leal, que en ese momento era uno de los redactores del semanario kirchnerista Miradas al Sur, que dirigía su amigo Eduardo Anguita. Elizalde Leal había sido un hombre clave en la creación de Página 12. Llegó a la dirección de El Diario con la experiencia periodística que asumió, principalmente, después de haber sido un preso político durante toda la dictadura cívico militar.

Elizalde Leal tejió una buena relación con los redactores históricos y eso, y más que nada su “falta de colaboración” con la causa del gobierno, molestó profundamente a Báez, quien no tardó en torpedear al nuevo director.

Báez comenzó a apretar con la publicidad oficial y más tarde con la posibilidad de cortarle a Grenón el beneficio de los códigos de descuento si no sacaba a Elizalde Leal de la dirección. El gobierno de Sergio Urribarri iba por más. Quería el manejo absoluto del casi centenario diario. Báez pidió que a Grenón que retire de sus cargos a todos los antiguos jefes y personas con decisión, y en su lugar puso a militantes peronistas o periodistas dóciles.

Pero las cosas no salieron como Báez pretendía. Elizalde Leal enseguida entabló buena relación con los periodistas de la Redacción, insufló ganas de trabajar en un equipo que venía apenas cumpliendo e intentó hacer periodismo, secundado por Jorge Riani y Gustavo Werner, de mala relación con el funcionario urribarrista. En un principio, Elizalde viajaba todas las semanas y estaba de lunes a viernes en El Diario, lo que lo obligaba a manejar a distancia las ediciones de los fines de semana. Si bien cada tanto comentaba que tenía previsto dejar su hogar en la zona de Cardales, en las afueras de Buenos Aires, para radicarse en Paraná, el traslado se fue dilatando a medida que empezaron a crecer los constantes cortocircuitos con Báez.

Elizalde intentaba equilibrar las necesidades que planteaba continuamente el principal anunciante de la empresa con su determinación de hacer un buen producto, pero las operaciones, los caprichos y la irascibilidad de Báez, fueron dañando el vínculo.

El periodista porteño condujo un cambio rotundo de la línea editorial y torció con inteligencia el rumbo de un medio conservador, que pasó a ser no estrictamente kirchnerista, pero sí progresista, y también inició el proceso del cambio de diseño que llevaría, ya sin él en la Redacción, a abandonar el tradicional formato sábana por el moderno tabloide.

La salida de Elizalde Leal se originó en su enojo por una fallida operación de prensa diseñada por Báez, que salió mal y dejó expuesto al veterano periodista. Una noche, al cierre, le envió el funcionario una información que parecía tener valor: una foto de un camión con supuestos empleados municipales que pegaban afiches de campaña, en calle España en Paraná. Era en la intendencia de José Carlos Halle, en plena pelea con el urribarrismo. A la foto la había sacado un familiar directo de Báez desde el bar Stone y se la enviaron al director de El Diario a sabiendas de que no era un camión municipal, sino un camión blanco cualquiera. Elizalde la puso en tapa y provocó la obvia reacción de Halle al día siguiente.

Las constantes presiones por parte de Báez para direccionar información o publicar determinadas notas en ciertos espacios, silenciar voces, incluso provenientes del propio peronismo, y reclamar caprichos varios con un estilo agresivo, que hasta aún permanece registrado en mensajes de texto que conservan quienes estaban al frente de la Redacción por entonces, terminó de decidir a Elizalde Leal a presentar la renuncia y a irse de Paraná en malos términos.