“El viento que arrasa” se publicó en 2012, fue la primera novela de la escritora entrerriana Selva Almada (Villa Elisa) y la publicó la editorial Mardulce.

Una bella historia, la historia del reverendo Pearson y su hija Leni, retratadas sus vidas en un viaje desde Entre Ríos hasta el Chaco.

Retratadas por Selva Almada.

Ahora, Mardulce acaba de publicar la décima edición de “El viento que arrasa”, y que aquí reproducimos tan sólo un fragmento, localista, que cuenta una de las paradas de ese viaje del Reverendo y Leni: cuando pasan por Paraná y se hospedan en un hotelucho próximo a la zona roja de la vieja Terminal.

 

 

Luego de varias semanas de recorrer la provincia de Entre Ríos –fueron bajando desde el norte por el margen del río Uruguay hasta Concordia y allí agarraron la ruta 18, atravesando la provincia justo por el medio hasta Paraná–, el Reverendo decidió seguir viaje hasta Chaco.

Se quedaron un par de días en Paraná, su ciudad natal. Aunque ya no tenía ni parientes ni conocidos pues se había ido de muy joven, cada tanto le gustaba pasar por allí.

Pararon en un hotelucho cerca de la antigua terminal de ómnibus, un sitio pequeño y deprimente con vista a la zona roja. Leni se entretenía mirando por la ventana el ir y venir cansado de prostitutas y travestis, vestidas con la ropa suficiente como para casi no tener que desvestirse cuando aparecía un cliente. El Reverendo, siempre metido en sus libros y sus papeles, no tenía ni idea de dónde estaban.

Aunque no tuvo el valor de ir a ver la casa de sus abuelos, donde había nacido y se había criado junto a su madre, los dos solos –su padre, un aventurero norteamericano se había esfumado antes de su nacimiento con los pocos ahorros de sus suegros–, llevó a Leni a conocer un viejo recreo a orillas del río.

Pasearon entre los árboles añosos y vieron las marcas del agua en los troncos, muy arriba en los más cercanos a la orilla; algunos todavía tenían en las ramas más altas restos de resaca de alguna inundación. Almorzaron sobre una mesa de piedra y el Reverendo dijo que, de niño, había venido varias veces con su madre.

–Este lugar era muy distinto –dijo dándole una mordida al sándwich–. Los fines de semana se llenaba de gente. Ahora está descuidado.

Siguió comiendo y miró con nostalgia los bancos rotos, el pasto crecido y la basura que habían dejado los paseantes del fin de semana anterior.

Cuando terminaron de comer el Reverendo quiso meterse más adentro en el parque, dijo que había dos piletas de natación y quería ver si seguían allí. Al rato las encontraron. Por los bordes de cemento partido asomaban pedazos de hierro; los azulejos que tapizaban las paredes interiores estaban sucios de barro y faltaban varios aquí y allá como si las piscinas, de viejas, hubieran perdido buena parte de sus dientes. El fondo era un pequeño pantano, un gran criadero de mosquitos y sapos que se escondían entre las plantas que crecían en el limo.

El Reverendo suspiró. Muy lejos habían quedado los días en que él y otros niños de su edad saltaban desde el trampolín y tocaban con los pies el fondo azulejado, dándose el impulso para romper con las cabezas la superficie clara del agua.

Se metió las manos en el bolsillo del pantalón y empezó a caminar lentamente por el borde de una de las piletas con la cabeza gacha y los hombros caídos. Leni miró la espalda encorvada de su padre y sintió un poco de pena.

Supuso que estaría recordando días más felices, los días de la infancia, las tardes de verano pasadas en aquel sitio.

Pero enseguida dejó de tenerle lástima. Por lo menos él podía volver a lugares llenos de recuerdos. Podía reconocer un árbol y reconstruir el día en que él y sus amigos lo habían escalado hasta la copa. Podía recordar a su madre desplegando un mantel a cuadros sobre cualquiera de esas mesas ahora destruidas. En cambio ella no tenía paraísos perdidos adonde volver. Hacía muy poco que había dejado la infancia, pero su memoria estaba vacía.

Gracias a su padre, el Reverendo Pearson y su bendita misión, sus recuerdos de la niñez eran el interior del mismo coche, las habitaciones miserables de cientos de hoteles todos iguales, el rostro de decenas de niños que no llegaba a tratar el tiempo suficiente como para echarlos de menos al partir, una madre cuya cara casi no recordaba.

El Reverendo terminó de dar la vuelta completa y llegó justo a donde su hija seguía de pie, dura como la mujer de Lot, implacable como las siete plagas.

Leni vio que a su padre le brillaban los ojos y le dio la espalda rápidamente.

–Vamos. Este lugar apesta, padre.