Osvaldo Bazán es el periodista de pelo cano y barba al tono que el espectador observa como en otra sintonía de la habitual. Algo más relejado que el promedio, ligeramente despreocupado se podría intuir, pero a la vez dispuesto a dar pelea si es que hiciera falta o llegara la ocasión.

Bazán se diferencia, además del modo y el tempo -que se vislumbra en el uso de la palabra en relación con los gestos y el silencio-, por la forma de pararse ante las cosas, de manifiesta honestidad. Se le nota.

Cuando lo invitó a participar en la génesis del éxito de “Mañanas Informales”, por Canal 13, Jorge Guinzburg le dijo que lo quería en el proyecto porque veía en él “opiniones contundentes”, pero a la vez un ejercicio del respeto.

Bazán proviene de la gráfica, pero entró al mundo de la comunicación oyendo radio en su casa, ubicada en un pueblito de 2.600 habitantes, 50 kilómetros al norte de Rosario: Salto Grande se llama el lugar. Cuando lo acompañaba a su padre en algún viaje a la capital, aprovechaba para acercarse a LT9 de Santa Fe para ver en acción a Juan Carlos Del Missier. Hacía lo mismo si el coche del padre enfilaba hacia Rosario, para ver lo que sucedía en vivo y en directo con los monstruos sagrados que escuchaba por el éter.

Ahora está en Paraná, justamente, culpa de la radio. Es que conduce, a su tono, relajado y empático, “Dulces y Amargos” -de lunes a viernes por Radio Nacional-, que durante los últimos días se emitió desde Tecnópolis, en Paraná y Santa Fe.

Está volcado Bazán al periodismo de cultura y espectáculo y un poco alejado del “periodismo de guerra”, como lo define. Esto sería, según su modo de ver y sin mucho filtro, consecuencia de que “para hacer periodismo de verdad hay que tener muchas ganas de pelearse y yo ya no tengo  muchas ganas de pelearme”. Dice algo más Bazán sobre el periodismo, que se ve nítido y un poco aburrido también: “Para hacerlo bien hay que estar levantando bandera todos los días y yo no tenía ganas de estar plantando bandera todos los días”.

Y en eso, en verdad, es también un tanto contradictorio, porque Bazán planta sus banderas, aunque no esté en la trinchera, al menos todo el tiempo, según su enfoque. Eso se ve sin necesidad de marcar en rojo durante esta amable conversación en el lobby del Gran Hotel Paraná donde se hospeda. Bazán llega puntual, según lo convenido, con look informal, sin signos de premura y se ofrece a la conversación.

“Yo soy de Salto Grande, nuestro viaje de cuarto grado era venir a conocer el Túnel Subfluvial. Era un paseo bastante habitual con mis viejos también, seguro que una vez al año veníamos. La última vez que viene fue hace  como dos años, cuando  presentamos “Y un día Nico se fue” en el cine Rex”.

A los 50 años descubrió una puerta inesperada. Había escrito mucho periodismo y también literatura, pero el ingreso a la escena teatral a través de la asociación con Ale Sergi (líder de Miranda!) y el director Ricky Pashkus, le ofrecieron un terreno vastísimo para la creación y el desarrollo de ideas y deseos, también. Primero pusieron en escena el libro de Bazán en versión musical “Y un día Nico se fue”, luego vino “Yiya” con todos los condimentos de la historia de la envenenadora de Monserrat y en pocos días Bazán le mostrará a sus socios su tercer libro para saber qué opinan y cómo siguen.

Este cronista pregunta y Bazán responde.

-¿No sufrís un poco en esta instancia anterior a mostrar lo que hiciste?

-Lo disfruto mucho, nos llevamos muy bien. Yo vengo del periodismo, Ale de la música, Ricky del teatro, no tenemos ni amigos en común. Se dio así y los tres respetamos y admiramos mucho el trabajo del otro y, sobre todo, somos muy sinceros. La primera idea que charlé con Ale, él me dijo que no le interesaba. Y tenía razón.

 

Periodismo, fama y roles


 

La primera experiencia formal fue en Canal 3 de Rosario, como cronista en el noticiero del mediodía. Bazán se había ido a estudiar periodismo a La Plata pero a los dos años se quedó sin recursos y volvió para buscar trabajo cerca de casa. Tuvo suerte, dice, porque se presentó justo en las semanas de recambio en un medio que quería sacarse de encima, como una ropa sucia y podrida de humedad, la cercanía obsecuente con la dictadura, para ofrecer un aspecto renovado y plural.

Ya con 30 años se mudó a Buenos Aires, trabajó en gráfica, profundizó el oficio y  empezó a ver desfilar algunas oportunidades. La más voluminosa vino de la mano de Guinzburg. Con su participación en “Mañanas informales”, experimentó cómo es eso de que te conozcan, de un momento a otro, más de un millón de personas. Bastante más por cierto.

“Ya tenía periodismo hecho, más de 30 y una carrera de trabajos, entonces por supuesto que es genial lo que pasa, te hacen descuento en el restaurante, te dan ropa de canje, te llaman para ofrecerte entradas de espectáculos. Fue muy raro, me divirtió mucho y lo pude disfrutar, no me desesperé, tanto no me desesperé que después de que terminó “Mañanas informales” tuve muchas propuesta de laburo y no seguí”.

Dice más Bazán en realidad, explica que el problema que veía en las nuevas oportunidades tenían un vicio de origen y concepción, al menos según su mirada.

“Al ser gay, decir que era gay y no había muchos entonces que lo habían dicho, era como que siempre les hacía falta un puto. Me llamaban y yo me daba cuenta de que buscaban un puto. Y chicos, a mí me gusta mucho ser gay pero en circunstancias más privadas. Es como el amigo judío. No te lo decían, pero te dabas cuenta.  Y yo no quería todos los días ir y tener que trabajar de puto. Si hubiera querido estar, podría haber estado, pero a costa de eso no y no soy ambicioso en ese terreno”, dice.

 

Plantar bandera


Si el estilo de comunicar que utiliza Bazán funciona y genera empatía en el público a través de la pantalla o la radio, su tarea como articulista es posiblemente su versión más punzante. Hay piezas que uno aún se topa en la red y provienen, por ejemplo, del fugaz diario fundado por Jorge Lanata, “Crítica”, que definen esto de lo que habla Bazán cuanto dice plantar bandera, aun frente a conflictos de tipo generacional bastante antipáticos por cierto.

En una de aquellas columnas, Bazán sopesó el efecto en su generación de las muertes simultáneas de dos personajes influyentes de distintas maneras y antagónicos sobre todo: el creador de “Humor”, Andres Casioli y el rey del pop, Michael Jakson. No era nada correcto el planteo y tampoco la conclusión. Bazán habla de una actitud “algo stalinista” que venía con  las definiciones de los 70´ que marcaron, también, a los que siguieron, en su formación.

“Nosotros ya teníamos perfilado qué era ser buena persona y qué no. No era que podíamos decidir, venía manejado por la generación previa, que nunca había aclarado demasiado los tantos al respecto, pero se ponían en un lugar entre víctimas y héroes, que si no estabas a favor eras un hijo de puta”, dice ahora y analiza que “no podías cuestionarlos, quizás en ese momento histórico era necesario no cuestionarlo, quizás salías de una dictadura y entonces era claro, pero lo que sí me parece es que deberíamos permitirnos, años después, pensarlo, en el caso de que nos interese y que tenga algo que ver con que nos pasa ahora”.

-Y después de todo eso vino el kirchnerismo.

-Con el tiempo, vemos, fue farsa, todo lo que es tragedia es comedia con el tiempo…en los 70´ se murieron y en el 2000 cobraron, qué sé yo, es distinto. También sirve para decir, ahh,bueno, pará, pará, entonces no era todo así, pará, pará, vamos a ver. En el kirchnerismo tenías esa necesidad de definirte todo el tiempo, por todo…las peleas que tuvimos por cosas que vos decís, ¿en serio?

Bazán habla algo así como del perro que se muerde la cola. Y cuenta, por otra parte, lo que le costó trabajar en los dos últimos años del kirchnerismo, también por apuestas propias: había dejado el programa de Lanata en Mitre para dedicarse a escribir, pero no contaba con la caída de su programa cultural en TN. Así las cosas, anduvo complicado un tiempo.

-¿Te gustaría dedicarte a escribir y dejar el periodismo, fantaseas con eso?

-Sí, lo pensás, pero cuando estás mucho tiempo sin hacerlo, extrañás. Podés decir, yo quisiera no tener que venir todos los días y me quedo en mi casa escribiendo y me lleno de plata con eso. Pero pasan dos meses y quiero opinar, quiero decir. Creo que no podes ser ex periodista.

Plantar bandera, decía Bazán, es parte del asunto y cansa. Sin embargo, aún en modo y actitud de esto me lo tomo así, con la espalda recostada en el sillón y las piernas estiradas como sobre la arena,  lo que dice ahora, sobre el final de la charla, revela un sentido un poco más hondo al respecto o más propio aún.

“Tengo como un deber de ser muy fuerte, hay cosas que si me parecen mal, me parecen mal. No me lo permito. Si hubiese sido más flexible para ser el amigo gay probablemente estaría viviendo en una casa más grande y quizás -no es tan grave- podría haber sido más show de lo que fui para estar más en televisión. Pero no, no me sale”.

“Es así –dice Bazán- cuando pienso algo, tarde o temprano, te lo voy a decir”.

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora