Él dice que no es un escritor prolífico, pero escribe bastante: no tiene menos de diez novelas, más los libros de poesía y cuentos. Se fue hace más de 40 años a Formosa, pero su gen narrativo proviene de aquí. El jueves habló de sus maestros y sus maestros son de aquí: nombró a (Carlos) Mastronardi, también a (Alfredo) Veiravé. Dividió las generaciones de poetas entrerrianos, entre los que se inscribe.

Hay una corriente de profundidades asombrosas en el arte de esta provincia y muchas veces hay que ir a buscarla bajo el pelo del agua, porque asoma poco en la superficie o casi nunca la vemos. O la vemos, pero no le prestamos la atención suficiente. Hay una razón islera, quizá. Un mirar más allá, a ver qué pasa en el mundo del otro lado del río.

La gente se acercaba en Paraná hasta la casa del poeta y atravesaba una puertita escandalosa y lo veía en el patio, con los gatos, la bombilla lunga, el pelo del algodón de azúcar y la voz lánguida. Y en fin, entraba en su aura. En Puerto Ruiz hay una placa en su casa de origen. Aquí no hay nada, recién hace poco la Biblioteca Provincial armó un espacio para él, porque la familia donó sus cosas y sus libros. El fondo de Juan Laurentino Ortiz.

Tenemos por allá, en el Brete, otro testimonio de este asunto nuestro: el solar de Bernaldo Césareo de Quiros sigue en ruinas, arrasado por el robo y la maleza. No queda nada, más allá de una nota periodística por año sobre el tema. ¡Qué horror!, ya, ya, ya pasa.

El año pasado se le ocurrió a un legislador instalar el senado en una biblioteca, hubo reacciones y en esos casos, por lo general, se sobreactúa. A la Biblioteca Provincial no va nadie, tiene la historia de la literatura entrerriana encima y no la visita nadie. La Biblioteca Popular, se sabe, alberga un auditorio incomparable, clausurado por destrucción. ¡Qué horror! Ya, ya, ya pasa, hace más de nueve años que está así.

No está bien ni mal ¿No está bien ni mal? No está. No estamos ahí, en el reconocimiento de los que fueron, ni en la escucha de los que son, en el rescate no estamos. En la historia, tampoco. Tal vez estemos construyendo otra cosa ¿no?

En tierra de poetas, Orlando es uno de los narradores entrerrianos de mayor reconocimiento nacional. En el norte dicen que es de allá. Pero no. Escribió una historia hermosa sobre el Gauchito Gil y escribió una novela que le valió un premio nacional de novela, como “Teoría del desamparo” y ganó el Fray Mocho hace pila de años y fue finalista del Clarín también. Y lo mejor es que año tras otro tiene una historia nueva para dar, como esa reunión de relatos, tal vez la cúspide de su trayectoria literaria, que se llama “La mujer sin ombligo” y que se debería leer, prestar, compartir y divulgar, porque es un libro notable: crudo, tierno, maravilloso.

Pero hay más: Orlando es un maestro. No nos sobran los maestros. Es docente de letras, pero a mí me gusta más maestro. La distinción –arbitraria claro- sería esta: el docente señala un camino de lecturas, de herramientas, de compañías; el maestro te muestra la huellas de sus pasos, te cuenta cómo hizo, te da la mano y te dice, que si querés podés poner el pie en esa huella y probar a ver cómo te queda, pero mejor ponela al lado o por allá o por donde puedas, porque sabe de antemano que lo importante es cómo imprime el alumno su propio paso o, sencillamente, que lo de de una vez y que avance.

Orlando es un maestro, por su generosidad y su ánimo de contagio: ama la literatura y la convida en cada una de las cosas que cuenta. Quiere darte ganas de leer, quiere darte ganas de escribir. Quiere darte aliento, hasta cuando cuenta historias de suicidio, porque la pasión gana, el deseo gana, contarlo todo gana.

Y Orlando, que conversa a un nivel artístico de la conversación, lo hizo este jueves en La Hendija durante más de una hora, como si hubiera habido un auditorio repleto. Y si quien acompañaba la ceremonia de la presentación de su libro “Nadie detiene las ambulancias” –la excusa del encuentro- no interrumpía el momento, hubiese seguido todo lo necesario hasta saber si lo había conseguido. Siempre lo consigue: después de hablar con Van Bredam, la gente se va a casa con ganas de leer y con ganas de escribir.  Que es lo mismo que decir con ganas de vivir, maestro, con ganas de vivir.

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora